viernes, 12 de abril de 2013

El necesario destino institucional de una nueva época

Por Ariel Torres



Hace no mucho tiempo, la sociedad argentina tomó conciencia de que la deuda externa era una timba manejada por usureros y que su crecimiento constante nos llevaba a la quiebra. Ese conocimiento institucional desembocó en un ambiciosol proyecto de "desendeudamiento", ideado por Néstor Kirchner y Roberto Lavagna  que tuvo -más allá de polémicas ideológicas y coyunturales- un importante consenso social. Esa política se tomó con la idea de volvernos autónomos de los organismos internacionales de crédito, para que ellos no pudieran dictar políticas económicas en nuestro país como había ocurrido en otros muchos tiempos.
Los años que siguieron parecieron darles la razón a quienes habían elegido aquel rumbo, sobre todo en comparación con la degradación económica que -ajuste tras ajuste y blindaje tras blindaje- fue hundiendo a Europa en un pantano que no ha dejado de tragarse empleos, y personas. Los bancos europeos y ciertas entidades supranacionales mandan incluso por encima de los gobiernos, y los malos resultados de esos recortes (unidos a la rigidez de una moneda única, vale decirlo) tiraron nafta sobre la fogoza idea kirchnerista de que el Viejo Continente no había comprendido cabalmente la razón profunda de su crisis.
Pero a pesar de todo este razonamiento aparentemente cabal, transformado directamente en sentido común de época, el país ha sufrido un inesperado golpe con las catastróficas inundaciones del 2 y 3 de abril. Ahondando en las razones del desastre, el argentino medio descubre ahora lo que apenas vislumbraba en la tragedia ferroviaria de Once. Allí se encontró rápidamente una explicación: la corrupción mata. Es decir, el Estado invirtió, pero el dinero no llegó a destino. Todavía, en esta conjetura, no había un problema de fondo. Tuvo que volver la tragedia para que la opinión pública descubriera por fin que los dos dramas estaban unidos por un mismo hilo conductor: la derrota del Estado tal y como fue concebido después del crack de 2001.
De todas maneras, pensar que la raíz de los problemas está únicamente en la corrupción no deja de ser un pensamiento tranquilizador, pero superficial como mínimo. Más allá de la saga de corruptores y corrompidos, que debe ser narrada y denunciada, está el diseño veraz o equivocado de la gran estrategia económica. Y digo: La Argentina es un coche de los años 60 al que no le cambiaron la pastilla de frenos, los cables, las bujías ni las cubiertas, y lo usamos a 170 kilómetros por hora. La situación es más grave aún, porque llevamos personas dentro. Y porque el coche nos conduce irremediablemente a la muerte.
De lo que estoy hablando, ni más ni menos -y es lo que está presente tanto en la red ferroviaria como en el sistema hídrico- es de la infraestructura de un país que creció a tasas chinas y que creyó que el Estado absoluto podía solucionar todas sus falencias. La tremenda absorción de dinero de estos años pródigos, que generó una falsa omnipotencia nacional, no alcanzó ni alcanzará para la colosal tarea que la Argentina dejó pendiente. Medida en cientos de miles de millones de dólares y a veinte años vista, conforma una suma inabordable si no se recurre a la inversión extranjera y a la toma de deuda en los mercados internacionales. Lo digo con amplio conocimiento de causa desde lo profesional, pero quiere la vida que esté trabajando circunstancialmente en Venezuela, en tiempos históricos, y con fenomenales regalías producto del petróleo, esta sociedad vive de una manera lamentable. Donde todo es Estado, donde nada es vida.
La nueva y trágica realidad, que recién comienza hoy a hacerse carne en los ciudadanos bajo el imperio del dolor, puede ser entonces la primera pieza de un dominó que lleve a un cambio de paradigma. A un nuevo sentido común de época. Es hora de analizar por qué la palabra "deuda" podría dejar de ser una mala palabra en la Argentina. Y empecemos por el principio.
La obtención de esos extraordinarios recursos que se necesitan si pretendemos cambiar el coche de los años 60 y detener las muertes masivas de los argentinos, requiere rearmar un marco regulatorio para los inversores: condiciones de flujo de fondos, contralores, tarifarios, maneras de repago de la inversión. Es decir, un código serio y racional que dé garantías a empresas dispuestas a elegirnos. Ese marco fue destrozado en 2002 y desde entonces sólo se utilizan parches arbitrarios y cambiantes. No existe prácticamente ningún área del servicio público que tenga reglas claras, por lo tanto la inversión privada se retiró.
Por supuesto que –de hecho- lo que surgió obligatoriamente fue la inversión pública, que en los primeros años del kirchnerismo tuvo una recuperación. El momento crítico sucedió cuando empezaron a flaquear los flujos de caja. Los gastos operativos se comen siempre a la infraestructura, por el simple hecho de que se vive el puro presente; no hay tiempo ni dinero para edificar el futuro. La variable de ajuste, en estas circunstancias, es la tarea pública de gran porte. Excepto algunas puntuales, el kirchnerismo no dejará obras relevantes que trasciendan a otras generaciones, cintas que cortarían otros administradores políticos del Estado, como sucede en cualquier país normal.
En ese rubro, el de la infraestructura productiva,  se anotan la energía eléctrica, los combustibles, puertos, aeropuertos, rutas, trenes, telecomunicaciones y, entre otras cosas, las grandes obras de tratamientos hídricos, cuya ausencia precisamente acaba de dejar un tendal de muertos y una irreparable devastación en la zona metropolitana. El stock de infraestructura de una nación es uno de los factores decisivos para su desarrollo. Está probado que la cantidad y calidad de los servicios públicos hacen mucho más productivo al sector privado y generan bienestar social. Y también que quienes sólo practican el cortoplacismo y renuncian al futuro acumulan, paradójicamente, cientos de muertos en el puro presente.
Puede parecer exagerada mi impresión pero, para que la administración nacional deje de ser -por ineficiencia y dogmatismo- un asesino serial, debería dar por culminada la fase del desendeudamiento, que tuvo efectos benéficos en un puento, pero que claramente ya cumplió un ciclo. La propia CFK pareció dar cuenta de esto en su discurso del 1° de marzo, cuando dijo que endeudarse para pagar deuda financiera o gasto corriente era nefasto, pero "tomar créditos para obras de infraestructura a una tasa aceptable" no estaba nada mal.
Acá la cuestión tiene que ver con el volumen de dinero que la Argentina precisa para arreglar el coche. Es altísimo, y el problema no se solucionaría ni con una drástica y descomunal reasignación de los recursos existentes. Con una caja exhausta y teniendo en cuenta que los actuales préstamos del Banco Mundial y el BID son simples migajas complementarias, sólo sería factible obtener semejantes fondos del mercado internacional, que a Uruguay y a Perú, por citar sólo dos ejemplos cercanos, les prestan a tasas aplanadas: es que el mundo está dispuesto a confiar en países que tienen commodities y que respetan las normas jurídicas y económicas.
Es posible también llevar a cabo obras con capitales mixtos y atraer a empresas extranjeras, que son aquellas que  tienen las billeteras más gordas, pero para eso es preciso cambiar la política exterior y recomponer la credibilidad perdida. Exactamente todo lo contrario de lo que se desprende de esta diplomacia enamorada de su propio ombligo, del cepo cambiario, del manicomio financiero, de la discrecionalidad como metodología y de las reformas de una Justicia que amenaza con no ser justa precisamente con quienes convendría asociarnos si quisiéramos detener la máquina homicida.
Con su plasticidad ideológica y su pragmatismo brutal, la pregunta es si el universo K podrá romper sus propios prejuicios y virar hacia una nueva etapa sin pensar que estas ideas son "neoliberales". Con todo y a pesar de esos rótulos que reflejan una ignorancia rancia, estas ideas son centralmente desarrollistas, sólo hay que preguntarle a Dilma Rousseff qué opina de ellas. Los organismos de crédito les vendían alcohol a los alcohólicos en los 90 y después medraban con su borrachera. Pero muchos países emergentes de América Latina han recuperado la lucidez y la sobriedad: ahora sólo toman lo que no puede hacerles daño, la dieta equilibrada que necesitan para alimentarse y crecer. Se puede volver al mercado sin volver a los 90; sin caer en las usuras ni en las ebriedades, y manteniendo la soberanía.
El problema –insisto con la idea- es que por ahora el coche va en el sentido exactamente contrario, a toda velocidad, con sus piezas añejas y oxidadas, cargado de argentinos inermes, rumbo a nuevos choques y a nuevas catástrofes.
Nuestro país se ha caracterizado por ser pendular: un día todos son privatizadores y otro día son todos estatistas. Una etapa verdaderamente novedosa de la política podría consistir en predicar la razonabilidad. El nuevo sentido común de la época podría ser simplemente el sentido común.
O más aún: el sentido propio. Sería realmente revolucionario.

