martes, 7 de mayo de 2013

Argentina y sus 6 nuevos indexadores

Por Ariel Torres



Resulta paradójico decir que algún día sentiríamos nostalgia por aquellos años en los que la indexación se hacía con un único índice. Digo esto porque hasta hace poco tiempo, los precios seguían en forma más o menos pareja y uniforme al indicador de la inflación. Todos los costos y salarios evolucionaban en forma similar y los empresarios ajustaban aquello que vendían en función de ello.
Los economistas veíamos el fenómeno con preocupación, porque este mecanismo provocaba la muy temida "espiral inflacionaria". Sin embargo, estamos comenzando a añorar aquellos tiempos, porque hoy se agrega un efecto que –conceptualmente- resulta un tanto aterrador: el de la distorsión de precios.
Ya no existe un único parámetro según el cual las cosas aumentan, sino que son varios. En un contexto en el que el Gobierno interviene con más regulación e intentos de congelamiento -y con un dólar blue que cada vez es más referente de varios sectores- empieza a perderse la brújula para saber qué es barato y qué es caro. A modo de ajustada síntesis, los siguientes son algunos de los indexadotes más importantes que se utilizan, de los tantos que rigen en la Argentina de hoy día:
1.     Indexador "ajuste salarial"

Históricamente, los salarios constituyen un factor primordial a la hora de establecer aumentos de precios, especialmente en sectores industriales o de servicios, donde la remuneración es el componente principal del mix de costos. Pero, incluso en aquellos rubros que no se caracterizan por ser intensivos en mano de obra, tampoco es un punto a descuidar, ya que éstos, a su vez, contratan servicios (transporte, limpieza, entre otros), que sí están fuertemente influidos por el componente salarial.
Siempre he sido muy escéptico sobre el congelamiento de precios, ya que el impacto de los salarios se traslada significativamente a los precios, como respuesta a su incidencia directa en los costos de producción, y fundamentalmente al valor de los servicios. Y les doy un ejemplo: la educación privada, donde se producen dos aumentos anuales, según lo que se acuerde en paritarias. Y donde por excelencia el salario es el indexador principal es en los productos de la canasta básica, para el que se observan ajustes de entre 25% y 30% anual, según el artículo.
2.     Indexador "aumento de insumos"

Una variable fundamental a la hora de fijar precios es la de los costos de los insumos, que pueden ir en línea con la inflación o estar influidos por otras cuestiones, tanto del mercado interno como del externo. El ejemplo clásico es el de alimentos frescos, como las carnes, que registraron un incremento promedio del 21%. Efecto que a su vez influye sobre toda la cadena alimenticia. En este caso, la influencia del intervencionismo estatal ha generado una gran distorsión, de la que el sector quedó preso hace unos años y de la que no se ha podido recuperar, porque hoy la Argentina no sólo exporta menos carne que hace unos años sino que los precios internos no pararon de subir.
Desde el 2010, los precios no sólo se duplicaron sino que, además, hoy se ubican incluso por encima de los valores internacionales. Otro factor que ha tenido injerencia en los aumentos ha sido el cierre importador. La consecuencia típica de una medida de este tipo es la de un "consumidor cautivo", producto de la falta de competencia entre lo nacional e importado.
Lo que resulta por demás curioso es cómo, a contramano de la creencia popular sobre que el cierre importador benefició a la industria local, muchos empresarios se quejan de que sus costos se encarecieron. Un gerente de una reconocida marca de indumentaria, con presencia en los principales centros comerciales del país, señala que los costos de las mercaderías le han aumentado fuertemente por "tener que acudir a proveedores nacionales". Todos se cubren las espaldas, y eso se nota.
3.     Indexador "dólar oficial"

En tiempos en los que el tipo de cambio oficial se ha convertido, para la mayoría de la población, en una ficción, quedan algunos pocos privilegiados que pueden obtener dólares a $5,17. Se trata de los importadores o -mejor dicho- de aquellos que pudieron sortear el impiadoso cierre diseñado por  Moreno.
Ya no ningún secreto que la inflación le sacó varias vueltas de ventaja en los últimos años a un billete verde que se quedó atrás -entre 5 y 10 puntos anuales- lo que se tradujo en un abaratamiento de los artículos importados en relación con las subas de salarios (que siguieron al índice inflacionario) y con el resto de la producción nacional. El ejemplo más típico es el de los autos traídos de afuera, ya que según un relevamiento de precios de la consultora Abeceb, éstos en el año 2012 se incrementaron "apenas" un 16,5%, frente a un índice general del 25%, en el mejor de los casos. Esto implica un claro subsidio a los autos de alta gama.
Otro caso típico de productos importados cuyos precios se indexan según el dólar oficial es el del mobiliario para el hogar traído de otros países. Los representantes de un par de firmas distribuidoras de muebles importados han acusado dos aumentos por año que, en conjunto no suman más del 16%.  
4.     Indexador "dólar blue"

