miércoles, 16 de abril de 2014

Populismo, lealtad y confrontación

Por Ariel Torres



Subsidios casi sin control, y confrontación, mucha confrontación, han sido los pilares fundamentales del modelo kirchnerista populista a lo largo de la denominada “década ganada”. La estrategia de confrontación ha sido siempre esencial para sustentar la división del electorado entre “nosotros” (los buenos) y “ellos” (el resto). El manual del buen populista requiere una cuidadosa elección de con quienes confrontar para no infligir un daño considerable en respuesta y generar una adhesión fuerte entre los elegidos como “nosotros”. En general, apelar inicialmente a sentimientos ya existentes en la población, de origen nacionalista, racista o conspirativo, algo que generalmente da buenos resultados.

Claro que es un arma de doble filo. Como “ellos” ya estaban en el imaginario colectivo, el impacto inicial del anuncio se diluye más pronto que tarde ya que realmente no hay nada nuevo y la gente comienza a pensar que todo es “más de lo mismo”. Además, si bien cada uno de los confrontados no es un peligro inmediato y su linchamiento genera euforia entre los “buenos”, siempre quedan rastros de ellos y con el correr del tiempo los enemigos se van sumando y potencialmente la suma de ellos puede convertirse en un peligro para cualquier régimen populista.
El costo de la confrontación tiene básicamente dos aristas:
1- Se genera un nuevo enemigo que se suma al pool de una potencial oposición.
2- Los sectores confrontados disminuyen su nivel de actividad e inversión o son directamente absorbidos por el Estado. Esto reduce el nivel de actividad y aumenta el gasto público. Para que los “nosotros” sigan contentos se requiere de un nivel de confrontación creciente o directamente darles más satisfacciones a través de empleos y/o transferencias que implican un mayor gasto público.

Son cada vez más los enemigos creados por la propia dinámica del populismo confrontativo, como así también menor nivel de actividad, mayor necesidad de gasto público y menor base impositiva. En Argentina este círculo vicioso se vio retrasado por los extraordinarios términos de intercambio experimentados. Pero una década es mucho tiempo para un sistema que lleva en sí mismo las semillas de su propia destrucción.
Algunos medios independiente, no obstante, han continuado revelando los evidentes desequilibrios del sistema, tales como los desmadres de la Secretaria de Comercio, la inseguridad, la droga, el desabastecimiento, la desinversión y la inflación verdadera creciente.  Semejantes variables se han convertido en una especie de profecía autocumplida, generada por el modelo y con un poder político quizá mayor que el de toda la oposición. Una de las inconsistencias más costosas del “modelo” fue la política de subsidios a los servicios públicos y una amplia variedad de planes asistenciales, algunos de ellos correctos en su concepción, pero muy mal implementados.
Los subsidios ya no son genuinamente financiables y afectan fundamentalmente a los sectores de bajos ingresos que aún apoyan el modelo populista confrontativo. Sacarlos implica perder el apoyo de los únicos que aún no han sido confrontados y dejarlos implica convalidar una trayectoria potencialmente explosiva en la tasa de inflación. Las paritarias de este semestre actúan como un factor multiplicador de los desequilibrios del modelo y han puesto al sector sindical en un rol de confrontador con el gobierno.
En el actual escenario contextualizado, la única aparatente respuesta del gobierno parece ser la de durar hasta 2015, con pequeñas correcciones de timón de manera tal de dejar el costo político del ajuste al peronista opositor que los suceda y de esta manera dejar abierta la puerta para un retorno cada vez menos probable. Recortar apenas los subsidios como para no tener un problema fiscal, parece ser un acierto, si no fuera por la distorsión inflacionaria que provoca, exasperando las demandas salariales. Y aun falta tocar electricidad, transportes, Aerolíneas y tantos otros.