miércoles, 10 de abril de 2013

Inkorregiblemente peronistas

Por Ariel Torres



Aunque nunca me fue posible confirmar la cita, se le atribuye a Borges haber señalado que el rasgo de familia de los peronistas no es la moralidad, precisamente. "Los peronistas -habría dicho el gran escritor- no son ni buenos ni malos... son incorregible". Definición ingeniosa, sin duda, pero no por ello inútil. Ser incorregible significa no poder ser distinto de lo que se es, ser incapaz de modificar los rasgos centrales de una identidad. Por lo tanto, es afirmar que los peronistas son idénticos a sí mismos o, de otro modo, que "son lo que son". Lejos de ser peyorativa o tautológica, esa definición ayuda a comprender la persistencia de una identidad que ha sido protagonista de la política argentina durante casi siete décadas. Persistencia misteriosa: a lo largo de esos setenta años sólo ha permanecido constante, en el peronismo, el hecho de que quienes lo han ido configurando dicen de sí mismos que son peronistas.


Se ha dicho alguna vez que el peronismo es todo y, por ello mismo, es nada. Lo ha sido todo: laborista y conservador, católico e incendiario de iglesias, confrontativo y negociador, violento y amable, desarrollista y neoliberal, solidario y predador. Incluso ha sido de izquierda y de derecha. Ha sido -es- tantas cosas que no es, de hecho, ninguna de ellas. Ya ni los peronistas se ocupan de intentar explicarlo.
De todos modos, los individuos siempre vienen provistos de una identidad. La sociología, la filosofía, la psicología y la ciencia política han desarrollado poderosas teorías para explicar qué es la identidad individual y colectiva, cómo se construye, en qué beneficia y en qué daña al individuo y al grupo. Las identidades son múltiples y variadas: es posible ser a un tiempo peronista, ingeniero, seguidor de Boca, homosexual y católico. Desde el punto de vista político, el principal factor para configurar la identidad era -según el amigo Marx- la pertenencia de clase. Aunque el tiempo mostró que esa perspectiva dejaba de lado demasiados elementos igualmente importantes, como las ideas, los valores y la cultura, Marx estaba fundamentalmente en lo cierto al colocar las ocupaciones de los individuos como el elemento central en la configuración de la identidad de las personas y de los grupos. Más próximo a nosotros, se demostró de qué manera las redes ocupacionales, pero también las sociales, generan nuestro hábitos, es decir el conjunto de prácticas y actitudes con que nos desenvolvemos y con el que interpretamos el mundo.
En el mismo sentido, el peronismo creó en su momento ese hábito y, gracias a eso, fue algo. Algo impreciso, contradictorio, de límites difuminados bajo la luz de brumosas ideas, alimentado por tradiciones ideológicas diversas y aluvionales, pero fue algo: fue la identidad de los trabajadores, de los subalternos; a la vez identidad de clase y conjunto de prácticas y actitudes de quienes, a mediados del siglo pasado, fueron admitidos en la sociedad. Pero de todo aquello, hoy sólo queda una afirmación identitaria vaciada de sentido. El gesto de pertenencia al grupo o, quizá peor, el recurso para la exclusión de quien no es parte de los propios. A la vez que la identidad, la diferencia.
Casi un letargo el viaje del peronismo hacia su actual realidad de indefinición ideológica, ausencia de programa político e indiferencia contractual con sus votantes ha exigido de sus líderes que sostengan encendida la antorcha de las creencias que configuran esa identidad cuyo rostro es cada vez más difuso. El combustible son los mitos y las mistificaciones: no la capacidad de convocar en torno de un programa, sino la necesidad de hacerlo en torno de hechos o figuras del pasado que susciten suficiente emoción y empatía para recrear la identidad del grupo y darle una cohesión que no encuentra en el presente ni puede proyectar hacia el futuro. Como es usual, iluminar es también oscurecer: mostrar algo es hacer que otra cosa no sea vista, que aquello que queda fuera del haz de luz permanezca oculto. El retrato de Eva Perón, exhibido en lo alto de la principal avenida de la ciudad de Buenos Aires, reproducido infinitamente detrás de cada discurso que emite el poder, no sólo quiere delimitar el espacio de la pertenencia; quiere también señalar que algunos son parte y otros son ajenos, y quiere también dejar en sombras lo que el poder no quiere que se vea. El simulacro, rasgo distintivo del Gobierno, es la contracara del disimulo. 
Paradójicamente, es posible decir que la simulación consiste en fingir que se es lo que no se es, y el disimulo, en fingir que no se tiene lo que se tiene, o que no se intenta lo que se intenta. El Gobierno simula y disimula. Simula a través de la mistificación del pasado para conservar vivo un espacio de identidad colectiva. Disimula sus intenciones y su naturaleza. Su naturaleza es la de la indiferencia, no sólo respecto de aquella identidad, del viejo hábito peronista que invoca como su propio origen, sino también la de la incapacidad, la de la imposibilidad de atender con una mínima solvencia sus obligaciones y sus compromisos. Sus intenciones -es razonable que las disimule- no son otras que conservar el poder y aumentar su riqueza.
Y he aquí la combinación más peligrosa: la falta de programa y el exceso de ambición. Es para ocultarla que el Gobierno proyecta su antorcha sobre un pasado mistificado, al que alimenta con una narrativa escandida de imposturas. Una narrativa que, sin embargo, está en disputa: por ella se pelean muchos de quienes reclaman para sí la titularidad de los mitos fundadores de la identidad peronista. Dirimida entre facciones que reivindican un mismo origen mitológico, y por tanto un origen antes emotivo que ideológico, la política argentina actual no se resuelve en las discusiones sobre los futuros deseables y posibles sino en las versiones del pasado que cada grupo reivindica como la fundación mítica sobre la que legitimar su presente, para sostener una identidad que se disgrega. 
Aunque sabemos hoy adónde condujeron las grandes utopías del siglo XX y sabemos también cómo concluyeron las pequeñas utopías argentinas, las ideas acerca de un futuro distinto del presente y de la necesaria crítica de la propia sociedad han dado forma no tan sólo a los movimientos utópicos (y a sus derivas totalitarias) sino también a las prácticas políticas concretas, reformistas o revolucionarias, de quienes han sabido ampliar los derechos de las personas y han contribuido a mejorar la calidad de las sociedades.