Es sin duda el gran "cuco" para nosotros, los economistas, que solemos contradecir el argumento oficial según el cual el dólar informal no es relevante, por lo pequeño de su mercado. La suba del blue dista de ser inofensiva; por el contrario, es inflacionaria, porque un dólar paralelo por las nubes se convierte en obligatoria referencia para la formación de varios precios. Sobre todo -aunque no exclusivamente- en sectores en los que la informalidad tiene alta incidencia.
Y es este el fenómeno que ha irrumpido con más fuerza el último año, ya que empieza a observarse cómo en determinados rubros hay aumentos de precios que ya no guardan relación con indexadores clásicos -como la inflación, los salarios o el tipo de cambio oficial- sino que se mueven al compás del paralelo. El sector inmobiliario da muestras de ello. Pero no es el único, ya que en las actividades donde hay un mayor componente de informalidad se está viendo una tendencia de ajustar al blue.
Lo notable es el caso de las empresas de servicios que -sin tener una conexión directa con la importación- empiezan a tener ajustes en porcentajes que van en sintonía con el alza del blue.
Pero veamos un caso que yo llamo "pintoresco": el índice Big Mac, que elabora la revista The Economist. Aclaremos que, entre la variedad de hamburguesas, hay una que está "intervenida" por Moreno, y es justamente la que utiliza la publicación para comparar precios entre países. Para "esa", la orden oficial es que sólo se incremente en línea con el alza del billete verde del Banco Central, las otras tienen rienda suelta. Y esto es así para que en el ranking global que elabora The Economist, no quede en evidencia que Argentina está cara en dólares y tiene atraso cambiario.
El argumento se cae a pedazos cuando notamos que la diferencia de precio entre el Big Mac "intervenido" y el de un producto análogo "libre" (cuarto de libra), la evolución se produce  en línea con la brecha cambiaria. Hace exactamente un año, cuando la diferencia entre el blue y el oficial era de 20%, la amplitud de precios entre ambos combos era ese mismo porcentual. Lo mismo ocurre hoy. Al tiempo que la distancia entre el marginal y el oficial se ha disparado, el diferencial entre el Big Mac y el Cuarto de Libra se acerca al 60 por ciento. No hay magia en las estadísticas. El dato frío suele ser implacable para aquellos que pretenden controlar todo.
5.     Indexador "precios políticos"

Si analizamos lo referido a los servicios públicos, el criterio del Gobierno se ha basado en lo que yo llamo "dinámica del freezer", o sea congelar los precios, ya sea por la sensibilidad social de algunos de estos rubros (caso del gas, el agua y la electricidad), o bien por la capacidad de provocar aumentos en cadena, al ser insumos fundamentales de industrias y servicios (electricidad y combustibles).
De ninguna manera esto significa que las facturas de luz o de gas se hayan mantenido invariables del todo, porque además de la tarifa hay otros renglones que sí han tenido actualizaciones. Sin ir más lejos, el cargo creado a fines de 2012 por Axel Kiciloff, destinado a un fondo para invertir en infraestructura y solventar gastos de importación. Un eufemismo que, para una factura de consumo medio, implicó un aumento real de un 15%.
A pesar del congelamiento, la estadística marca que en servicios públicos ha habido un aumento interanual promedio del 50%, y para ello, incide el hecho de que parte de la población, en zonas de alto poder adquisitivo, ha perdido los subsidios.
En otro sector que está fuertemente regulado por el Estado, como es el del transporte público, la suba interanual en este rubro ha sido de 41,6 por ciento. Y esto se explica en lo ocurrido el año pasado. El primer caso fue, tras cuatro años de congelamiento, la aprobación de un incremento de 35% en las tarifas de colectivos y trenes. O el asunto de los subtes, cuando el Gobierno de la Ciudad, a un día de haber tomado posesión, anunció la suba del boleto desde $1,10 a $2,50, actualizando un servicio que en diez años había aumentado apenas 57% contra, por ejemplo, un 360% de la nafta súper.
    6.     Indexador "servicios privados semi-regulados"

En sintonía con los servicios públicos, hay ramas de la actividad privada que también son seguidas de cerca por el Gobierno, por más que en los papeles no se trate de sectores con precios regulados. Las  más representativas son la medicina prepaga, la educación, televisión por cable o la telefonía celular, donde se negocian con Moreno subas que, por lo general, coinciden con las alzas salariales.
En salud y educación, cuyos aumentos dependen de acuerdos con el Gobierno, han tenido incrementos de precios de 24,9% y 20,7% respectivamente. De todas formas, los criterios no son siempre uniformes, y suele haber controversias entre las empresas y las autoridades.
Es el caso de la TV por cable, donde a fines de 2012 la Secretaría de Comercio Interior fijó en $130 el precio del abono mensual de Cablevisión. No obstante, la empresa alegó al día siguiente que no iba a acatar ese tope.
La controversia se asentó en la telefonía celular. Tanto, que luego de los aumentos del último verano, el Gobierno frenó la suba de tarifas pensadas por las compañías para marzo, argumentando que éstas "deberán invertir en infraestructura, sobre todo ante las sucesivas quejas de los usuarios".
Así estamos hoy con el panorama de los "indexadores de precios" en Argentina, en donde algunos bienes y servicios siguen a unos, y otros siguen a otros. Lo que sí resulta bien claro es que las cosas siguen aumentando, las distorsiones se agudizan y que, en algún momento, habrá que ponerle fin a esta "anarquía" de precios.