Con pequeñas devaluaciones se acompaña un camino ya trazado de abulia económica, con control de cambios, y una incipiente pero firme estanflación. El BCRA se empieza a endeudar para esterilizar la emisión monetaria generada por los subsidios, una ya demostrada política peligrosa pero una suerte de camino más corto que ayude a llegar al 2015 y dejar la mochila de deuda al próximo.
A esta altura de los hechos, el “modelo” no cierra. Inflación altísima y creciente, tarifazo tenue pero continuado, paritarias con sindicatos nerviosos y un nivel de actividad reducido, son una combinación insostenible durante 18 meses. El control de precios no es una alternativa viable para un período tan largo, puesto que no hay ejercicio similar en el mundo que haya durado más de 6 exiguos meses.
Este gobierno no escucha consejos ni opiniones que surjan de sectores que no piensan igual, por eso creo que los errores ya se cometieron y se deben pagar los costos, económicos y políticos. La incógnita de quien los pagará y cuándo, parece develarse con la inacción de los actores. Sería recomendable que los opositores tomaran nota de lo que viene, porque cuando al populismo se le acaba la plata y las lealtades, lo único que le queda es la confrontación.


viernes, 11 de abril de 2014

Venezuela no es un experimento

Por Ariel Torres



Si bien es acertado pensar que lo peor aún no ha llegado, lo que está sucediendo en Venezuela tenía que pasar, y pasó. Certeramente puede decirse que el castrochavismo será recordado como autor del más lacerante experimento económico latinoamericano, como pocos se recuerdan.

Podrían ser la sexta economía del mundo, sin pestañear, y la reina absoluta del Caribe; sin embargo eligieron ser miserablemente pobres. Y entiéndase que la miserabilidad de Venezuela no tiene que ver con el tema económico, solamente. Más bien es casi un tema antropológico, porque es una verdadera hazaña haber convertido en paria a una nación con recursos naturales increíbles. Habiendo tanta pobreza en tantas partes, en pocas tiene que pelear la gente, a dentelladas, por una caja de leche, por un kilogramo de harina o por un pedazo de carne.

Nadie me ha contado nada. Lo he visto y palpado con mis propios ojos y manos.

No es simple ni azaroso convertir en despojos una de las más organizadas, pujantes y serias empresas petroleras del mundo, como lo ha sido Pdvsa. Llevar a la insolvencia una nación ante las líneas aéreas, los proveedores comerciales y los que suministran material quirúrgico y hospitalario no es cosa que se vea a menudo. Arruinar al campo y la industria, el comercio y los servicios, la generación eléctrica, la ingeniería, la banca y las comunicaciones es tarea muy dura –e incomprensible-, cuando se recuerda que la sufre el país que tiene las mayores reservas petroleras probadas del mundo.

Con prisa, y sin pausa, en una suerte de espiral hacia el desastre, el gobierno castrochavista tuvo que proceder al sacrificio de todas las libertades, a la eliminación paulatina del pensamiento y la conciencia, a la casi extinción de las instituciones, del periodismo, de los partidos, de la universidad, de los gremios, de los sindicatos. Pareciera cumplirse el implacable designio de los ancianos inspiradores del sistema, Fidel y Raúl Castro, que una vez más han demostrado su audacia, su carencia total de consideración y respeto por los valores más caros de la especie humana, pero también su falta absoluta de talento.



No se entiende de otra manera, puesto que llevar a Venezuela a la ruina total es matar su propia fuente de subsistencia, moviendo los resortes del fanatismo más recalcitrante, de los odios más cerriles, de los desquites más torpes. Quizás sea cierto –después de todo- aquella teoría mía de que Chávez quería convertir a Venezuela en un caso único de socialismo en el mundo, y quedar como líder absoluto de la izquierda latinoamericana. Ese sueño murió con él apenas supo de su enfermedad. Hombre débil, al fin. Allí los Castro supieron que habían ganado la batalla.

A esta altura de las cosas, queda bien sentado el hecho de que Nicolás Maduro tiene la inteligencia y el tacto político que exhibe en cualquiera de sus discursos. Pero al fin de cuentas es un pobre rehén de los intereses inconfesables de la clase corrupta que ha llevado a Venezuela a su perdición. Si dejara de ser payaso, si ese títere fuera libre, hasta de sus carentes condiciones de estadista pudiera esperarse algún acto de rectificación, algún gesto de apaciguamiento, alguna voluntad de comprender el desastre y de corregirlo.

