viernes, 20 de enero de 2012

La región arma un consenso sin la Argentina

Una de las cosas que han llamado la atención a lo largo de estos ocho años de Néstor y Cristina Kirchner ha sido la ausencia total por parte del Gobierno y de sus seguidores de alguna referencia internacional en la cual enmarcar la economía kirchnerista.
Es que el peronismo en general, especialmente el de la fase 1946/1955, y el kirchnerismo en particular comparten un rasgo común a otros gobiernos de corte populista y nacionalista: la fuerte defensa de los rasgos idiosincráticos de sus políticas. La homologabilidad internacional de la acción de gobierno es asimilable a la entrega, al colonialismo o, más sencillamente, al mal. Arturo Jauretche, Hernández Arregui y, más acá, Felipe Pigna abrevan en esas ideas.
Probablemente la raíz de la cuestión deba ser analizada desde la concepción del poder. Las prácticas más usuales en materia económica a nivel internacional se basan en instituciones que tienden a consolidar políticas permanentes. Su perdurabilidad se basa en la construcción de algunos consensos internos que requieren cierto reparto del poder. Por ello el esquema concentrador del poder del peronismo tiende a rechazarlas. En este esquema, el poder deviene del ejercicio irrestricto de la discrecionalidad del Estado, cuyos resultados son inmediatos, aunque efímeros. Poder y ciclo económico muestran un entrelazamiento estrechísimo, que explica en parte los ciclos de auge y final de los gobiernos populistas y tal vez nos da una pista de por qué la argentina es, después de la venezolana, la economía más volátil de la región.
Podría decirse que el kirchnerismo sólo reconoce como encuadramiento conceptual, aparte de a sí mismo, algo que podríamos denominar latinoamericanismo. La hermandad latinoamericana da forma a gran parte de los discursos oficiales y provee de color al movimiento político que acompaña al oficialismo. Sin embargo, dicha invocación no parece realmente dotar de contenido su praxis.
En el discurso pronunciado en la conferencia anual de la UIA, la Presidenta advirtió: "[?] Este no es un modelo de metas de inflación, eso es algo del Consenso de Washington; este modelo es de crecimiento de la economía". Tal vez los funcionarios del área económica deberían decirle que Brasil, México, Chile, Colombia, Uruguay, Paraguay y Perú, entre otros, se rigen por el sistema de metas de inflación.
De todos ellos, México, Chile, Colombia y Perú tienen acuerdos de libre comercio con los Estados Unidos similares a los que el Gobierno repudió en la Cumbre de las Américas de 2005, en Mar del Plata. Una contradicción similar se aprecia al leer el último documento de Carta Abierta, que elogia al oficialismo por hacer que el latinoamericanismo se convierta en definición de una política internacionalista y regional. Dada la heterogeneidad regional, parecería que la densidad ideológica de "latinoamericanista" se aproximaría a la pertenencia a las hinchadas de River o Boca.
Con el mundo como amenaza 
Ya sabemos, entonces, que en muchos aspectos fundamentales de la aplicación de las políticas macroeconómicas no nos parecemos a quienes decimos parecernos. En vez de metas de inflación, tenemos inflación. En vez de ver el mundo como una fuente de oportunidades, lo vemos como una enorme amenaza de la que debemos aislarnos. En el mundo de las ideas rendimos culto a la autarquía. Es el modelo nacional y popular.
En el plano de los números, la Argentina es hoy un país de mitad de tabla para arriba en términos de PBI per cápita. Medido en dólares corrientes, nuestro PBI ocupa el lugar 62 en el mundo, un puesto por detrás de México y cerca del lugar 54 de Brasil. Australia y Nueva Zelanda, países que se nos parecían antes de que nos encantara tener rasgos idiosincráticos, están 5 y 21. Sextuplican y triplican, respectivamente, nuestro PBI por habitante.
Pero el PBI no es todo. Tal vez hemos hecho todas las cosas que hemos hecho en las últimas décadas en pos de la igualdad, la transparencia, la diversificación de nuestras exportaciones y otros objetivos. Se justificarían entonces la inflación, la guerra a la OTAN, la sustitución de importaciones, la adulteración de las estadísticas, las privatizaciones y las estatizaciones.
Tampoco allí nos fue bien. La Argentina es uno de los países más desiguales del mundo. Tomando el coeficiente de Gini como medida, y siendo Japón el país más igualitario, ocupamos el puesto 104 sobre un total de 150 evaluados que tiene a Namibia en el último lugar. En los rankings de corrupción y competitividad, estamos 105 sobre 180, y 85 sobre 144.
Solo 24 países tuvieron, en los últimos tres años, una inflación promedio superior al 10 por ciento. Esos 24 bajan a 8 si excluimos Africa. De los 24, sólo 4 tuvieron una tasa de inflación superior a 20%: la Argentina, Venezuela, el Congo y Bielorrusia. En este selecto grupo, sólo uno de ellos adultera sus estadísticas.
El relato oficial de que sólo con inflación se baja la pobreza es ridículo y no tiene sustento estadístico. Sería muy útil que algún funcionario se animara a llevarle los datos a la Presidenta. Así se enteraría de que a veces un relato es sólo eso. Pero la realidad es más rica y diversa. Blanco y negro o bien y mal son discursos más fáciles de entender. Pero no es mejor.