El chavismo agoniza

Por Ariel Torres



Una fiera malherida es más peligrosa que una sana pues la rabia y la impotencia le permiten causar grandes destrozos antes de morir. Ese es el caso del chavismo, hoy, luego del tremendo revés que padeció en las elecciones del 14 de abril, en las que, pese a la desproporción de medios y al descarado favoritismo del Consejo Nacional Electoral —cuatro de cuyos cinco rectores son militantes gobiernistas convictos y confesos— el heredero de Chávez, Nicolás Maduro, perdió cerca de 800 mil votos y probablemente sólo pudo superar a duras penas a Henrique Capriles mediante un gigantesco fraude electoral. (La oposición ha documentado más de 3,500 irregularidades en perjuicio suyo durante la votación y el conteo de los votos).
Advertir que “el socialismo del siglo XXI”, como denominó el comandante Hugo Chávez al engendro ideológico que promocionó su régimen, ha comenzado a perder el apoyo popular y que la corrupción, el caos económico, la escasez, la altísima inflación y el aumento de la criminalidad, van vaciando cada día más sus filas y engrosando las de la oposición, y, sobre todo, la evidencia de la incapacidad de Nicolás Maduro para liderar un sistema sacudido por cesuras y rivalidades internas, explica los exabruptos y el nerviosismo que en los últimos días ha llevado a los herederos de Chávez a mostrar la verdadera cara del régimen: su intolerancia, su vocación antidemocrática y sus inclinaciones matonescas y delincuenciales.
Así se explica la emboscada de la que fueron víctimas el martes 30 de abril los diputados de la oposición —miembros de la Mesa de la Unidad Democrática—, en el curso de una sesión que presidía Diosdado Cabello, un ex militar que acompañó a Chávez en su frustrado levantamiento contra el Gobierno de Carlos Andrés Pérez. El Presidente del Congreso comenzó por quitar el derecho de la palabra a los parlamentarios opositores si no reconocían el fraude electoral que entronizó a Maduro e hizo que les cerraran los micros. Cuando los opositores protestaron, levantando una bandera que denunciaba un “Golpe al Parlamento”, los diputados oficialistas y sus guardaespaldas se abalanzaron a golpearlos, con manoplas y patadas que dejaron a varios de ellos, como Julio Borges y María Corina Machado, con heridas y lesiones de bulto. Para evitar que quedara constancia del atropello, las cámaras de la televisión oficial apuntaron oportunamente al techo de la Asamblea. Pero los teléfonos móviles de muchos asistentes filmaron lo ocurrido y el mundo entero ha podido enterarse del salvajismo cometido, así como de las alegres carcajadas con que Diosdado Cabello celebraba que María Corina Machado fuera arrastrada por los cabellos y molida a patadas por los valientes revolucionarios chavistas.
Dos semanas antes, yo había oído a María Corina hablar sobre su país, en la Fundación Libertad, de Rosario, Argentina. Es uno de los discursos políticos más inteligentes y conmovedores que me ha tocado escuchar. Sin asomo de demagogia, con argumentos sólidos y una desenvoltura admirable, describió las condiciones heroicas en que la oposición venezolana se enfrentaba en esa campaña electoral al elefantiásico oficialismo —por cada 5 minutos de televisión de Henrique Capriles, Nicolás Maduro disponía de 17 horas—, la intimidación sistemática, los chantajes y violencias de que eran víctimas en todo el país los opositores reales o supuestos, y el estado calamitoso en que el desgobierno y la anarquía habían puesto a Venezuela luego de catorce años de estatizaciones, expropiaciones, populismo desenfrenado, colectivismo e ineptitud burocrática. Pero en su discurso había también esperanza, un amor contagioso a la libertad, la convicción de que, no importa cuán grandes fueran los sacrificios, la tierra de Bolívar terminaría por recuperar la democracia y la paz en un futuro muy cercano.