Sin embargo, Maduro es el primer esclavo de las atroces pasiones que dominan en Venezuela. Los saqueadores de esa gran nación no están dispuestos a que nadie ensaye el menor examen de su conducta. En los antros del delito se pierde todo, empezando por el pudor.



Ese pueblo que tanto respeto merece, está en las calles, dispuesto a hacerse matar. Y lo están matando. La juventud estudiantil, que sabe cerrados los caminos del porvenir, le apuesta a cualquier cosa, menos al continuismo cobarde. Los empresarios lo perdieron todo hace rato. No tienen cuentas para hacer. Y los “enchufados” del sistema ven con horror que el régimen ya no tiene mercados para comprar sus conciencias.

El absurdo e ilegítimo gobierno de Venezuela se va a caer, porque se tiene que caer. No podría subsistir sino como ha subsistido: amordazando totalmente al pueblo, imponiendo cartillas de racionamiento, levantando una especie de muralla, como el del Che Guevara en La Cabaña. Definitivamente no están dadas las condiciones para que el mundo soporte estas afrentas.
Una Cuba, a América le basta y sobra.

Y en la vecindad, ante esta catástrofe, el presidente Santos no ofrece más que su silencio perplejo. Se debate en un incómodo status quo, ya que si sigue ofendiendo a ese pueblo, tendrá un enemigo formidable. Y si ofende a Maduro, se le cae el proceso de paz. Es la natural consecuencia del primero de sus torpes actos, el de tomar por nuevo mejor amigo a un tirano despreciable. 

El segundo error ha sido el de montar un proceso que llama de paz sobre los hombros caducos de unos patriarcas en su ocaso. La remozada osadía de Capriles en el llamado a “diálogo” de Maduro y sus secuaces, diciendo en voz bien alta las cosas como son, dirigiendo su directa mirada al cuasi dictador, ante una bien burócrata audiencia, indican que la paciencia de los que piensan ha llegado al límite.



Y la tolerancia de los que sienten, también.

jueves, 10 de abril de 2014

De qué hablamos cuando hablamos de Capitalismo de Estado


La palabra  capitalismo se ha prestado, y desde épocas posteriores a Karl Marx  (quien habría sido el más prolífico divulgador del término) a interpretaciones  de las más variadas y contrapuestas en su significado.
A continuación, vamos a  examinar someramente algunos de los distintos sentidos que se le han dado a la  fórmula compuesta por las expresiones capitalismo, por un lado, y  estado, por el opuesto, y que es lo que han pretendido obtener los autores  que emplearon este enunciado con la fusión de ambos vocablos.

Comencemos con la  visión de un socialista al respecto:

En los países de capitalismo privado  monopolista la clase obrera dispone de un mínimo de libertades  democráticas… y que son, aunque limitadas, suficientes no sólo para tomar  conciencia de la explotación a que es sometida, sino también para organizarse y  luchar contra ella. En cambio, en los países de capitalismo de estado  burocrático, mal llamados ‘socialistas’, la clase obrera no dispone  de esas posibilidades. No puede hacer huelga. Sólo puede organizarse en  sindicatos que son meras correas de transmisión del aparato estatal y del  partido único, y comparados con los cuales eran auténticos paraísos  democráticos los sindicatos verticales de la dictadura franquista.

Estas palabras revelan con total claridad el grado de confusión conceptual y  terminológica que tienen todos los socialistas (marxistas o no marxistas) sobre  el verdadero significado de la palabra capitalismo. El capitalismo,  desde luego, es privado si se entiende desde el punto de vista de los  derechos de propiedad. Pero es público en tanto y en cuanto se visualizan  los extraordinarios y enormes beneficios del sistema para el conjunto de la  sociedad donde se aplique. Esto último es lo que descarta por completo la calificación  de monopolista (que no es más que un mito). Recordemos que los monopolios,  si bien escasamente posibles, son extremadamente raros en un sistema  capitalista.