martes, 17 de enero de 2012

La propia canción

Seu Jorge es un músico brasileño al que sigo desde hace varios años. Lo descubrí en Vida acuática , de Wes Anderson, una película sobre un oceanógrafo que emprende aventuras marinas bastante desafortunadas.
En una escena formidable de esta película, Seu Jorge está solo con su guitarra y se pone a tocar unos acordes de "Life on Mars", un clásico tema de David Bowie. Pero en vez de cantar en inglés, lo hace en portugués y modifica totalmente la letra y su significado. Y transforma ese tema, que ya de por sí es magnífico, en una nueva obra de arte, en algo bello, sublime. A lo largo de la película, Seu Jorge hace esto mismo dos o tres veces más. Y en cada una de ellas, el efecto es el mismo.
Yo no sé si Seu Jorge sabe inglés o no. Si no puede pronunciar ni una frase del clásico tema. Lo que me impactó en esa película fue cómo él cantó su propia canción. Cómo hizo su propia versión de las cosas. Y generó algo increíble, original, propio.
Muchas veces, estamos ante situaciones que no sabemos cómo resolver. Y entonces elegimos copiar. Si ya fue hecho, ¿para qué innovar? Tomamos el atajo y apelamos a lo que alguien hizo antes. Tenemos una referencia y tratamos de imitarla. Y si bien éste es un camino válido y muchas veces nos salva, en algunos casos supone un esfuerzo enorme, un gasto de energía tremendo.
Pasa en todos los ámbitos, en nuestra casa, con nuestra familia, en el trabajo. Cuando nacieron mis hijos, ya había leído varios libros sobre paternidad hasta que me di cuenta de que, si bien eran útiles, cuando estoy con ellos no hay literatura que valga. Pasa cuando estamos en el trabajo y tenemos que tomar una decisión rápida. O cuando cocinamos y seguimos al pie de la letra una receta. Pero de pronto nos falta un ingrediente y no hay tiempo para salir a la calle, entonces hay que apelar a nuestra creatividad e inventar una nueva receta. Salirse del molde y estar listos para innovar. Pasa con la moda: a veces, queremos copiarla, usarla tal como se ve, y a la hora de vestirnos, ahí estamos nosotros, con nuestro estilo, nuestra forma de ser, y esa prenda que tan bien se veía en la tienda, no hay forma de que calce en nuestro cuerpo.
Por eso, cuando lo vi a Seu Jorge, aluciné. No sólo porque su música me pareció superior, sino porque un tipo solo con su guitarra me estaba diciendo: ¿para qué imitar algo? ¿Para qué intentar copiar incluso a un genio como David Bowie? ¿Y si en cambio él se convierte en inspiración?
Seguramente muchas de nuestras acciones no tengan el brillo de la novedad, pero tendrán algo mucho más importante: nuestra impronta, nuestra voz. Al menos estaremos haciendo nuestra propia versión de las cosas.

lunes, 16 de enero de 2012

Viva el cáncer, paredón y después...