Todos quienes la escuchamos aquella mañana quedamos convencidos de que María Corina Machado desempeñaría un papel importante en el futuro de Venezuela, a menos de que la histeria que parece haberse apoderado del régimen chavista, ahora que se siente en pleno proceso de descomposición interna y ante una impopularidad creciente, le organice un accidente, la encarcele o la haga asesinar. Y es lo que puede ocurrirle también a cualquier opositor, empezando por Henrique Capriles, a quien la ministra de Asuntos Penitenciarios acaba de advertirle públicamente que ya tiene listo el calabozo donde pronto irá a parar.
No es mera retórica: el régimen ha comenzado a golpear a diestra y siniestra. Al mismo tiempo que el Gobierno de Maduro convertía el Parlamento en un aquelarre de brutalidad, la represión en la calle se amplificaba, con la detención del general retirado Antonio Rivero y un grupo de oficiales no identificados acusados de conspirar, con las persecuciones a dirigentes universitarios y con expulsiones de sus puestos de trabajo de varios cientos de funcionarios públicos por el delito de haber votado por la oposición en las últimas elecciones. Los ofuscados herederos de Chávez no comprenden que estas medidas abusivas los delatan y en vez de frenar la pérdida de apoyos en la opinión pública sólo aumentarán el repudio popular hacia el Gobierno.
Tal vez con lo que está ocurriendo en estos días en Venezuela tomen conciencia los Gobiernos de los países sudamericanos (Unasur) de la ligereza que cometieron apresurándose a legitimar las bochornosas elecciones venezolanas y yendo sus presidentes (con la excepción del de Chile) a dar con su presencia una apariencia de legalidad a la entronización de Nicolás Maduro a la Presidencia de la República. Ya habrán comprobado que el recuento de votos a que se comprometió el heredero de Chávez para obtener su apoyo, fue una mentira flagrante pues el Consejo Nacional Electoral proclamó su triunfo sin efectuar la menor revisión. Y es, sin duda, lo que hará también ahora con el pedido del candidato de la oposición de que se revise todo el proceso electoral impugnado, dado el sinnúmero de violaciones al reglamento que se cometieron durante la votación y el conteo de las actas.
En verdad, nada de esto importa mucho, pues todo ello contribuye a acelerar el desprestigio de un régimen que ha entrado en un proceso de debilitamiento sistemático, algo que sólo puede agravarse en el futuro inmediato, teniendo en cuenta el catastrófico estado de sus finanzas, el deterioro de su economía y el penoso espectáculo que ofrecen sus principales dirigentes cada día, empezando por Nicolás Maduro. Da tristeza el nivel intelectual de ese Gobierno, cuyo jefe de Estado silba, ruge o insulta porque no sabe hablar, cuando uno piensa que se trata del mismo país que dio a un Rómulo Gallegos, a un Arturo Uslar Pietri, a un Vicente Gerbasi y a un Juan Liscano, y, en el campo político, a un Carlos Rangel o un Rómulo Betancourt, un Presidente que propuso a sus colegas latinoamericanos comprometerse a romper las relaciones diplomáticas y comerciales en el acto con cualquier país que fuera víctima de un golpe de Estado (ninguno quiso secundarlo, naturalmente).
Lo que importa es que, después del 14 de abril, ya se ve una luz al final del túnel de la noche autoritaria que inauguró el chavismo. Importantes sectores populares que habían sido seducidos por la retórica torrencial del comandante y sus promesas mesiánicas, van aprendiendo, en la dura realidad cotidiana, lo engañados que estaban, la distancia creciente entre aquel sueño ideológico y la caída de los niveles de vida, la inflación que recorta la capacidad de consumo de los más pobres, el favoritismo político que es una nueva forma de injusticia, la corrupción y los privilegios de la nomenclatura, y la delincuencia común que ha hecho de Caracas la ciudad más insegura del mundo. Como nada de esto puede cambiar, sino para peor, dado el empecinamiento ideológico del Presidente Maduro, formado en las escuelas de cuadros de la Revolución Cubana y que acaba de hacer su visita ritual a La Habana a renovar su fidelidad a la dictadura más longeva del continente americano, asistimos a la declinación de este paréntesis autoritario de casi tres lustros en la historia de ese maltratado país. Sólo hay que esperar que su agonía no traiga más sufrimientos y desgracias de los muchos que han causado ya los desvaríos chavistas al pueblo venezolano.
 