Por lo demás, el  capitalismo privado -dicho sea de paso, locución  más que redundante- es la antítesis de la explotación de la clase  obrera, a la que sí se la somete en los sistemas socialistas. Parece que a lo que quiere referirse bajo el rótulo de capitalismo de  estado burocrático, no es más que -lisa y llanamente- socialismo y  comunismo, sólo que no desea reconocer que el socialismo no es otra cosa  diferente a un paso previo al comunismo. Y todo esto, sin entrar a cuestionar  lo inexacto de pensar en los obreros como una clase social. Lo que  indudablemente está mal es llamar a los países socialistas con la rebuscada  fórmula capitalismo de estado burocrático, que no es más que una  contradicción en términos, donde la primer palabra capitalismo es  la antinomia del estado burocrático.

Los alemanes de  posguerra padecían de la misma confusión:

Los sindicatos alemanes reunidos en  la Conferencia de las Cuatro Zonas, en mayo de 1947,  reclamaban la instauración de una economía planificada y  dirigida. La propia Democracia Cristiana (CDU) de la zona ocupada por  las fuerzas británicas señalaba en su plan de agosto de 1947 que la  planificación y el dirigismo en la economía parece que serán indispensables por  un largo período, aunque también reconocía los peligros de un  capitalismo de estado para la libertad política y económica de los  individuos. En contraposición, el Partido Liberal (FDP) declaraba que “las  necesidades de la población serán mejor satisfechas por medio de un sistema que  incentive la producción mediante un sistema que dé prioridad a la libre  iniciativa y elimine el sistema económico en poder de la burocracia.

Parece que los  sindicatos y la CDU añoraban el nazismo del cual terminaban de salir (si bien la  CDU se mostraba algo más prudente), lo que contrasta con la afirmación de  muchos, que dicen que Hitler no contaba con demasiados seguidores hacia el  final de su caída (y hasta hay liberales que afirman que fue un  error combatir a Hitler). Más allá de esto último, la cita denota  nuevamente el empleo de la expresión "capitalismo de estado" como  sinónimo de comunismo y/o socialismo.

Otros autores,  enfatizan la sinonimia de la fórmula en estudio con lo que se llama estado  totalitario, en palabras como las siguientes:

En cualquier caso, si es que las revoluciones  modernas son concebibles, hay una presunción de que por las mismas razones que  le obligan a ser totalitario, el capitalismo de Estado corre mayo­res riesgos y  necesita defensas más poderosas contra la revuelta que los Estados que no poseen,  sino que meramente distribuyen lo que otros poseen.

Ironizando un poco sobre la alocución:

En años recientes se descubrió un  nuevo término para aquello que quedaba encubierto por la expresión  “economía planificada”: Capitalismo de Estado, y no pueden caber  dudas que en el futuro todavía surgirán muchas otras proposiciones para el  salvataje del socialismo. Aprenderemos muchos nombres nuevos para la misma  cosa. Pero lo que importa es la cosa, no sus nombres, y todos los esquemas de  este tipo no lograrán alterar la naturaleza del socialismo.


Sirva entonces todo lo anteriormente transcripto para  revelar el grado de desconcierto y desorden conceptual que anida en la mente de un  socialista y/o comunista.

sábado, 15 de marzo de 2014

La Bolsa y el teorema de Einstein

Por Ariel Torres


Lo que los científicos hacen cuando observan partículas diminutas como nanopartículas o bacterias en un líquido bajo el microscopio, no es analizar una imagen inmóvil. Lo que ven son partículas que realizan espasmos irregulares no muy diferentes de las compulsivas altas y bajas de los precios de los mercados bursátiles y los tipos de cambio.

Estas dos formas de crispación al azar - micropartículas en la evolución de fluidos y los precios en el mercado financiero - no sólo son similares a primera vista como un equipo de investigadores japoneses y suizos ha demostrado ahora. El mecanismo subyacente es el mismo también y se ajusta a un teorema de Albert Einstein.

El nombre dado por los científicos para la microagitación de partículas en un líquido, es el movimiento browniano, que es el resultado del impacto de la agitación térmica universal de las moléculas individuales en el fluido. A principios del siglo XX, el famoso matemático francés Louis Bachelier observó que existían paralelismos entre este comportamiento aleatorio y los tipos de cambio.