Dicen -dicen sobre todo las señoras paquetas que circulaban por aquella zona, en aquellos días- que el grafiti existió. Que ellas lo vieron. Que cruzaba, como un latigazo, uno de los laterales de la quinta llamada "de los leones", por entonces residencia presidencial. Ahí donde reinó y murió Evita, y donde a una pared le brotó un hongo de doce letras. "¡Viva el cáncer!"
Dicen -dice alguien que se define como "peronista por adopción"- que no vio la inscripción, pero sí el brindis. Que vio cómo en la casa de su abuela, tras la noticia, se abrió un champagne y se brindó. Chin-chin.
Dice -dijo, y sigue diciendo María Elena Walsh en su poema "Eva"- lo que siguió a eso: "Y el amor y el dolor eran de veras, gimiendo en el cordón de la vereda".
Dijo alguien en Facebook: "Fuerza, Presidenta".
Allá, Eva y aquí, Cristina. Comparten el poder, el sexo y un diagnóstico.
Pero allá hubo silencio (la enfermedad de Evita fue secreto de Estado) y aquí palabras. Demasiadas, tal vez. En cuestión de horas, nos hicimos expertos. Punción, carcinoma, neoplasia. Y, de nuevo, la incómoda certeza de estar mirando sólo en blanco y negro. Como antes. Como siempre.
La noche en la que se aprobó la ley antiterrorista, medio país moqueaba ante Piquín y Noelia, finalistas del "Bailando 2011".
La semana en la que la salud presidencial fue tapa también pasaron cosas. Pasó Famatina. Pasó un pueblo alzado contra la minería a cielo abierto y futuro cerrado. Pasó -rapidísimo- la noticia de que Los Sauces S.A. acababa de comprar un piso de 9 millones de pesos en Puerto Madero.
Pasó y siguió pasando tanto más. Pero nada tan hipnótico como un cáncer en la Rosada. Por primera vez, no hubo "relato" ni "sensación de": fue diagnóstico explícito.
Después, el enroque de carcinoma por papiloma y lo previsible: la alegría de unos y el enojo de otros ante el tendencioso manejo de la información médica, primero, y la grosera utilización del tema, después. Pero también lo imprevisible. Lo bestial: muchos, no bien supieron que la Presidenta estaba sana, actuaron como quien pide la devolución de su entrada cuando el final de la película lo defraudó. Puede que la pasión K por revivir el núcleo duro de la mitología peronista tenga bastante que ver en todo esto. No, desde luego que Cristina no es Ella y que el "aguante" frente al Hospital Austral nada tuvo que ver con los rezos empapados del 52. Es más bien aquello de la historia y sus dos versiones: tragedia primero, comedia después.
Como sea, muchos fantasmas supuestamente enterrados siguen aquí. En cincuenta años, en el mismo lugar. La misma crispación, y "para el enemigo, ni justicia", sólo que a la inversa. Después de todo, vivar el cáncer desde un paredón no es tan distinto de protestar por su ausencia. Y es que el universo maniqueo tiene esas cosas: revive a los muertos y mata lo vivo, empezando por aquello que duda, se rebela o pregunta. En el número 43 de sus Caprichos, Goya dibuja a un dormido, soñando espantos. "El sueño de la razón engendra monstruos", anota al pie. La inocultable decepción de algunos frente al cáncer presidencial que no fue recuerda a eso. Nos dice de lo pobre que se ha vuelto todo últimamente. De lo que -tarde o temprano- produce una realidad partida al medio. De lo que engendra vivir convocando fantasmas.

