La palabra
capitalismo se ha prestado, y desde épocas posteriores a Karl Marx (quien
habría sido el más prolífico divulgador del término) a interpretaciones
de las más variadas y contrapuestas en su significado.
A continuación, vamos a examinar
someramente algunos de los distintos sentidos que se le han dado a la
fórmula compuesta por las expresiones capitalismo, por un lado, y estado,
por el opuesto, y que es lo que han pretendido obtener los autores que
emplearon este enunciado con la fusión de ambos vocablos.
Comencemos con la visión de un socialista
al respecto:
En los países de capitalismo privado monopolista la clase
obrera dispone de un mínimo de libertades democráticas… y que son, aunque
limitadas, suficientes no sólo para tomar conciencia de la explotación a
que es sometida, sino también para organizarse y luchar contra ella. En
cambio, en los países de capitalismo de estado burocrático, mal llamados
‘socialistas’, la clase obrera no dispone de esas posibilidades. No puede
hacer huelga. Sólo puede organizarse en sindicatos que son meras correas
de transmisión del aparato estatal y del partido único, y comparados con
los cuales eran auténticos paraísos democráticos los sindicatos
verticales de la dictadura franquista.
Estas palabras revelan con total claridad el
grado de confusión conceptual y terminológica que tienen todos los
socialistas (marxistas o no marxistas) sobre el verdadero significado de
la palabra capitalismo. El capitalismo, desde luego, es privado si se
entiende desde el punto de vista de los derechos de propiedad. Pero es público en tanto
y en cuanto se visualizan los extraordinarios y enormes beneficios del
sistema para el conjunto de la sociedad donde se aplique. Esto último es
lo que descarta por completo la calificación de monopolista (que no es
más que un mito). Recordemos que los monopolios, si bien escasamente
posibles, son extremadamente raros en un sistema capitalista.
Por lo demás, el capitalismo privado -dicho
sea de paso, locución más que redundante- es la antítesis de la
explotación de la clase obrera, a la que sí se la somete en los sistemas
socialistas. Parece que a lo que quiere referirse bajo el rótulo de capitalismo
de estado burocrático, no es más que -lisa y llanamente- socialismo
y comunismo, sólo que no desea reconocer que el socialismo no es otra
cosa diferente a un paso previo al comunismo. Y todo esto, sin entrar a
cuestionar lo inexacto de pensar en los obreros como una clase social. Lo
que indudablemente está mal es llamar a los países socialistas con la
rebuscada fórmula capitalismo de estado burocrático, que no es
más que una contradicción en términos, donde la primer palabra
capitalismo es la antinomia del estado burocrático.
Los alemanes de posguerra padecían de la
misma confusión:
Los sindicatos alemanes reunidos en la Conferencia de las
Cuatro Zonas, en mayo de 1947, reclamaban la instauración de una economía
planificada y dirigida. La propia Democracia Cristiana (CDU) de la zona
ocupada por las fuerzas británicas señalaba en su plan de agosto de 1947
que la planificación y el dirigismo en la economía parece que serán
indispensables por un largo período, aunque también reconocía los
peligros de un capitalismo de estado para la libertad política y
económica de los individuos. En contraposición, el Partido Liberal (FDP)
declaraba que “las necesidades de la población serán mejor satisfechas
por medio de un sistema que incentive la producción mediante un sistema
que dé prioridad a la libre iniciativa y elimine el sistema económico en
poder de la burocracia.
Parece que los sindicatos y la CDU
añoraban el nazismo del cual terminaban de salir (si bien la CDU se
mostraba algo más prudente), lo que contrasta con la afirmación de
muchos, que dicen que Hitler no contaba con demasiados seguidores hacia
el final de su caída (y hasta hay liberales que afirman que fue un
error combatir a Hitler). Más allá de esto último, la cita denota
nuevamente el empleo de la expresión "capitalismo de estado"
como sinónimo de comunismo y/o socialismo.
Otros autores, enfatizan la sinonimia de
la fórmula en estudio con lo que se llama estado
totalitario, en
palabras como las siguientes:
En cualquier caso, si es que las revoluciones modernas son
concebibles, hay una presunción de que por las mismas razones que le
obligan a ser totalitario, el capitalismo de Estado corre mayores riesgos
y necesita defensas más poderosas contra la revuelta que los Estados que
no poseen, sino que meramente distribuyen lo que otros poseen.
Ironizando un poco sobre la alocución:
En años recientes se descubrió un
nuevo término para aquello que quedaba encubierto por la expresión
“economía planificada”: Capitalismo de Estado, y no pueden caber dudas
que en el futuro todavía surgirán muchas otras proposiciones para el
salvataje del socialismo. Aprenderemos muchos nombres nuevos para la
misma cosa. Pero lo que importa es la cosa, no sus nombres, y todos los
esquemas de este tipo no lograrán alterar la naturaleza del socialismo.
Sirva entonces todo lo anteriormente
transcripto para revelar el grado de desconcierto y desorden conceptual
que anida en la mente de un socialista y/o comunista.


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