Sin embargo, es sólo ahora que Didier Sornette, profesor de Riesgos Empresariales en la ETH Zurich, junto con colegas de Japón , ha sido capaz de demostrar correlaciones exactas entre los dos. Los científicos han publicado su trabajo en la revista de 'Physical Review Letters'.

"Las micropartículas están rodeados y se mueven por las moléculas en el líquido. Del mismo modo, el precio al que los valores o las monedas se negocian en un mercado financiero no debe examinarse en forma aislada", explica Sornette. Su valor está incrustado en todo momento en un todo más amplio: la suma total de órdenes de compra y venta que un corredor de bolsa recibe de sus clientes. Cuando el número de estas órdenes es mucho mayor que el de las transacciones reales, muchas ofertas no dan lugar a ninguna transacción.

Este es el caso, por ejemplo, cuando una parte interesada sólo está dispuesta a pagar un precio relativamente bajo para un valor, pero ningún titular está dispuesto a vender por un precio tan bajo. O cuando alguien quiere vender un valor a un precio relativamente alto, pero no puede encontrar un comprador.

Los tipos de cambio y las ofertas se influyen entre sí, impulsados por los esfuerzos en curso de todos los agentes del mercado para obtener un beneficio mediante la explotación de las diferencias en los precios. Esto significa que la cartera de pedidos de los corredores de bolsa está en constante movimiento.

"Este comportamiento dinámico es comparable con el comportamiento físico y la influencia de los fluidos sobre una partícula browniana, en el sentido de que la dinámica de la cartera de pedidos influye en el precio de la transacción observada de una manera precisa", dice Sornette .

Los científicos comprobaron su teoría con los datos de mercado disponibles. Para ello , utilizaron los datos de una empresa global de intermediación en el tipo de cambio dólar-yen. Por ejemplo, fueron capaces de demostrar que la totalidad de los pedidos de compra y venta de las dos monedas incluso se ajustaban a uno de los teoremas más importantes de la física estadística, el teorema de fluctuación-disipación, que fue desarrollado por Albert Einstein en 1905, y todavía es objeto de investigación muy activa por sus muchas aplicaciones.


lunes, 10 de marzo de 2014

El Papa Jesuita; Bergoglio peronista

Por Ariel Torres


Por estos días de tensión internacional, tengo la semiplena seguridad de que el Papa es actualmente el único jefe de Estado cuya conducción no está cuestionada. En esta actualidad cada vez más multipolar y sin liderazgos claros, quien hasta hace un año era conocido como Jorge Bergoglio es hoy el líder internacional con mayor aprobación social y política en todo el mundo. Un verdadero y ya reconocido Estadista.
Detrás de su figura se encolumnan dos escuelas fenomenales de liderazgo: la orden jesuita que lo vio crecer como pastor y el peronismo, el movimiento político que desde 1945 funciona como termómetro del poder en su país de origen.
Ser Jefe de Estado hoy significa un grave dolor de cabeza. La velocidad con que circulan las noticias y la amplificación que de los hechos hacen las redes sociales pueden encumbrar a cualquiera en un segundo tanto como denostar al más valioso, también en un segundo. Obama, lo sabemos, no está desgastado sólo por Twitter. El prematuro Nobel de la Paz con que lo premiaron en Oslo no se condice con el hombre que estuvo a punto de ordenar la acción militar en Siria. Acción que fue evitada por otro de los grandes líderes cuyos pies se desplazan hoy en arenas movedizas, el ruso Vladimir Putin. Las contradicciones sobre Putin son tan conocidas como las de Obama: luego de evitar la guerra en Siria, sus fuerzas militares están al borde de la invasión de Ucrania.
Es tal el apoyo popular al Papa en Estados Unidos que el propio Obama lo nombra cuando discute política. Putin -observante ortodoxo- viajó al Vaticano en plena crisis por Siria. A casi un año de su investidura, un sondeo de la CNN mostró que el 88% de los católicos estadounidenses aprobaba la gestión del pontífice: el sueño de cualquier líder.