Paren el país que me quiero bajar

Llegó el momento de hacer un balance. ¿De 2011? ¿No será ya demasiado tarde? Nooo, queridos amigos, es tiempo y obligación de hacer un balance, pero de lo que va de 2012 y de los últimos 15 días del año pasado.
Tanta vorágine demanda un recreo y apropiarse de aquella genial frase-súplica de Mafalda: "Paren el mundo que me quiero bajar". No sólo hubo demasiadas cosas conmocionantes sino, sobre todo, inexplicables, esotéricas, bizarras. Como si el mundo Tinelli hubiera saltado de la pantalla y se adueñara de la realidad política.
Todo empezó con la muerte de Iván Heyn, el funcionario, economista y militante de la épica kirchnerista. En una cumbre internacional, en el mismo hotel de la Presidenta y mientras ella arengaba a sus pares a blindarse contra las calamidades de los decadentes países centrales, Heyn era hallado asfixiado y desnudo, muerto por mano propia.
Sólo fue empezar. Después llegó el asesinato de un gobernador dentro de una enrejada habitación que de lo único que no lo protegía era de su enemiga íntima, con la que compartía la cama matrimonial.
En el medio desapareció y apareció un intendente y siguió la indetenible ola de casos de víctimas de la violencia de género y doméstica.
Pero aún faltaba lo más conmovedor: el anuncio oficial de que la Presidenta tenía cáncer y la (increíble, milagrosa, aliviadora? ponga el calificativo que prefiera) noticia de que, al final, Cristina no tiene cáncer.
Difícil mantener el ritmo, pero la Argentina se las rebusca para sostener la sucesión de episodios originales. Al alivio inicial por la buena noticia sobre la salud de la Presidenta le siguió la inquietud popular por el diagnóstico errado y la polémica médico-política-mediática por la actuación de los galenos, por el manejo de la información que hizo el Gobierno y por el silencio oficial sobre la convalecencia presidencial.
Como en el mundo Tinelli, no faltaron los escándalos menores. Y apareció en escena el más notorio miembro del jurado oficialista admitiendo que posee un anillo de brillantes de un cuarto de millón de dólares y justificando la compra en la venta de regalos que le habían hecho generosos amigos sobre los que mantuvo el más estricto secreto de sumario.
Y dos días después se supo que en su juzgado recayó una denuncia contra un supuesto proxeneta internacional, que fue o es de su estrecha amistad, que, además, tendría un socio o empleado que es amigo o conocido y aparece en fotos con Mauricio Macri, a quien el juez del anillo tiene entre las cuerdas de su juzgado.
Si después de esto no le dan ganas de sumarse a Mafalda y pedir que, paren el país que nos queremos bajar un rato, su tolerancia a las sorpresas argentinas es admirable. Aunque podemos recordarle que, en medio de tanta cosa increíble, una sequía histórica hacía estragos en cultivos y en expectativas de los guardianes de las arcas públicas, que la producción industrial se resiente por los controles de Moreno, que el ajuste ya llegó...
Y esto recién empieza. Pero a no desesperar, la Argentina siempre promete finales felices. ¿O no?

martes, 10 de enero de 2012

Reyes de un mundo en seis cuotas

Ni el Ratón Pérez nos ha quedado. Ni eso, ni una mísera laucha. Apenas un poco de Papá Noel y lo más doloroso de todo: nada de Reyes Magos. Sobrevive, sí, uno que otro foco de resistencia mágica. Mi casa es uno. Aquí se promueve el intercambio con los seres alados y -nobleza obliga- también la hospitalidad con las tres majestades venidas de Oriente. Por eso en las vísperas hay muchas corridas: que el pasto, que el agua, que los zapatos. A veces, incluso, dejamos refrigerio para los Reyes, que aquí nunca son los padres. Vamos, lo sé, al revés del mundo. Sopla desde hace mucho un viento desencantado que impulsa a muchos a decirles a sus niños "la verdad". Y por tal sólo se entiende lo que se vea y lo que se toque. La tarjeta de crédito tiene peso y tamaño; ergo, es verdadera y eso le basta para ser más fidedigna que Pérez, Noel y Melchor juntos.
En su libro ¿Post mocositos? , el psiquiatra Juan Vasen habla de estos nuevos miniconsumidores y de sus imaginarios colonizados por las marcas; en el informe "Kiddo's" (un análisis al detalle de los consumos infantiles en América latina) afloran los números de esta nueva realidad. Sabemos así que casi el 70% de los chicos argentinos de entre 6 y 11 años está expuesto a Internet, que al menos el 40% tiene celular y que juegan un rol clave en las compras familiares de tecnología. Pero también hay otro dato que quizás explique mejor esta furia desilusionadora. Y es que criar pequeños descreídos resulta, de algún modo, mucho más fácil. Porque cada pequeña magia casera de mi infancia (Papá Noel anunciando su llegada con una misteriosa campana, los Reyes y su rastro de pastitos que llegaba hasta el cordón) demanda una ingeniería de disponibilidad y talento que no cualquiera. Puede que sea simple pereza lo que mueve este empeño parental por arrasar hasta con la más mínima pompa de ilusión en sus chicos. Puede. Y ahí van pues los padres "piolas" explicando cuánto les costó cada regalo, y en dónde lo consiguieron. Curioso: no son igual de sincericidas con otras cuestiones, a saber: la verdadera locación de la abuelita que "se fue al cielo", la mentira sonriente del "¿Cómo te va?" que se lanza a cualquier conocido por la calle, el real estado de departamento "todo luz" que intentan alquilar. Será por eso que -dentro de la paleta de lo que solemos llamar falacia- haya sólo una interesante: la "mentira inspiradora". Aquella innecesaria, pero bellísima. La que impulsa a portarse bien, a intuir el otro lado. La de las tres siluetas en camello recortándose contra la luna, por caso, balconea a otra dimensión. Una en la que los adultos (y su estrés, y sus marcas y precios, y su perpetuo estado Play ) cuentan poco y nada ¿Que los Reyes son los padres? Diría que al revés: que los padres son los reyes, así, con minúscula. Monarcas pequeñitos de un mundo en seis cuotas. Sin interés. Por eso se ensañan como lo hacen con la magia: para que nunca sepamos que ya no gobiernan nada. Y que tienen terror de que nos demos cuenta.