martes, 23 de abril de 2013

Una hegemonía acorralada

Por Ariel Torres




El proceso eleccionario del domingo 14 en Venezuela, puede ser un espejo de la Argentina. Si insistimos en transitar el camino del cesarismo del nuevo mundo, como lo llamó Alberdi, esos comicios desnudaron la fragilidad de esta clase de regímenes. Ante la intoxicación de personalismo, antes y después de la muerte del líder carismático, la sucesión presidencial se atasca, las sociedades se polarizan con violencia y la gobernabilidad se derrumba en la crisis. De nada vale la manipulación funeraria obscena: en estos regímenes, los procesos electorales, de cuya normalidad depende la legitimidad de la democracia, se convierten en feroz campo de batalla.

Sin embargo, en la experiencia venezolana hubo un resorte que muy pronto se puso a punto y gracias al cual Chávez sobresalió durante una larga década. La constitución "bolivariana" y reeleccionista –ferozmente manipulada e “interpretada”- respaldó a ese principado popular, encarnado en su presidente/comandante, y aseguró su imperio sobre dos clases de poderes. Chávez dominó sobre la división formal de poderes del orden republicano y sobre la constelación de poderes sociales: los medios de comunicación, los sindicatos, las organizaciones empresariales, las asociaciones de la sociedad civil.
En una lectura macro, ése es el formato de un régimen que sueña con reducir todos los poderes a la unidad del Estado y que, ahora, encuentra fuertes resistencias mientras busca retener el generoso apoyo electoral de antaño. Roto ese circuito de confianza, o seriamente atenuado, comienza el crepúsculo caótico de una época.
Es este el espejo que también sirve de preámbulo al debate que en estos días nos envuelve. Tres datos lo conforman: la arremetida sobre la Justicia y la división de poderes; las restricciones constitucionales que acaban de aplicarse a la ley de medios y, en general, el problema de fondo que aqueja al oficialismo. La cuestión se explica por el hecho de que el kirchnerismo carece en la actualidad de dos instrumentos estratégicos para extender en un tiempo prolongado su voluntad hegemónica. Al primero lo anuló inesperadamente el fallecimiento de Néstor Kirchner. Se desmoronó así el original montaje de una sucesión “natural” de carácter matrimonial. El segundo instrumento exigía tocar de entrada la Constitución vigente, cosa que no ocurrió.
A lo que se sumó la renovación de la Corte Suprema de Justicia. ¿Por qué el matrimonio gobernante usó un expediente republicano cuando en Santa Cruz había hecho lo contrario? Pregunta de difícil respuesta. Lo cierto es que ese resguardo sigue funcionando, con la complicación adicional, para el Gobierno, de que la reforma constitucional que habilitaría la reelección indefinida del presidente no ha tenido por ahora lugar en ausencia de los votos necesarios en el Congreso.
Si comparamos la estrategia de Chávez -que introdujo de entrada la reforma de la Constitución- con lo que ocurre entre nosotros, las diferencias son enormes. La Constitución no se ha reformado y, si el oficialismo se empeña en este cometido, lo hace cuando la experiencia inaugurada en 2003 se interna en un contexto económico desfavorable y amplios sectores de la sociedad se movilizan en su contra. Un camino tapizado de piedras hostiles.
La Constitución que, más allá de sus reformas, conserva su núcleo histórico de derechos y garantías, está siendo vapuleada sin descanso por una agenda de atropellos que afrontan las consecuencias no queridas de la acción humana. El Gobierno persigue denodadamente resultados poco menos que instantáneos con el apoyo de una mayoría regimentada en el Congreso para toparse, de inmediato, con resultados opuestos a sus intenciones.
De allí se desprende que, sobre la intención del Poder Ejecutivo que pergeña las leyes, planea el desconcierto y después la desesperación. Al intentar doblegar a la prensa independiente mediante la ley de medios, el oficialismo no atendió a la circunstancia de que las partes afectadas recurrirían al amparo judicial por la presunta inconstitucionalidad de algunos de sus artículos. En su totalidad, dicha ley está en veremos, una Cámara de Apelaciones ha declarado la inconstitucionalidad de dos de sus artículos y la Corte Suprema será la que, en definitiva, decida.
Al mismo tiempo, si bien las leyes de la reforma judicial tienen los objetivos de atacar con rapidez las restricciones judiciales impuestas a la ley de medios mediante resoluciones cautelares, de asegurarse el control del Consejo de la Magistratura y de someter al Poder Judicial mediante una politización extrema, parece ignorarse que, de nuevo, podrían ponerse en marcha los mismos mecanismos luego de su aprobación por el Congreso.
Ambos, el Gobierno y el país están atrapados en una doble encerrona. Por un lado, el Gobierno busca doblegar los restos republicanos aún vivientes en el país. Como decíamos en 2006, en lugar de una democracia republicana quieren levantar una democracia dependiente de la hegemonía presidencial. Por otro lado, ese designio cesarista choca con obstáculos. Los gobernantes quieren y no pueden: les sobra apetito y les faltan dientes para engullir la conspiración de sus odiadas corporaciones.
Ninguna nimiedad son los nudos que están atando esta última encerrona. Con tropiezos, los partidos de oposición se desperezan; aunque oxidado, el engranaje republicano traba y resiste los embates por la vía judicial; el periodismo de investigación revela la cadena de corrupción e impunidad que anida en el Gobierno; el sindicato del Poder Judicial, en huelga hace unos días, añade a la Justicia el apoyo de una fuerza social junto con la CGT opositora; por fin, las redes sociales, multitudinarias, ganan otra vez la calle, como aconteció el jueves pasado.
Para colmo y por el mismo precio, surgen divisiones en la coalición que sustenta al Ejecutivo. El escenario no deja de ser paradójico. Sigue creciendo el temor que despierta un rumbo que podría desembocar en un totalitarismo vernáculo y estallan querellas en torno al significado de los conceptos políticos. Estas pasiones encontradas reproducen la imagen, con raíces en la realidad, de un poder presidencial que demuele los pesos y contrapesos de la Constitución.
Armada por el conjunto de acciones y restricciones que señalamos, la otra encerrona coloca al Gobierno en la posición de un felino acosado que lanza zarpazos sin cesar. La diferencia obvia es que esos perros de presa han sido fabricados por la ceguera del oficialismo y el carácter rústico de sus decisiones, por la impunidad reinante y por su complacencia, hasta nuevo aviso, en la dialéctica amigo-enemigo.
La encrucijada de este año de elecciones de la cual se desprenden varias trayectorias no es menor. Sin embargo hay una más urgente. Primero, habrá que ver si mañana la Cámara de Diputados, rodeada por una movilización en la plaza del Congreso, podrá mantener la férrea mayoría de las últimas votaciones para aprobar las leyes más importantes de la reforma judicial. Segundo, si esta hipótesis no se diera, es posible que se reclame en sede judicial, por la vía del amparo, la inconstitucionalidad de algunas de ellas. Si ello ocurriese, el Gobierno invocará el perfil contramayoritario de la Justicia (a sus ojos, una oligarquía congelada), olvidando adrede que el apoyo a una Justicia independiente goza, como se verificó en la noche del jueves, de un franco aliento popular.
Veremos, por tanto, cuál de las dos encerronas terminará prevaleciendo: si la de la hegemonía que conquista más parcelas de poder o la del oficialismo que se empantana. En todo caso, atmósfera pesada con el riesgo, siempre en acecho, de la metástasis institucional.