Considero que el éxito de Bergoglio como líder es que sabe poner en práctica los principios de la orden jesuita, tales como el autoconocimiento (para conocer las propias virtudes y debilidades), la innovación (para adecuarse a los cambios), el heroísmo y el amor al prójimo. Casi en las antípodas de la figura erudita y desconfiada de su antecesor Benedicto XVI, Francisco nutre diariamente su fama de abuelo bonachón y callejero. El Papa sabe que su palabra será escuchada por 1200 millones de seguidores en todo el mundo. Menudo conocimiento para administrar ese. Y sabe también que un verdadero líder es mucho más que una persona que les dice a los demás qué tienen que hacer. Cualquier libro de liderazgo señala que alinear a la gente es motivar, inspirar, producir cambios. No deja de ser interesante que para la revista Forbes, el papa Francisco genera todos los días lecciones de liderazgo con "inusual gracia y determinación de acero"(…).
Puede parecer obvio, pero en cualquier organización, lo primero que quieren saber los seguidores de su líder es hacia dónde se dirige. En este sentido, Francisco trabaja las palabras y los símbolos en una misma dirección. Su natural coherencia lo llevan a tener más poder que el mismo presidente de Estados Unidos. No hay legisladores ni Corte Suprema que puedan contradecirlo. La ropa sencilla, los cambios en el protocolo y el tono de su voz son mucho más que cosas superficiales. Francisco introdujo un cambio de paradigma del liderazgo.
Para muestra basta un botón: heredero de una Iglesia y un Estado sumidos en el mayor de los descréditos, entre la corrupción, las denuncias por pedofilia y las filtraciones de los llamados Vatileaks, el Papa no perdió ni un momento en marcar sus objetivos. Hace de su presencia un sello. Como el de Asís, Francisco se propuso reconstruir la Iglesia, proteger a los pobres y promover valores como la humildad.
Como estudioso y testigo de la política de mi país, tengo que reconocer que si un líder sabe cuándo cambiar de dirección, un líder peronista lo sabe más que nadie. Luego de pelear incansablemente en contra de la despenalización del aborto y el matrimonio igualitario en sus tiempos de arzobispo de Buenos Aires, Jorge Bergoglio es el primer pontífice que hace un reconocimiento que transmite cierta humanidad al declarar: "¿Si alguien es gay, quién soy yo para condenarlo?"

Esas aptitudes conciliadoras dieron vuelta al planeta, a la hora de recibir a CFK, en un verdadero duelo de cinturas peronistas. Luego de años de enfrentamientos en alta voz, la noticia de Bergoglio Papa no fue trago bastante amargo para la mandataria y en su primer discurso luego del anuncio, se hizo indisimulable ese fastidio. Sin embargo, días después la Presidenta y toda figura pública cercana al Gobierno se convirtieron al francisquismo. El Papa le hizo honor a tamaña reescritura del relato y se mostró adorable y condescendiente al recibir de regalo un mate y las debidas instrucciones para cebarlo por parte de Cristina. También resistió, meses después –estoico- la forzada foto con la Presidenta y su entonces candidato Martín Insaurralde, en Río de Janeiro.
Alguien dijo una vez –y lo creo firmemente- que no hablar no es necesariamente consentir, y hay un viejo proverbio jesuita que reza: “un hombre sabio no necesita mentir porque ya ha tomado todos los recaudos para que no sea necesario decir toda la verdad”.
Francisco está haciendo historia conforme respira. Y actúa en consecuencia.


Francisco y sus zapatos

Por Ariel Torres


No son datos que vaya a incluir en su hoja de vida, pero vale decir que en su primer año de pontificado, el Papa Francisco acumuló títulos de los más variados.

Fue elegido el hombre del año por la revista Time, y curiosamente también por The Advocate, la publicación de la comunidad homosexual estadounidense. Fue tapa de The New Yorker y de la Rolling Stone. En Italia, lo eligieron el tuitero del año, pero sin dudas el galardón menos pensado para alguien de su investidura fue ser elegido por la revista Esquire como el hombre mejor vestido de 2013.



