Más
de la mitad de la mejora en la distribución del ingreso en Latinoamérica en los
2000 se debe a que se achicó la diferencia salarial entre trabajadores con y
sin estudios. Si la igualación salarial es buena o mala, o si estudiar paga hoy
menos que antes, son preguntas que forman parte de un debate especialmente
necesario en Argentina, a poco de hacerse públicos los resultados de los
exámenes PISA 2012.
El Informe
del Programa Internacional para la Evaluación de Estudiantes, también llamado Informe
PISA (por sus siglas en inglés: Program
for International Student Assessment), se basa en el análisis del
rendimiento de estudiantes a partir de unos exámenes que se realizan cada tres
años en varios países con el fin de determinar la valoración internacional de
los alumnos. Este informe es llevado a cabo por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico,
que se encarga de la realización de pruebas estandarizadas a estudiantes de 15
años. Aunque es considerado como un sistema "objetivo" de
comparación, su formulación está sujeta a muchas críticas, por cuanto es un
análisis meramente cuantitativo.
Aclarado
este punto –en función de un análisis pragmático- en los comienzos del siglo
XXI, Latinoamérica mejoró la distribución del ingreso, y más de la mitad de
esta mejora se debe a una menor dispersión de salarios; más precisamente, al
hecho de que se achicó la diferencia salarial entre trabajadores con estudios
terciarios y secundarios, y entre trabajadores con estudios secundarios y
primarios, con excepción de EEUU donde este diferencial -también llamado
“retorno” a la educación- creció. En otras palabras, la igualación de salarios
llevó a una igualación de ingresos. Esta menor diferencia salarial entre
niveles de educación (o menor retorno a la educación), es una noticia buena o
mala para la región, dependiendo de cómo la analicemos.
A
ver: sería “buena” si lo miramos desde el punto de vista de quienes apuntan que
menor disparidad de ingresos es más equidad. Sería “malo” si la observación la
hacen quienes ven en la menor disparidad un menor incentivo económico para el
estudio y la formación de “capital humano”. Claro que el tema es mucho más
complejo que eso, por la sencilla razón de que son varias las posibles razones
detrás del aplanamiento salarial, a contrapelo de lo que sucede en el resto del
mundo. En un estudio reciente del Banco Mundial revisamos las tres hipótesis
principales: cambio de la composición de la oferta laboral por nivel de
estudio, exceso de oferta (o déficit de demanda) de trabajadores calificados, y
mala calidad de la educación.
Vayamos
al punto, caso por caso. El cambio en la composición de la oferta laboral por
nivel de estudio parte de que, en promedio y para un dado nivel de educación,
los hijos de hogares pobres tienen un desempeño inferior al de los hijos de
hogares ricos, simplemente porque el ambiente familiar (parte esencial de la
formación de aptitudes a edad temprana) suele ser menos estimulante. Una
educación secundaria que incluyera más hijos de hogares pobres, por caso,
reduciría el desempeño promedio del egresado, medido por ejemplo por los
resultados de las pruebas PISA. Probablemente a esto se refiere el
ministro Sileoni cuando argumenta que “hemos logrado mantener los niveles de
desempeño de nuestros jóvenes, al tiempo que incorporamos 195.000 alumnos al
secundario”. Si el desempeño promedio del trabajador con estudios secundarios
cayera por la inclusión de hogares cuyos hijos antes accedían sólo al primario,
también caería el salario promedio de estos trabajadores, y su diferencia con
el primario.
Algo
similar pasaría con la oferta de educación terciaria. Ya lo dijo CFK: no todas
las universidades son iguales. No por sus profesores sino por su exigencia, y
por sus alumnos, algunos de ellos primera generación de terciarios en
busca de un título con el que elevar sus ingresos y su nivel de vida. La
proliferación de nuevas universidades, públicas y privadas, es un fenómeno
regional que, al facilitar el acceso a la educación terciaria de sectores que
no satisfacen las exigencias de las universidades tradicionales, estarían
reduciendo el promedio de desempeño (y de salario) del graduado terciario, y su
diferencia con el del graduado secundario. Esta hipótesis parece consistente
con el hecho de que mientras el plus salarial del trabajador con estudios
secundarios comenzó a caer ya en los 90s, la caída en el diferencial de los
trabajadores con estudios terciarios se vio recién en los 2000s, cuando estas
nuevas universidades consolidaron su crecimiento.
En
la medida en que el fenómeno de aplanamiento salarial se deba a que sectores
que antes sólo obtenían un título primario y hoy acceden a educación secundaria
(o a quienes antes sólo obtenían un título secundario hoy acceden a educación
terciaria), el resultado es innegablemente bueno. Una vez ajustando por
desempeño -más precisamente, por los aspectos del desempeño que no son ya
capturados por las variables socioeconómicas usadas en las estimaciones de la
prima de educación-, encontraríamos que estudiar pagaría lo mismo que antes:
los incentivos al estudio seguirían intactos y la igualación de ingresos sería
apenas el reflejo estadístico de una educación más inclusiva.
Ahora
veamos por el lado del exceso de oferta/déficit de demanda. La segunda
hipótesis apunta al equilibrio entre oferta y demanda de calificación. Si un
país produjera localmente bienes y servicios cada vez menos sofisticados (por
ejemplo, porque exporta commodities no elaboradas e importa todo lo demás),
caería la demanda de trabajo calificado y, con el tiempo, su salario relativo.
Del mismo modo, si un país experimentara un boom de trabajadores con título
secundario y terciario (ya sin cambios en la calidad promedio) esto induciría
una sobreoferta de calificación que presionaría a la baja el retorno a la
educación. Si bien ambas tienen consecuencias similares, las dos versiones de
esta historia son radicalmente distintas: en la primera, se empobrecería la
demanda y los salarios se achatarían (bajarían los más altos); en la segunda,
se enriquecería la oferta y los salarios se comprimirían hacia arriba (subirían
los más bajos).
Desembarcando
en la tercera hipótesis, la mala calidad de la educación, se sostiene que la
igualación de salarios se debería simplemente a un deterioro de la calidad, un
aspecto que por difícil de medir no debería dejar de medirse, y que refleja
desde las horas de clase efectivamente dictadas hasta la adecuación de los programas
a la demanda del mercado laboral, pasando por la calidad de los maestros y la
seguridad en las escuelas En todo caso, si el desempeño del secundario y del
terciario de hoy es inferior al del secundario y terciario de ayer, también lo
será su remuneración relativa.
En
este caso, la menor diferencia salarial apenas reflejaría el dato de que la
educación agrega hoy menos valor desde el punto de vista del mercado laboral.
Llegando
ya al final del análisis, surgen interrogantes, sobre si la igualación salarial
es buena o mala, si estudiar paga hoy menos que antes, o si deberíamos
congratularnos o preocuparnos. Pasar cada una de estas hipótesis por el filtro
de los datos forma parte de una agenda de investigación y un debate necesarios,
especialmente a poco de hacerse públicos los resultados de los exámenes PISA
2012. Resultados que en Argentina en la última década no fueron halagadores, y
que apuntan peligrosamente a la mala calidad educativa como artífice de la
nueva equidad salarial


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