Las circunstancias sobrepasan a Maduro

Por Ariel Torres




Ha sido y es peligrosamente esperable que mientras la cobertura mediática de la asunción de Nicolás Maduro se centró en la disputa en torno al cuestionado resultado oficial de las elecciones del 14 de abril, la escalada de violaciones de los derechos humanos de su incipiente gobierno ha pasado casi inadvertida.
Los grupos internacionales de defensa de los derechos humanos y los líderes de la oposición venezolana dicen que, en los días siguientes a la elección, el gobierno de Maduro ha llevado a cabo un virtual golpe legislativo, y está suprimiendo la libertad de expresión y de reunión en todo el país.
La congresista de la oposición María Corina Machado lo expresó muy cabalmente: "La crisis electoral ha concentrado toda la atención nacional e internacional, pero aquí se han producido eventos que configuran un golpe de Estado", al referirse a la represión gubernamental que se desató luego de que Henrique Capriles cuestionó los resultados oficiales de la elección.
A partir de los resultados de las elecciones, que según el oficialista Consejo Nacional Electoral fueron ganadas por Maduro por el 50,7 contra el 49% de los votos, por lo menos ocho personas murieron y cientos han sido arrestados en circunstancias que aún deben determinarse.
Nicolás Maduro, el aparente heredero político de Chávez, culpa a la oposición por esas muertes. Los líderes opositores dicen que el gobierno está inventando o provocando actos de violencia para distraer la atención de unas elecciones fraudulentas. Pero independientemente de quién esté diciendo la verdad, no hay dudas de que se ha producido una suerte de intervención gubernamental del Congreso desde que el presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello -número dos en la jerarquía del gobierno- quitó a todos los legisladores de la oposición su derecho a hablar en el Congreso mientras no acepten la victoria de Maduro. "En esta Asamblea Nacional, mientras yo sea presidente -dijo Cabello- si no reconocen a Nicolás, si no reconocen la institucionalidad del Estado, no tendrá derecho de palabra ningún diputado”. Acto seguido, Cabello le tomó examen a cada legislador que pidió la palabra, preguntándole si aceptaba la victoria de Maduro, y negándoles el micrófono a quienes no respondieron positivamente. Una verdadera locura enmarcada en una tácita abolición del Parlamento.
En el mismo sentido, y casi al mismo tiempo, Maduro prohibió una manifestación de la oposición para exigir el recuento de votos y, tras las elecciones, exigió que los canales televisivos Venevisión y Televen se alinearan con el gobierno chavista. "Llamo a Venevisión, a Televen, a todos los medios de comunicación...: ¡Definan con quién están! Con la patria, con la paz, con el pueblo, o con el fascismo", dijo en uno de sus discursos.
"El gobierno de Venezuela no debería limitar los derechos de sus ciudadanos a expresar libremente su opinión y a reunirse pacíficamente como respuesta a la cuestionada elección presidencial", expresó la organización de derechos humanos Human Rights Watch.
En este contexto, no puedo dejar de expresar mi opinión: el amigo Maduro empezó muy mal. Con el índice de inflación más alto y más difuso de América latina, una creciente escasez de azúcar, aceite, arroz, harina y otros alimentos en los supermercados, cortes de electricidad constantes, un nivel de criminalidad nunca visto y casi la mitad, o más, de la población convencida de que las elecciones fueron fraudulentas, está más que claro que la primera tarea de Maduro debe ser la de pacificar el país.
Si lo quisiera, tiene buenos espejos donde mirarse y poder medir su gestión inicial. Así como el presidente mexicano Enrique Peña Nieto y el presidente colombiano Juan Manuel Santos después de ganar las recientes elecciones por márgenes mucho más holgados, Maduro debería invitar a críticos del gobierno a integrar su gabinete, y dedicarse a construir puentes con la oposición para recuperar la economía.
Si el nuevo presidente tiene un dedo de frente, e instintos democráticos, eso es lo que hará, entre otras cosas, para poder tomar las duras medidas económicas que su gobierno tendrá que afrontar. Pero, hasta ahora, Maduro no ha demostrado tener una cosa ni la otra, sino sólo una tendencia a imponer su voluntad por la fuerza.
Como lo hacen los que no confían en sus propias capacidades.

lunes, 22 de abril de 2013

Apuntes sobre la espera y la esperanza

Por Ariel Torres



Es sabido que nuestro decaimiento o nuestra fuerza –según sea- se albergan en el corazón mismo del lenguaje que empleamos. Desde los conceptos que emitimos podemos alejarnos, dividirnos, desnaturalizarnos o acercarnos y hacernos más humanos. Atrapados en la misma red de las palabras y agobiados por el abuso de las mismas, a veces no logramos percibir la realidad y sólo usamos el lenguaje para legitimarnos en nuestras posturas políticas o religiosas. En estos tiempos sobreabunda la continua referencia, incluso en el ámbito político, al amor, a la fe, a la esperanza, a la reconciliación, pero me pregunto si las palabras que usamos verdaderamente expresan el sentido que en la práctica les otorgamos.

El uso que le damos a las palabras es más que un simple ejercicio de gramática, pues ellas son como las notas musicales en las que componemos nuestras grandes partituras. Sólo recuperando el dominio del contenido de las palabras lograremos comprender nuestra propia naturaleza y saber que no somos impotentes frente a la realidad. Por ello, quiero detenerme en el vocablo esperanza, pues tenemos una comprensión en un sentido muy amplio de la fe y existe una implicación muy íntima entre la fe, y la esperanza.

No descubro nada si digo que vivimos arrastrados por el ritmo ciego de la historia, arrojados a las fuerzas invisibles del destino que nos ha tocado vivir y de los acontecimientos históricos que más nos afectan, y a veces podemos tener la sensación de vivir sin esperanza. Pero interiormente sabemos que es ella la única que nos arranca del ritmo de los hechos cotidianos y nos otorga densidad humana.

La esperanza en sí misma está conformada por esperas, pero éstas no son ella. La esperanza es mucho más que la realización o el fracaso de lo que esperábamos. Identificar nuestras esperas con la esperanza en el caso de la no realización de lo que esperábamos nos lleva a la indolencia, a la resignación o a la fuga de la realidad; también puede conducirnos al conformismo o al triunfalismo. La exaltación e identificación de la realización de lo esperado con la esperanza opaca de igual forma la realidad de la esperanza.