Lo relativo del peronismo actual es que, sea cual sea la fracción que tome la palabra, su utopía está en el pasado, ya que el futuro sólo puede ser imaginado como un retorno a 1945 o a 1973. El futuro imaginado con las formas del pasado es, en la vida religiosa, el paraíso perdido y recuperado: el vergel. En la vida política, es una distopía, o sea, lo contrario de la sociedad ideal, el deseo de lo indeseable. Es, literalmente, el pantano, como dolorosamente pudo comprobarse hace sólo unos días. Imaginar el porvenir bajo la forma del pasado hace que el futuro -cuyo advenimiento es inevitable- sea indefectiblemente el sitio de la frustración y de la pérdida. Fuentes de legitimidad para quienes carecen de ideas sobre el futuro, coartadas con las que se evita una crítica de un presente de cuyos vicios y derrotas son plenamente responsables, 1945 o 1973 no son entonces más que los nombres melancólicos que enuncian, como condena de fracaso, quienes controlan el poder político en un país tristemente empantanado.
Démosle a los peronistas el raro privilegio de no ser ni buenos ni malos. Pero que el peronismo, como partido político, sea incorregible es algo definitivamente malo. Aun si tiene dos ideas del pasado, no tiene ninguna idea del porvenir. La Argentina necesita, urgentemente, corregirse. Necesita urgentemente retomar la obturada posibilidad de pensar el futuro. Necesita imperiosa, definitivamente, dejar de ser lo que es.
Porque -nunca mejor dicho- el porvenir está por venir...

sábado, 6 de abril de 2013

Tercera temporada de un poder que no para


Por Ariel Torres

Por hoy dejo al economista de lado, y dejo que mi alter ego se fanatice con este juego de tronos que tanto me apasiona. Con aquella Canción de hielo y fuego, George Raymond Richard Martin me cautivó. Una obra magna, sin duda. Pero con Game Of Thrones me pasa que la siento como una mínima dosis de esa monumental serie de libros que leen repetidamente y de arriba abajo; apenas ese paso de las páginas a las imágenes que los fans siempre miramos a punta de desconfianza. Nada nuevo: sucede con J. R. R. Tolkien y la inconmensurable El señor de los anillos. Cuando esos libros reverenciados y estudiados al detalle van al cine, el recelo que nos invade es mayúsculo. 
Pero algo sacudió esos cimientos sólidos e imperturbables con el estreno mundial de la tercera temporada de esta serie, ocurrido el domingo 31 de marzo en la pantalla de HBO: la llegada a la trama de los acontecimientos narrados en Tormenta de espadas, el libro preferido de los fans entre los cinco que conforman la saga. Seremos nerds, pero con corazón; y desde que el 3 de junio de 2012 Game of Thrones se despidió con la épica imagen de Daenerys Targaryen como ama y señora de los pequeños y recuperados dragones que le habían sido obsequiados por el Master Illyrio Mopatis en ocasión de su casamiento con el Dothraki Khal Drogo (y que ya crecerán, escupirán llamaradas y todo eso: paciencia), la espera se les hizo interminable. 
Es que un hiato de nueve meses puede ser más que un parto. Pero todo llega y la nueva temporada, que en realidad consumirá la primera mitad de Tormenta de espadas, ya está aquí. Será "la El imperio contraataca de Game of Thrones". Algo así como el paso obligado por la médula de la historia, como sucedió con la película que promedió la saga inicial de Star Wars.   Es decir, estamos en un tramo importante del cuento, donde suceden cosas relevantes y, otra vez, habrá sangre. 
David Benioff y Dan Weiss, los creadores de la serie, dieron precisiones sobre la decena de capítulos que se vienen. Una cantidad que resulta siempre escasa, pero que en esta oportunidad ofrece el consuelo de que, en promedio, durará más de lo acostumbrado: unos 56 o 57 minutos, que a la larga, y sumándolos, entregará ese capítulo extra que históricamente reclamamos. En cuanto a la trama, lo que agregaron no es demasiado puntilloso pero sí prometedor. Weiss aseguró: "Llegan eventos de una magnitud que antes no habíamos tenido", mientras que Benioff subió la apuesta: "Hay una escena que no podemos revelar y que dejó al team que trabaja en la serie devastado. Nunca los vi tan emocionados. Y si esa escena tuvo un efecto tan grande en quienes la hicieron, creo que va a tener uno mucho mayor en el público", adelantó. 
De todas maneras conviene, antes de enfrentarse a estas nuevas entregas, ver Game of Thrones. A Gathering Storm, un corto de exactos 14 minutos que recapitula la segunda temporada, y donde productores y miembros del cast hacen un racconto que no para hasta poner a punto caramelo las ansias de ver lo que se viene, eso que en este mismo instante es entregado por la pantalla de HBO, un canal que ya anotó a Game of Thrones como la tercera serie más exitosa de su historia gracias a una base constante de más de 11 millones de espectadores solo en EEUU. Y qué se viene? Nada menos que el incremento del poder de los Lannister con la llegada de Tywin, patriarca y brazo fuerte de la familia, a Desembarco del Rey, donde gobierna su cobarde nieto Joffrey; la reacción por tal hecho de su hijo, el enano Tyrion (quizás el mejor personaje de la historia, interpretado por el gran Peter Dinklage); el avance desde el Norte de los Salvajes, con Jon Snow infiltrado entre sus filas y en escarceo amoroso con su captora, Ygritte; la amenaza constante de los Otros; la escalada de Dany Targaryen, que comenzará a reunir a su ejército de eunucos para reconquistar sus derechos de reinado; el viaje del "Matarreyes" Jaime Lannister bajo la férrea custodia de la caballeresca Brienne; la marcha lenta de la jurada venganza de la muerte de Ned Stark, de parte de su esposa Catelyn y su hijo, Robb, y mucho más. 
Todo, claro, con el objeto de desembocar en el premio mayor: el dominio total de Poniente, ese latifundio inabarcable dividido en siete reinos feudales y regido por un único Trono de Hierro. Ese que ambiciona poseer cada uno de los involucrados y que desata una trama de luchas, guerras, intrigas, muerte y traiciones. El mismo que significa el poder absoluto. 
Una apretadísima síntesis para enganchar a los pocos que aún no han desembarcado en esta serie particularmente atrapante.