Increíble pensar que sus antiguos zapatos negros lo llevaran tan lejos. No es sencillo elegir un hecho o una decisión a lo largo de este –su primer año- como lo más significativo de su pontificado. Prácticamente no ha habido semana en la que alguna declaración, algún gesto o una llamada no lo hayan colocado nuevamente en la tapa de los diarios del planeta.



Soy de los que creen que las pequeñas decisiones cotidianas son las que mayor impacto tienen. Por eso, quisiera quedarme con la decisión del caminante Jorge Bergoglio, de usar sus gastados y tantas veces lustrados zapatos, el día en que los ojos del mundo lo veían convertirse en Francisco. Unos días antes de que viajara a Roma para participar del Cónclave, sus colaboradores de la Catedral porteña lo advirtieron: “no puede viajar con esos zapatos, eminencia”, coincidiendo todos con el mismo consejo. Fueron más lejos; hicieron una colecta y le compraron unos nuevos. Bergoglio los guardó en la valija, pero se calzó sus viejos compañeros de ruta, aquellos que lo llevaron a recorrer las villas de la ciudad, a esquivar pozos por las veredas porteñas, a subir y bajar del subte.

Estoy muy convencido de que ese calzado tiene mucho que ver con la forma en que Francisco se para y entiende el mundo. Son su bagaje, su conexión. Representa su capacidad de ponerse en el lugar del otro. Y sospecho que son los que usa cuando –como se dice en los pasillos de la Santa Sede- sale de incógnito a la medianoche de Roma para visitar a los más pobres.

Me gusta pensar que el hombre mejor vestido del planeta usa los viejos zapatos con los que andaba por las mismas veredas que hoy camino yo.


Zapatos que ya –a esta tan temprana altura- son muy difíciles de llenar.

lunes, 3 de marzo de 2014

Los nuevos delincuentes del nuevo Código Penal

Por Ariel Torres


Es muy complicado tratar de ser claro y conciso en un tema tan álgido, pero la realidad es que el proyecto de reforma del Código Penal, elaborado por una especie de comisión multipartidaria pero ideológicamente homogénea -de promulgarse- inaugurará una parte especial dedicada a la codificación de los delitos contra la humanidad, entre los que se incluyen el genocidio, la desaparición forzada, los delitos de guerra y la conspiración.

Visto así, el Código refrendará así la política asumida por el Estado democrático, que continúa llevando a juicio a los responsables de aquellos delitos recurriendo a la tan denostada "justicia retributiva", que parece lícita para los genocidas pero parece impensable para quienes perpetran o favorecen una suerte de "masacre por goteo", donde los reincidentes hasta los funcionarios avalan con su silencio el incremento de los delitos contra la vida. A la vez, abusando de la impotencia ciudadana, se erigen como partícipes necesarios a través de un blindaje jurídico que los exime de ser juzgados no sólo por omisión, sino por los delitos de corrupción.

Con el nuevo Código, que insiste en tratarse en las próximas sesiones ordinarias del Congreso, la pena máxima -prevista solamente para los crímenes contra la humanidad- será de 30 años, un islote de castigo en el vasto océano liberado para los funcionarios y para los criminales comunes, a quienes se les reduce la prisión a un mínimo mediante el programa de estímulo educativo vigente, que excarcela al reo hasta dos años antes de cumplida la pena. A eso se suma la instrumentación de "penas alternativas", aplicadas en países civilizados para quien ensucia un monumento público o interrumpe el tránsito y no para los asesinos reincidentes que destruyen vidas y familias enteras en el día a día.