La necesidad de creer

Una de las inclinaciones primarias del ser humano es la necesidad de creer, en todos los órdenes de la vida. Julia Kristeva señala que se trata de una necesidad de carácter, incluso, prerreligioso. De esa necesidad de creer vive y se nutre la política, por supuesto. Pero en la Argentina se da una extraña paradoja: nuestro pueblo ha desarrollado un alto grado de cinismo, y de falta de creencia en la política, un justificado y extremo escepticismo nacido de frustraciones permanentes. Sin embargo, simultáneamente, es capaz de darle todo el poder a una sola persona, tomando con ello los riesgos institucionales y biológicos que tal situación implica. La paradoja de no creer, pero de apostar todo a una sola instancia acaso se deba, justamente, a que hemos sido desengañados una y otra vez. Uno de los peligros materializados de la Tierra arrasada posterior a 2001 ha sido, entonces, la inclinación a entregarse demasiado a algo. Nos sucede como al jugador al que le va mal en sucesivas apuestas, se va quedando sin recursos, y apuesta todas sus fichas a un solo número, buscando un golpe de suerte.
Y así como la gente ama la posibilidad de tener algo como ideal, detesta la verificación de las cosas. La verificación supone siempre una forma profunda de desencanto, aunque entrañe realidad. De allí que se vote a aquellos que sabemos que nos mienten o que pese menos la corrupción presente que las promesas de futuro. Véase también de manera más genérica, dentro de esta psicología, lo ocurrido en el caso Wikileaks, que reveló durante meses miles de documentos confidenciales. Esas filtraciones, más allá de que fueran verdaderas, resultaron antipáticas para todo el mundo y Wikileaks está siendo ahora ahogado por una combinación de bloqueo financiero y de desinterés de los medios de comunicación y de la gente por su destino. De hecho, los destituidores de la creencia despiertan hostilidad, como ocurre desde el principio de los tiempos, desde Sócrates en adelante. Todo lo que violenta la necesidad primaria de creer, en cualquier ámbito, despierta un deseo irrefrenable de hacer beber la cicuta.
Pero lo ideal es entrelazar la necesidad de creer con la necesidad de mantener cierto escepticismo, una mezcla de dosis fluctuantes y nunca extremas. Porque así como del escepticismo puro se sale, como queda demostrado en nuestra historia reciente, por su reversión brutal, también de la creencia extrema se sale con una frustración que opera como caldo de cultivo para que se genere un nuevo extremo. Por eso son sabios los resultados electorales que otorgan el poder pero lo limitan fuertemente, y nunca aquellos que delegan todas las funciones y se entregan en manos de una sola persona. La necesidad de creer, junto con la posibilidad de hacerlo, carece de conflicto. Es la colisión entre la necesidad de creer y la imposibilidad de hacerlo lo que engendra efectos de alcances peligrosos e imprevisibles. Y es lo que parece signar secretamente nuestra historia reciente.