jueves, 4 de abril de 2013

Lo que hay que leer después que baje el agua


Por Ariel Torres

No hay aún una cifra final de víctimas mortales de las recientes inundaciones y ya nos estamos tirando responsabilidades de un lado a otro por la cabeza. Mauricio Macri le echa la culpa al cambio climàtico y -obvio- al Gobierno, que no lo autorizó a endeudarse con los organismos de crédito multilaterales. El impresentable De Vido acusa -cuándo no- acusa al jefe de gobierno porteño por el estado calamitoso del sistema pluvial de la ciudad (que -claro- contrasta con la fabulosa mejora de la red ferroviaria). Los que chicaneaban al Pro desde La Plata ahora se preocupan, mientras en la Capital algunos respiran aliviados viendo las tremendas escenas platenses.
Macri, Scioli y también a CFK los tapó el agua. No existe explicación política ni de sentido común que les quite parte de la responsabilidad que tienen sobre las consecuencias de las inundaciones en la ciudad y en la provincia de Buenos Aires. Es verdad que la enorme cantidad de agua caída en la ciudad, una parte del conurbano bonaerense y La Plata registró cifras inéditas, pero el dato más importante es que puso al descubierto las miserias políticas de casi todos.
Con cada tragedia olvidamos la anterior y sólo atinamos a deslindar responsabilidades, endilgándoselas a otro, o a aprovechar políticamente el momento para sobresalir a fuerza de hundir al adversario. Y no es esa la única reacción lamentable. Seguimos careciendo de capacidad para mirar todas las pérdidas que generan estas catástrofes de una manera más amplia.
Allá no tan lejos, y no hace tanto tiempo, con la tragedia de Once hubo una columna titulada en el diario La Nación titulada: "Los muertos de la mala política". La misma sostenía que "los motivos que hoy nos enlutan no son muy distintos de los que han causado otros episodios: una fenomenal desidia estatal que se viene acumulando desde hace mucho tiempo". Ahí están, para atestiguarlo, los fallecidos por: el choque de trenes de Once, la bengala de Cromagnón, el accidente de los chicos del colegio Ecos, los aludes de Tartagal, los derrumbes en la Capital, el conflicto del Parque Indoamericano, el asesinato de Mariano Ferreyra, Kosteki y Santillán, más todos los que perdieron y siguen perdiendo su vida anónimamente en accidentes de tránsito o como víctimas de la inseguridad.
Lo mínimo que hay que ver en todo esto, es un problema sistémico. Éstos y otros eventos que lucen inconexos están, en rigor, mucho más vinculados de lo que surge a primera vista. Por ejemplo, la falta de financiamiento barato para nuestro país atenta contra la realización de obras de magnitud. Hoy hay vecinos de la región que obtienen fondos del exterior a una quinta parte del costo que debe abonar la Argentina y hasta logran endeudarse en sus propias monedas. En nuestro caso mandan las dudas, que no sólo son externas sino también internas (o algún argentino se anima a pronosticar a cuántos pesos cotizará un dólar en cinco años?). Esa incertidumbre es, a su vez, consecuencia de apelar de manera recurrente a políticas económicas insostenibles que generan efectos tales como inflación alta e imprevisible, cepos cambiarios intolerables o mega-devaluaciones.
No vengo a golpearme el pecho como mucho y decir que la culpa de las inundaciones la tiene el aumento de precios porque no permite acceder a préstamos razonables. De hecho, en estos años de bonanza se han incrementado tanto los recursos que, si no se hubieran dilapidado, probablemente no haría falta siquiera endeudarse para hacer grandes obras. En la actualidad el presupuesto por habitante del que dispone el Gobierno es dos veces y media más alto en términos reales que en 2003. Pero si ni siquiera podemos aprovechar las épocas más favorables, es natural concluir que hechos tan tristes como los de estos días no son ni serán aislados sino más bien episodios recurrentes.
He aquí una verdad de perogrullo: durante mucho tiempo la degradación argentina pudo esconderse en aquello que fue construído previamente. El buen diseño original de nuestras instituciones enmascaraba su mala utilización. La educación y la salud públicas mantenían la ficción de la cohesión y la ausencia de conflictos sociales. La tradición empresaria argentina le permitía sobrevivir y emprender aún en contextos adversos. Los vetustos sistemas de transporte y la explosión de la red de telecomunicaciones mantenían relativamente interconectada nuestra extensa geografía. Hoy gran parte de ese stock de capital se ha consumido y ya no alcanza para amortiguar el golpe de cada nuevo escalón que descendemos.
Nuestro sistema político, que también se fue descomponiendo durante ese largo proceso de deterioro, no está constituido ya por partidos sino individuos, no usa ideas sino eslóganes, no tiene planes sino tácticas. La democracia, que tanto nos costó recuperar, no parece estar funcionando como un mecanismo que nos habilite a enfrentar nuevos desafíos de manera conjunta y hallar sus soluciones. Nuestra sociedad ya no encuentra cómo resolver problemas antiguos, acá reiterados pero superados en muchas otras naciones. Creo indudablemente que eso es lo que primero que hay que arreglar una vez que haya bajado el agua.
Habrá un antes y un después en el humor social de los porteños y los bonaerenses cuando terminen de procesar lo que acaba de suceder en las últimas horas. Recuerdo, en diciembre de 2010, cuando unas mil familias ocuparon el parque Indoamericano en reclamo de viviendas. El enfrentamiento entre los okupas y los vecinos de Villa Soldati y Villa Lugano dejó un saldo de tres muertos. El gobierno nacional y el de la ciudad se echaban la culpa entre sí. La Presidenta no quería enviar a la Policía Federal y Macri aducía no contar con la fuerza de seguridad mínima como para enfrentar la situación. Ambos terminaron siendo castigados por la mayoría de los consultados. El pedido más insistente era que dejaran de sacar ventaja política en el medio de los hechos de violencia. Menos de un año después, ambos ganaron las elecciones, pero eso no significa que un buen día el hartazgo acumulado los coloque fuera de la carrera del poder. En los últimos tres días murieron y sufrieron demasiados argentinos. Los suficientes como para que la jefa de Estado, Macri y Scioli dejen de pensar, por un momento, en su propio futuro político y se pongan a trabajar juntos, ahora mismo.
Hay una proclama del ácido Dr. House, que dice que toda muerte es indigna. Para aquellos a quienes les toca sufrir la pérdida de un ser querido toda muerte es también en vano, salvo que sea para salvar vidas más preciadas. Me obligo a creer que esta ridícula, inútil y evitable tragedia sirva para disparar reflexiones más profundas acerca del lugar donde poco a poco nos hemos ido quedando atrapados. 
Tenemos que ser capaces de construir algo nuevo. De crear un futuro distinto. Entre todos. Para todos. 