La esperanza es una espera vívida, que despierta todos los sentidos con la finalidad de alcanzar lo que se aguarda, en la medida en que esta posibilidad se presenta sin reducirse a ello. La esperanza nos aporta una capacidad y una sabiduría transformadoras y de ese modo es posible ver no solamente nuestra realidad cómo es, sino también cómo puede llegar a ser o cómo puede transformarse. Por ello es que implica la responsabilidad, aviva la participación, nos regresa a nuestra propia naturaleza humana y se opone al triunfalismo que se supedita a la conquista o se agota en la realización de lo esperado.


La verdadera esperanza asume la desesperanza, eliminando su valor negativo de apatía y resignación. La esperanza como una dimensión de sentido es capaz de abrirse paso en medio de momentos y sensaciones que nos son profundamente negativas, abismos aciagos, caminos inciertos, y túneles iniluminados.

En estos días de noticias insalubres, de eventos difíciles de concebir, de decepciones desangrantes en lo social, es cuando la esperanza nos abre los brazos para que, desde lo personal, podamos construir una inmensa red de contención que nos permita ver la luz que siempre está al final de todo túnel.

Como todo, es una cuestión de actitud. Y es lo que nos diferencia a los humanos… de los otros humanos.

jueves, 18 de abril de 2013

Adhiero a la marcha

Por Ariel Torres




Que conste en actas que no tengo empleada doméstica con o sin uniforme. No vivo en Martinez ni veraneo en Punta del Este. Es más, ni siquiera veraneo. Las consignas desaforadas contra el kirchnerismo me dejan helado, por su virulencia sobre todo. Tanto como las promesas de lealtad de "los nenes" kirchneristas de inmolarse en cuerpo y alma por la "revolución nacional y popular".
Sin embargo, creo en varias cosas. Creo que la vida es una sola y es sagrada y no se da ni se quita, por nada ni por nadie. Y menos por el poder, que es por definición opaco, siempre, no importa quién lo ocupe. Imposible alcanzar en las múltiples capas de intenciones que se acumulan sobre sus instituciones, sus figuras y sus decisiones, una verdad última, pura, libre de sospecha. Ni siquiera cuando sus relatos públicos nos quieran convencer de estar del lado de las causas buenas o de las causas eficientes.
Acomodar a la lealtad como constituyente de la relación ideal de los ciudadanos con las ideologías y las ideas políticas, con cualquier idea política, y menos con hombres y mujeres políticos en particular, es como mínimo ingenuo. Los hombres y las mujeres también son opacos, siempre, aun cuando sean buena gente. E inclusive algunos son oscuros.
Es bien sabido que todo ejercicio práctico del poder, o de la gestión, no importa cómo se lo llame, obliga a traducciones de los ideales a la práctica. Una cosa es decir, y la otra llevar a cabo. En esa traducción siempre se da algo de pérdida: de pureza y transparencia. Y no sólo cuando la corrupción da forma al hacer político y esa pérdida pasa a ser sinónimo lisa y llanamente de oscuridad y delito. En las mínimas negociaciones a las que obliga el ejercicio práctico del poder, aún cuando no caiga fuera de la legalidad, se confirma también una degradación de esos ideales por los que los "pibes", cualquier pibe, dicen que darían su vida. Asimismo, cualquier mínima negociación también relativiza el purismo de las ideas.
Quizás sea por eso que mi utopía personal es una sociedad sin militantes. Sin lealtades políticas. Ni la militancia de las causas nobles, ni la militancia en representación arrogante del pueblo, ni la militancia del odio irracional contra el gobierno de turno. Nada. Y más vale que no me corran por izquierda porque no me estoy refiriendo a una sociedad despolitizada, fácil de llevar de las narices. No estamos condenados a la indiferencia, al cinismo, al escepticismo o a la sonsera de la neutralidad política. Tampoco a la ira opositora que ve dictadores por todos lados y sólo encuentra en la esterilidad del insulto, cada vez más barroco, el modo de responder a los desatinos del poder.
En lo que mí respecta, al poder se le responde con ideas y con una participación vigilante que controle su ejercicio. Por eso creo en una adhesión política que sea consciente de su carácter provisorio. Que se comprometa racionalmente, entregue confianza y eventualmente se lance a la participación política, todo eso sólo en la medida en que el otro, el poder, escuche, responda, cumpla. Y cuando eso no suceda, espero que aquellos que antes adhirieron, en este tiempo exijan y cuestionen aún cuando se ponga en juego la legitimidad de aquellas ideas y los dirigentes con los que más simpatizan, sean cuestionados.
Prefiero la noción de “ciudadano” antes que el concepto de "pueblo" siempre que logremos liberarlo de la connotación  de perdedor, de discapacitado para el ejercicio del poder en serio que arrastra desde el fracaso alfonsinista. El ciudadano tiende a la racionalidad; el pueblo, a la pasión acrítica y la seducción del carisma.
Mi racionalidad ciudadana se obsesiona últimamente con dos ideas. Primero, que la mayorías son temporarias. En el mediano plazo, cambian de mano. No hay vuelta con eso. Lo hemos aprendido en la historia argentina. Por eso un gobierno responsable, aún cuando tenga la legitimidad del voto del cincuenta y cuatro por ciento de los votantes, no puede desoír los puntos de vista del otro cuarenta y seis por ciento. Sobre todo cuando sus actos de gobierno condicionan un futuro con mayorías que quizás no le pertenezcan.
Esas son las razones por las que me obsesiono últimamente con una democracia de consensos, de correcciones diarias y marginales y no de batallas parciales en pos de una pretendida utopía final, una revolución, que encierra en definitiva la ilusión de ganar la batalla y silenciar definitivamente al otro. Ni más ni menos que a la mitad de un país. Hemos aprendido con tragedias nacionales las consecuencias irreparables de desaparecer y exiliar al otro. Tampoco sirve silenciarlo o ningunearlo.
La Patria siempre somos todos. Los que nos caen bien y los que no.
Censuro a CFK cuando dice que la Patria es el otro. Pero no debería serlo sólo cuando el otro es víctima vulnerable, sólo cuando su estado de necesidad nos da la oportunidad de ejercer, magnánimos, la grandeza de la solidaridad, su goce. En la solidaridad también hay ego, pero nos hace nobles. La Patria también es el otro cuando nos devuelve un espejo imperfecto de nosotros mismos. Por ejemplo, cuando el otro expone los puntos débiles del poder y le habla de igual a igual y le exige el cumplimiento de las obligaciones que el poder elude. La Patria también es el otro cuando el otro reclama ser escuchado, exige consensos, demanda calidad democrática y se planta como ciudadano libre y racional.
Por todo esto, hoy, sin pechera de ninguna clase, a la distancia circunstancialmente, y sin insultos contra las instituciones en la punta de la lengua, adhiero a la marcha con el fervor de siempre querer más y mejor para todos.