domingo, 8 de enero de 2012

Perspectiva global - El imperativo del crecimiento puede estar equivocado

La macroeconomía moderna parece considerar que el crecimiento rápido y estable es lo más importante de la política económica. Pero ¿tiene sentido considerar el crecimiento como el principal objetivo social a perpetuidad?
Muchos críticos de las estadísticas han propugnado mediciones más amplias del bienestar, como la esperanza de vida al nacer o la alfabetización. Entre esas evaluaciones figuran el Informe sobre Desarrollo Humano de las Naciones Unidas y la Comisión sobre la Medición de los Resultados Económicos y el Progreso Social, encabezada por Joseph Stiglitz, Amartya Sen y Jean-Paul Fitoussi.
Pero podría haber un problema más profundo aún que la estrechez estadística: el de que la teoría moderna del crecimiento no subraye que las personas son seres sociales. Para evaluar su bienestar, se basan en lo que ven a su alrededor, no en algún criterio absoluto.
Conforme con la célebre observación del economista Richard Easterlin, resulta sorprendente que las encuestas sobre la "felicidad" hayan evolucionado poco, pese al importante aumento tendencial de la renta. Huelga decir que el resultado de Easterlin parece menos verosímil en el caso de los países muy pobres, donde los aumentos rápidos de la renta permiten con frecuencia a las sociedades disfrutar de grandes mejoras en la calidad de vida, que probablemente guarden una marcada relación con cualquier medición aceptable del bienestar.
Sin embargo, en las economías avanzadas es casi seguro que el criterio elegido es un factor importante en la forma como las personas evalúan su bienestar. En ese caso, el crecimiento generalizado de la renta podría elevar esas evaluaciones a un ritmo mucho más lento de lo que sería de esperar examinando cómo un aumento de la renta de una persona respecto de otras afecta a su bienestar.
Para ser justos, algunos pocos estudios, pero importantes, reconocen que las personas se guían en gran medida por criterios históricos o sociales en sus opciones e ideas económicas. Lamentablemente, esos modelos suelen ser difíciles de interpretar.
Resulta un poco absurda la obsesión por lograr a perpetuidad el mayor crecimiento medio de la renta a largo plazo, sin tener en cuenta otros riesgos y consideraciones. Examinemos un sencillo experimento. Imaginemos que la renta nacional por habitante vaya a aumentar un 1% al año durante los próximos siglos. Se trata, aproximadamente, de la tasa de crecimiento tendencial por habitante del mundo avanzado en los últimos años. Con un aumento anual de la renta del 1%, una generación nacida dentro de 70 años disfrutará de una renta media que será el doble de la actual. En dos siglos, la renta aumentará ocho veces.
Ahora bien, supongamos que viviéramos en una economía que creciese a un ritmo mucho mayor, del 2%. En ese caso, la renta por habitante se duplicaría al cabo de sólo 35 años y un aumento de ocho veces tardaría sólo un siglo en producirse.
Por último, preguntémonos cuánto nos importa en realidad que se tarde 100, 200 o incluso 1000 años en aumentar ocho veces el bienestar. ¿No tendría más sentido preocuparse por si los conflictos o el calentamiento planetario podrían producir una catástrofe que afectara a la sociedad durante siglos o más?
Aunque sólo pensemos en nuestros descendientes es de suponer que esperemos que prosperen y hagan una contribución positiva a la sociedad. Dando por sentado que disfruten de una prosperidad mucho mayor que la de nuestra propia generación, ¿qué importancia puede tener el nivel absoluto de renta?
Tal vez un motivo más profundo subyacente al imperativo del crecimiento en muchos países se deba al interés por el prestigio y la seguridad nacionales. En su libro de 1989, Auge y caída de las grandes potencias , el historiador Paul Kennedy concluyó que a largo plazo la riqueza y la capacidad productiva de un país, en relación con las de sus contemporáneos, es el factor determinante esencial de su categoría mundial. Desde luego, una carrera económica en pos de la potencia mundial es un motivo comprensible para centrarse en el crecimiento a largo plazo, pero, si semejante competencia es de verdad una justificación fundamental para hacerlo, tendremos que revisar los modelos macroeconómicos habituales, que pasan totalmente por alto esa cuestión.
Naturalmente, en el mundo real, los países consideran con razón que el crecimiento a largo plazo forma parte de su seguridad nacional y su categoría planetaria. Los países muy endeudados necesitan el crecimiento para que los ayude a salir del hoyo, pero, como propuesta a largo plazo, el argumento a favor de que nos centremos en el crecimiento tendencial no es tan convincente.
En un período de gran incertidumbre económica puede parecer inapropiado poner en tela de juicio el imperativo del crecimiento, pero es que tal vez una crisis sea exactamente la ocasión de replantearse los objetivos a largo plazo de la política económica mundial.