miércoles, 3 de abril de 2013

Los economistas deberíamos temerle a la mala praxis

Por Ariel Torres




Más o menos a mediados de 1975, una de las revistas especializadas en economía académica más prestigiosas del mundo, The American Economic Review, publicó en su edición número 65 un trabajo que tuvo impacto directo sobre la vida y la muerte de decenas de estadounidenses en los años siguientes. Conozco bien el caso porque fue en el basé parte de mi tesis, en los 80. Isaac Ehrlich, un profesor que actualmente da clases en la Universidad de Buffalo, realizó un cálculo econométrico en un trabajo titulado pomposamente: "El efecto disuasorio de la pena capital: una cuestión de vida o muerte". Ehrlich, una autoridad en el campo de la economía del crimen, concluía en su investigación que la pena de muerte contribuía a bajar -aunque en un margen leve- la cantidad de crímenes violentos en aquellos estados donde continuaba vigente.
A mediados de los 70, en varios de los estados del país del Norte se debatía si eliminar o no la pena capital, y los argumentos de Ehrlich fueron utilizados, con éxito, para que varias cortes supremas decidieran sostener la tan cuestionada figura. Múltiples revisiones posteriores demostraron que la econometría utilizada no permitía establecer una relación de causalidad inequívoca entre la pena de muerte y la disminución del delito. Ni mucho menos. De haberse sabido en aquel entonces, probablemente decenas de estadounidenses se hubieran salvado de morir en la horca, la silla eléctrica o por una inyección letal.
Les cuento esto porque el ensayo en cuestión fue rescatado recientemente por una de las estrellas de la nueva economía experimental, Joshua Angrist, profesor del MIT, para reforzar su argumento de por qué la economía está necesitando en forma urgente un "shock de credibilidad". Ni Angrist ni yo, en este caso, creemos que haya que endilgarle a Ehrlich "mala praxis", puesto que no soy un gran fan de culpar a los intelectuales por una mala idea. Se supone que los intelectuales deben ser libres, imaginar sets de medidas, y es decisión del público y de los políticos ver cuál o cuales se implementan. Ya quedó claro que Isaac Ehrlich no es muy bueno como econometrista, pero eso no quiere decir que sea un mal tipo.
Pero yendo al punto, el término "mala praxis" se instaló fuerte en las últimas dos semanas en el debate público, a propósito de la disparada del dólar paralelo - el blue, para los amigos- y de la actuación del Gobierno en la economía. La inestabilidad cambiaria hizo que los programas de actualidad se inundaran de economistas, un gremio que viene experimentando un profundo y creciente desencanto con las políticas oficiales, con total justicia, digo yo.
La crítica de la "mala praxis" tiene que ver con una macro que se deteriora más rápido de lo que se pensaba -en términos de desaceleración, aumento de inflación, parate de la inversión, de la creación de empleo y turbulencias cambiarias- en un contexto regional único (con un vecindario de América latina que crece con viento de cola), altos precios de las commodities , 10 años de suba acumulada del PBI a tasas chinas y presión tributaria en un récord histórico.
El amigo Angrist reconoce que las mejoras en credibilidad a la economía que pueden aportar los nuevos refinamientos econométricos, que apuntan a discernir mucho mejor relaciones de causalidad, son por ahora más aplicables a la micro que a la macro, dominada por sistemas complejos donde la "multicausalidad" lo contamina todo. Los nuevos trucos de los econometristas y los nuevos diseños experimentales sirven para definir mejor si la pena de muerte sirve o no para disuadir futuros delincuentes, pero tienen mucho menos poder de fuego a la hora hablar sobre qué es lo que verdaderamente determina la inflación.
Aplicado a la coyuntura argenta, la acusación de mala praxis se vuelve todavía más borrosa porque no hay un responsable único de la actual política económica. La culpa de la disparada del blue , por caso, es de Ricardo Echegaray por la suba del costo para el turismo en el exterior? De Mercedes Marcó del Pont por emitir y ampliar M1 (base monetaria) en su gestión 128%, lo mismo que subió el blue? De Guillermo Moreno por creer que puede combatir el desajuste de precios relativos llamando desaforado a Casa Piano o promoviendo una tarjeta para comprar en el supermercado, alimentos en cuotas? De Hernán Lorenzino por... bué, lo que sea que Lorenzino haya hecho o pensado en los últimos meses? 
Referido a los temas de multicausalidad, el economista, colega y amigo Roberto Frenkel suele citar una canción mexicana: "El día que la mataron, Rosita estaba de suerte: de seis tiros que le dieron, sólo uno era de muerte". Brillante.
El tan delicado tema de la mala praxis entre los economistas fue abordada en la Argentina por la especialista en epistemología (y economista, por cierto) Victoria Giarrizzo, profesora de la UBA e investigadora del Instituto Interdisciplinario de Economía Política. "Si un médico se equivoca, puede hasta ser suspendido de por vida. Si un ingeniero construye un edificio que se derrumba, es responsable por el fracaso de la obra. ¿Por qué en economía, donde las decisiones pueden afectar a millones de personas, no sucede lo mismo?", se preguntó Giarrizzo, con muy buen tino.
Porque hay responsabilidades claras y concretas, y en la UBA se sorprendieron al verificar, en una encuesta on line entre economistas, que la mayoría de los consultados está de acuerdo con que se cree algún tipo de reglamento ético.
Ahora, sobrevolando nuevamente la cuestiòn de la pena de muerte, con ingenio e insights sobre tema de comportamiento, hay economistas argentinos que lograron hacer aportes importantes a la discusión por la inseguridad. Con la voladura de la AMIA, el actual rector de la Universidad Di Tella, Ernesto Schargrodsky, pudo calcular el efecto de la presencia policial sobre los delitos contra la propiedad: es importante, pero se evapora a una cuadra de distancia, con lo cual solucionar el problema de los robos con más policías en la calle en la Ciudad de Buenos Aires sería una alternativa costosísima. Y Alfredo Canavese, un brillante académico que falleció en marzo de 2009, desarrolló un modelo en su momento en el que demostraba que las penas muy duras -incluida la de muerte-, cuando se aplican a delitos no tan graves y no hay gradualidad en la escala de condenas, producen el efecto contrario al deseado: los delincuentes pueden tener incentivos a optar por maximizar la violencia (matar a un testigo, por caso), porque el aumento de la pena, en el margen, no es tan grande.
Creo que el tema da para mucho más, pero lo iré desarrollando por partes. Los testimonios que vengo recogiendo al respecto me invitan a ensayar suerte... Y verdad.