En una oportunidad, el diputado Federico Pinedo exaltó la construcción de "un código que refleje cuál es la jerarquía de valores de la sociedad argentina para convivir en paz". Suena muy bien, pero esta retórica exige, cuando menos, más de una explicitación: hablando de valores, por ejemplo, me gustaría saber cuál es el sector de la sociedad que los defiende. Porque si es un corporativismo impostado que, por acción u omisión, promovió una inseguridad creciente, denunciada como la primera de las preocupaciones ciudadanas, paso, no me interesa. Más palabras sobre palabras.
Y si de pacificación social se trata, cual sería ese género de "paz" que se aspira a lograr si el nuevo Código normativiza un dispositivo de poder que ya se aplica de hecho con las consecuencias por todos reconocidas, como es el incremento de la violencia doméstica y callejera, del patoterismo promovido desde el Estado, de la impunidad compensada por los ajustes de cuentas y la justicia por mano propia. Sólo por nombrar los más comunes en los últimos años.
Sin embargo, aún con semejante escenario, ningún partido del arco opositor se preocupó por la seguridad ciudadana. Fueron y son colaboracionistas de una batalla cultural victoriosa que hace del delincuente un mártir. ¿Acaso no se preguntan cómo es posible que en democracia se hayan multiplicado por varias decenas de miles las víctimas de la violencia pública manifestada de muy diversas formas pero con el denominador común de la ausencia del Estado?
Si sumamos los muertos por inseguridad a los muertos por evitables delitos de tránsito, estamos frente a una suerte de "genocidio" imputable a una irresponsabilidad de los tres poderes que nos gobiernan, sometidos por igual a una angelización de los delincuentes y a una impune indiferencia ante las víctimas, la mayoría proveniente de los sectores más vulnerables de la población.

La política penal corporativa trasladó perversamente la dialéctica amigo-enemigo a la dimensión subjetiva, generando una criminalización de la pobreza en el imaginario colectivo cuyo resultado es una ruptura del entramado social. Gracias a un dispositivo canalla que relativiza cuando no invalida el temor del ciudadano medio, logró que el ciudadano común asocie hoy a quienes viven en zonas precarias con quienes viven del delito. Cuando, en verdad, la experiencia siniestra de los últimos años nos obliga a cambiar el eje de la discusión: la "mano dura" es del que gatilla, atropella, viola o mata u ordena hacerlo, provenga de donde provenga. Y la "mano blanda" es de los funcionarios, de las organizaciones de derechos humanos sectarias y de aquellos ciudadanos "progres" que atribuyen esas vidas destruidas a las contingencias de la existencia misma ("le toca a cualquiera").
Aquellos que miran el vaso medio lleno, con este placebo alivian su conciencia, condonando a quienes, por justicia, no deberían serlo. Pues es fácil ser generoso pagando la libra de carne con el dolor ajeno. Esta dicotomía perversa -mano dura versus mano blanda- es una transfiguración de nuestro pasado.
Las políticas de la memoria instaladas en la Argentina son tecnologías del olvido de una parte del pasado, una negación del presente y una utopía de futuro. Para quienes no padecemos de una escisión de la memoria, la falta de represión del delito funciona como en su momento funcionó el terrorismo de Estado y antes la lucha armada.
Así como las Madres de Plaza de Mayo buscaban a sus hijos desaparecidos y el Estado dictatorial silenciaba sus reclamos, los enlutados de hoy y de siempre buscamos justicia y el Estado democrático pero antirrepublicano silencia los nuestros. Muchos de los de entonces murieron en pos de un ideario auténticamente elegido, mientras que los muertos de hoy suelen ser brutalmente violentados sin vocación alguna. Ni siquiera son ofrendados por ideales que puedan ser invocados y cuya persecución no justificaría pero, cuando menos, concedería alguna suerte de sentido a esas muertes absurdas.
Cabe preguntarse -desde el derecho de la víctima y desde el dolor de sus sobrevivientes- dónde están los organismos de derechos humanos que asisten a presidiarios que violaron el derecho a la vida, pero jamás se ocuparon de los derechos humanos de sus víctimas violentadas. Resulta paradigmático ver aquellos pañuelos blancos que, trastocados, hoy limpian las botas de sus otrora enemigos.
En lo que toca a la legitimación de medidas penales que ya se aplican de hecho, alcemos la voz para que nuestros representantes respondan al mandato popular. Y en cuanto a los derechos humanos, tal vez se trate de comenzar por reconocer la necesidad de recuperar su sentido originario para que sea patrimonio de todos los argentinos y no de corporaciones hermanadas por la indiferencia.
De asentir con nuestro silencio, se cierra el círculo, pese a que sólo por falso candor o por letal desvarío se puede tener fe en este catecismo perverso.