sábado, 13 de abril de 2013

Estimulante solidaridad en tiempos de división constante

Por Ariel Torres




Quiso la causalidad que después de las trágicas inundaciones ocurridas los primeros días de abril en Buenos Aires, alguien me acercó un libro que hacía rato quería leer: Un paraíso construido en el infierno: las comunidades extraordinarias que surgen en los desastres, escrito por la periodista norteamericana Rebecca Solnit. Premiado como uno de los mejores libros de 2010, estudia las reacciones de las sociedades ante desastres naturales llegando a la conclusión de que todas tienen algo en común: producen comunidades, pequeños paraísos donde la gente, de forma espontánea y autónoma, genera cadenas de solidaridad y ayuda a los demás.
Al entender de la escritora, en estas situaciones tan complejas y adversas los vecinos se convierten en amigos, casi familiares, y la ausencia de gobierno o de una respuesta estatal ante el desastre no conlleva un estado de anarquía y de guerra sino que da lugar a la cooperación. Esa que surge natural y espontáneamente. La respuesta ante el desastre no es organizada de arriba hacia abajo sino que surge de las iniciativas de la sociedad civil, donde ciudadanos comunes logran estar a la altura de las circunstancias. La alienación social se desvanece horizontalmente ante la reacción solidaria.
El argumento en sí mismo tiene enormes implicancias ya que obliga a repensar la naturaleza humana. En el fondo, la periodista pone en duda la teoría hobbesiana según la cual el ser humano es intrínsecamente egoísta. En aquella visión apocalíptica, ante la ausencia de un gobierno que establezca el orden, el hombre terminaría en una guerra de todos contra todos. Pero la investigación asoma una luz sobre las comunidades de solidaridad que surgen del desastre, ya que sugieren que -al igual que las máquinas- éstas restablecen su configuración original después de un corte de energía, los seres humanos se vuelven a algo altruista, comunitario, ingenioso e imaginativo después de un desastre, que volvemos a algo que ya sabemos hacer.
Si nos atenemos a los hechos que siguieron a la terrible inundación, éstos parecen corroborar sus conclusiones. Los medios recogieron numerosos relatos, y yo escuché algunos personalmente, de gente que puso en riesgo sus vidas para salvar a otros, que abrieron sus hogares para albergar a desconocidos, que compartieron comida cuando no alcanzaba ni para ellos. La ayuda, además, no tardó en aparecer: cientos de personas fueron a supermercados a comprar alimentos u otros productos de primera necesidad y los llevaron a distintos puntos encargados de recolectarlos y transportarlos. Cientos de voluntarios ayudaron a clasificar y ordenar estas donaciones, aparecieron camiones y choferes que se ofrecieron a llevarlas a donde hicieran falta, se organizaron recitales y jornadas de teatro a beneficio de los afectados, y más. Todo en menos de tres días y sin una directiva oficial.
Tamaña demostración nos demuestra que, a pesar de una década de política entendida y pregonada como conflicto y división, hay otro país latente. Un país en el que las personas se ayudan entre sí, donde los valores de la solidaridad y del amor al prójimo están en el centro de la escena. Este país opera con valores radicalmente contrapuestos a la mezquindad habitual de muchos políticos y funcionarios. En una de sus apariciones en la ciudad de La Plata, CFK manifestó que "la patria es el otro". Es una hermosa frase, oportunamente utilizada, pero que no demuestra la capacidad de este gobierno para utilizar ese sentimiento como base de construcción política y proyecto de país de ahora en más.
Ni mucho menos. Los acontecimientos demostraron que la posibilidad del paraíso está dentro de nosotros como capacidad natural. El desafío es no esperar al desastre sino hacer del paraíso una realidad en tiempos normales.