lunes, 25 de marzo de 2013

Un Cepo que encerró al propio gobierno

Por Ariel Torres



A CFK se le despertó un adversario peligroso por lo inmanejable. No es el papa Bergoglio. Es el verde vilipendiado, ahora convertido en Blue. El precio de la divisa norteamericana es a la economía naconal lo que la ruptura con Daniel Scioli es a la política: una señal de que el kirchnerismo está siendo sometido a una modificación estructural.
Cada vez es mayor e insostenible la brecha entre el dólar oficial y el paralelo. En la raíz del problema está la tenaz negativa oficial a reconocer la inflación y combatirla. La gente no corre hacia el dólar. Huye del peso. Pero la cotización de esa moneda tiene un impacto simbólico del que Néstor Kirchner –por ejemplo- siempre se cuidó: con razón o sin ella, la opinión pública cree que es el indicador más confiable de la salud de la economía. Y muchos formadores de precios adoptan como parámetro esa variación. Esa matriz de costos enloquece a la presidenta.
Ya en el año 2011 el valor del dólar estaba muy rezagado respecto de las demás mercancías. Temerosos de una devaluación, los ahorristas comenzaron a atesorar esa moneda deteriorando las reservas del Banco Central. Para neutralizar el movimiento había que devaluar o vender más reservas. Pero  la Ilustre Inquilina de Olivos fue convencida por Axel Kicillof de que existía otra salida: establecer un cepo para la compra de dólares. Como la prohibición fue de índole fiscal, la gestión cambiaria pasó del Central a la AFIP.
Cuál ha sido la eficacia de esa estrategia? Las reservas siguen cayendo a un ritmo de 1500 millones de dólares por bimestre. El jueves pasado, por ejemplo, Mercedes Marcó del Pont vendió alrededor de 100 millones.
Ni hablar del siempre latente temor a un salto devaluatorio, que ya se refleja en la suba del dólar paralelo, que el mismo jueves llegó a $ 8,90. Para un gobierno que resuelve todo con intervenciones, ese mercado es una pesadilla: poner la mano allí significa caer en la ilegalidad. Pero es lo que está ocurriendo, ya sin eufemismos. Según los bien formados expertos de la City, el Estado realiza operaciones más o menos clandestinas para reprimir la suba del dólar blue. Las versiones indican que la Anses estaría vendiendo dólares a $ 5,10 a unos pocos financistas ligados al poder para que los ofrezcan en el mercado negro a $ 8,30. Esos amigos contarían con la complicidad de los funcionarios para recuperar las divisas al precio oficial simulando importaciones de servicios. Alguien se queda en el camino con una diferencia de $ 3,20 por dólar. Vergonzoso, vil. Varios economistas comenzamos hace un tiempo a sospechar esta maniobra y venimos advirtiendo que los depósitos del Estado en moneda extranjera registran una caída superior a los pagos que éste debe realizar.
El adalid Moreno pretende fijar el precio del dólar negro como el de la leche en los supermercados. Parece mentira que el tipo sea economista. El jueves pasado vociferó en el teléfono de Arturo Piano, desorbitado: "Me ponen el blue en 6,50 o los mando a todos presos". Los cambistas, al retirarse de la plaza, lo hicieron bajar a 8,20. Después volvió a subir, ya que el mercado es tan reducido que puede ser movido por cualquiera que necesite unos cientos de miles para pagar una importación urgente. Aun así, las casas que se mueven en el blue prometieron a Moreno un "feriado cambiario" hasta después de Pascua. Los 9000 "arbolitos" anónimos de la Capital Federal no hicieron promesa alguna.
Esta especie de Balance provisional da un resultado cantado: el cepo ha sido un fracaso. Sólo consiguió irritar a los innumerables argentinos que confían en el dólar para estar a salvo de una contingencia personal. El drama que se quiso resolver persiste: caen las reservas y aumenta la expectativa devaluatoria. Claro que ahora, por culpa de ese remedio equivocado, han aparecido otras patologías, iguales de graves que las ya existentes. O más.
La que mete más miedo –o debería- es el derrumbe de la inversión, de la que Vale, la minera brasileña, es un ejemplo. Su retirada se debe, antes que nada, al bloqueo cambiario: la empresa ingresa dólares que cotizan a $ 5,10, pero afronta costos que ajustan según un dólar de $ 8,30. Además, no podrá girar dividendos y tendrá dificultades para importar equipos. En vez de discutir estas condiciones, la Casa Rosada insultó a sus directivos. ¿Acaso CFK ignora que ellos están allí gracias a una presión escandalosa de Dilma Rousseff sobre la compañía? Aunque los diplomáticos intenten encapsular el caso, Vale se ha convertido en una enorme molestia para la relación bilateral. Tanto, que la visita de Rousseff a El Calafate no fue reprogramada. Aunque siempre hay una excusa: murió Chávez, fue coronado un papa argentino...
Las dificultades enfrentadas por Vale son similares a la de los productores agropecuarios. Las cerealeras les pagarán la soja en pesos liquidados por el dólar oficial. Y ellos deberán hacer frente a gastos que, en su mayoría, fluctúan con el blue. Malditos costos. Además, si deciden ahorrar su renta en dólares, deberán pagar $ 8,50. De modo que los chacareros calculan su ganancia como si la tonelada de soja valiera 200 dólares. En definitiva, el Gobierno los incentiva a demorar la venta de la cosecha, a la espera de una devaluación. Mientras tanto, el negocio se sigue deteriorando: los campos se depreciaron alrededor de 15% en un año. Una especie de profecía autocumplida.
No es menor el daño que esta dinámica le está produciendo al sector turístico. Quienes viajan al exterior compran dólares al Central por $ 5,10. Pero veamos: qué viajero extranjero los va a vender en el mercado oficial, si en el paralelo se los pagan 60% más? Los que diseñaron el cepo calcularon los dólares que dejarían de salir, pero no los que dejarían de entrar. Es la razón por la cual la caída neta de reservas, que en 2011 fue de 5300 millones de dólares, sólo se redujo en 2012 a 3300 millones de dólares. Una ínfima conquista si se consideran los perjuicios ocasionados: entre otros, la caída abrupta del nivel de actividad.
A esto hay que sumarle un problema que está en la raíz de la crisis cambiaria: la soberanía hidrocarburífera se está haciendo desear. Las importaciones de combustibles están aumentando entre 60 y 70% respecto de 2012. No hay que olvidarlo: los dólares que Ricardo Echegaray prohíbe comprar desde la AFIP son los que necesitaba Julio De Vido, y ahora Miguel Galuccio, para pagar los cargamentos de gas natural licuado. Una anécdota: un buque metanero se pasó el último jueves navegando entre Punta del Este y La Paloma porque en Buenos Aires no le pagaban la carga. Sucede que en los días críticos los funcionarios no tocan las reservas para evitar que la Presidenta se enoje.
No son pocos los especialistas que creen que este año las importaciones energéticas se llevarán 14.000 millones de dólares. Es lo que Kicillof prometió resolver con la confiscación de YPF. ¿Será verdad que va a extender esa "solución" al sector eléctrico, obligando a que todas las transacciones pasen por el Estado? Yo conozco muy bien adonde nos lleva esto. Estoy –por mi trabajo- con un pie en Baires y otro en Caracas.
Son impericias propias de un asesor que tardó 8 años en doctorarse, y que jamás ha trabajado. Y que nacen de la dificultad de Cristina Kirchner y sus colaboradores para entender la naturaleza sistémica de los mercados. Sólo así se explica que insistan en controlar al mismo tiempo precios y cantidades. El liderazgo autoritario de la Presidenta, que se ejerce de manera más destemplada sobre el propio entorno, fragmenta más esa visión. Las convocatorias al -llamémosle piadosamente- equipo económico no se realizan para enriquecer un diagnóstico con diversos puntos de vista. Son reuniones de careo, en las que la señora de Kirchner busca formarse un criterio a partir de la confrontación de todos contra todos.
Basta analizar a los contendientes para notar resultados angustiantes. Hernán Lorenzino confiesa ante los técnicos que lo visitan su disidencia con la política económica. Después admite que desde su cargo de ministro de Economía es poco lo que puede hacer. Eso sí: cree que ya convenció a su jefa de emitir un bono para financiar obra pública. Kicillof debe elevar sus ideas al cerebro de La Cámpora, el abogado Eduardo de Pedro, para que éste las analice con el bachiller Máximo Kirchner. Mercedes Marcó del Pont festeja que el encargado del dólar sea el recaudador Echegaray. En la última sesión de directorio del Central, cuando Carlos Pérez manifestó su preocupación por la "inestabilidad monetaria, financiera y cambiaria", ella contestó: "Las dos primeras no existen. Y la cambiaria es apenas un pico del blue". Después indicó, mirando a Miguel Pesce: "Organizá una reunión para que Carlos entienda". Y se marchó.
Fue todo lo que se habló en ese organismo sobre la crisis cambiaria. Extraño a Redrado, qué quieren que les diga…
El impresentable Echegaray, por su parte, usó como escudo el reglamento: "Yo sólo tengo atribuciones para cobrar impuestos". Como si eso fuera un tema menor. Y el inefable Moreno, que desde el comienzo objetó el cepo, pasa el día amedrentando a cambistas e instruyendo a Juan Basco, el incombustible jefe de operaciones del Central.
Nada que sorprenda. El kirchnerismo aplica al problema del dólar su eterna receta: tratar de curar una enfermedad provocando otras. En este caso, logró el prodigio de desencadenar una crisis cambiaria con la tonelada de soja a 500 dólares. Mi hijo de 20 años –que estudia Turismo- se echa a reír a carcajadas cuando lo analiza.
Yo tengo ganas de llorar. A gritos.

jueves, 21 de marzo de 2013

Capriles, la política y la verdad

Por Ariel Torres



Cuando una buena amiga caraqueña –muy buena abogada ella- me preguntó si me animaba a hacer un análisis sobre el tema de la Venezuela post-Chávez, y me di a la tarea de prepararla, justamente estaba leyendo un ensayo de un colega alemán sobre Macroeconomía, en su idioma original, cosa que me enriquece muchísimo por cierto, y observé que en alemán no existe un término exacto para traducir la palabra emboscada.

Según este idioma de múltiples tiempos de verbo, emboscada se traduce como "Hinterhalt", palabra que literalmente significa algo así como "ser agarrado desde atrás". En castellano, en cambio, esa es sólo una parte de la emboscada propiamente dicha. Lo fundamental de una emboscada es ser llevado a una zona sin salida (encerrona) en la cual serás atacado por el enemigo y aniquilado sin piedad.

Según mi modesta opinión de argentino trabajando en Caracas desde hace pocos meses, a ese tipo de emboscada pertenece la situación a la que intentaba llevar el gobierno de Maduro al conjunto de la oposición. A través de sendas violaciones consecutivas a la Constitución, una con Chávez agonizando; otra, con Chávez muerto, Maduro se había hecho elegir presidente por el Poder Judicial, un eufemismo de la "oficina de asuntos judiciales del chavismo".


En estos términos, protestar masivamente en contra de las violaciones constitucionales -cuando medio país estaba llorando a moco tendido frente al mediático féretro- habría parecido ante la opinión pública mundial como un sacrilegio. De esa triste manera, el gobierno utilizó, como lo ha venido haciendo consecutivamente, el cadáver de Chávez como medio de chantaje político.

Es muy bizarro, pero gracias a los funerales, Nicolás Maduro creía tener la mesa servida. La oposición, blanco de las más brutales inventivas de parte del ilegal gobernante, estaba y estuvo paralizada. Y cuando la MUD y Henrique Capriles denunciaron la juramentación de Maduro como espuria, los jerarcas del "entorno" se frotaron con seguridad las manos.

No me cabe la menor duda de que imaginaron que el segundo paso iba a ser un llamado a la abstención como propuso algún columnista despistado de oposición, quizás obnubilado por el alcohol. Así, la emboscada iba a resultar perfecta.

En esta especie de plan maquiavélico, la oposición se dividiría entre "abstencionistas y "participacionistas" para ser, después del triunfo electoral de Maduro, fácilmente "pulverizada". Efectivamente, desde el punto de vista de una lógica formal, que es también el de las ciencias, entre ellas la politología, declarar como espurias unas elecciones y después participar en ellas, es una incongruencia.

Sin embargo, y es lo que no entienden tantos politólogos, la política no es congruente. Ni mucho menos. Tampoco es una ciencia y en ningún caso es polito-lógica. Se sabe ciertamente que en política se actúa no sobre condiciones ideales sino sobre las que se van dando en el camino.


Párrafo aparte para la habilidad de Capriles que, en medio de la emboscada, hizo lo que en la guerra hace un buen general: unificar las tropas dispersas. Y como es un hombre de vasta experiencia sabía que la unidad en la política no se logra con piadosos llamados, sino en abierta lucha en contra del enemigo común.

Algunas consideraciones útiles

-          El enemigo no es el difunto Chávez sino Maduro ("No es Chávez, tú eres el problema, Nicolás").
-          Segundo: Maduro se oculta detrás del presidente muerto y carece de identidad personal y política.
-          Tercero: la presidencia de Maduro, y por consiguiente la elección, es el resultado de una violación constitucional.
-          Cuarto: Capriles va a postular en nombre de la oposición unida, denunciando las violaciones cometidas por Maduro y "su combo".

Valiente, sin dudas valiente. Una amiga venezolana -no es caprilista- me dijo en estos día algo que, creo, interpretan el sentimiento de muchos: "A ese chamo no lo vamos a dejar solo". Gracias al discurso de Capriles, muchos intuyeron que ha llegado el momento de cerrar filas y dar la batalla, aunque se pierda.

Y, como todos sabemos, no hay peor batalla que la que no se da.

Quien mejor lo entendió en el gobierno no fue Maduro (el homófobo político solo atinó a pronunciar la frase favorita de Pablo Escobar: "has cometido el peor error de tu vida") sino Diosdado Cabello, quien dijo: "Las palabras de Capriles son una declaración de guerra".

Claramente de eso se tratan esas palabras: una declaración de guerra. Pero lo que el amigo Diosdado (qué nombrecito, x Dios!) seguramente no entendió es que se trata de una guerra política, es decir, de una guerra sin armas.

Ahora bien, si Capriles fue enviado al matadero… va a enfrentar de nuevo a todo el aparato del estado, al más anabolizado e hipertrofiado de toda América Latina? Va a competir con quien financia su campaña con el dinero de todos los venezolanos? Con el amo y señor de todas las cadenas televisivas? Pero sobre todo…va a competir contra una máquina de ganar elecciones, contra destacamentos electoreros que se mueven como soldados en los "concejos", en las misiones y en las oficinas públicas? Va a competir contra amenazas, extorsiones y listas sábana? Contra esos miles de buses rojos que transportan votantes rojos, como ganado?

Y, no por último pero más importante aún… va a competir con el fantasma de Hugo Chávez de quien Maduro cree ser su representación terrena? Si, lo va a hacer.

Del mismo modo como Lech Walesa, Váklav Havel y Ricardo Lagos derrotaron a sus respectivas dictaduras. Del mismo modo como Yoani Sánchez y los suyos derrotarán a Raúl Castro. Eso creo yo.


Pero atención, porque si de algo estoy seguro es que Capriles –no nos equivoquemos- no es un místico. Y allí quizás radique su mayor fortaleza. Capriles es un total político. Sabe las cartas por jugar; y ya las está jugando.

Tiene en sus manos –ni más ni menos- la carta de la legitimidad constitucional.

Miremos sino que, mientras Maduro -quien sin el estado no es nadie- se hizo nombrar presidente apelando a medios ilícitos. Capriles en cambio, se desprendió, siguiendo estrictamente la línea constitucional, de su propia gobernación en Miranda. Maneja, además, la carta de la soberanía nacional, la misma que usó Chávez en contra de Bush y que ahora Capriles usará en contra de Raúl Castro.

Porque ya no es un misterio para nadie: Maduro es el candidato venezolano de la dictadura militar cubana.


A Capriles también le queda la carta social. En ese sentido, Henrique puede convertirse en el acusador de un sistema que practica un "neoliberalismo de Estado". Uno que gracias a la destrucción del aparato productivo y la consiguiente subordinación a las importaciones de las potencias externas, sobre todo de los EE UU, enriquece con devaluaciones monetarias al gobierno, pero a costa del bienestar de la mayoría de los venezolanos.

Es muy simple de explicar cómo cada centavo que gasta el gobierno en su faraónica campaña electoral, aumentará el monto del próximo "paquetazo" post-electoral; el mismo que pagarán en moneda dura todos los venezolanos.
Además de todas esas cartas, Capriles tiene en su mano otra, quizás la más decisiva, la carta de la verdad. Sabiendo que con su postulación no tiene nada que perder, ha decidido arrojar esa carta sobre la mesa.

Decir la verdad, sea donde sea, duela a quien duela, y aunque se venga el mundo abajo, es tarea de santos y mártires, casi nunca de políticos. Capriles, en cambio, la asume políticamente. Quizás por eso se le ve más suelto; incluso más libre, en sus discursos.

Beber del néctar de la verdad, es gozarla. Y se le nota. Ya no se preocupa de frases hechas; está más allá de los cálculos, de las poses pre-concebidas y de los comunicadores profesionales. Yo diría, más allá de la política ritual.

Es esta la razón fundamental por la cual frente a Capriles, Maduro, un personaje altamente ideologizado y mitómano hasta los huesos, se ve, a pesar del carisma que succiona del presidente muerto, como un ser sin vida propia, o como uno de esos pobres hombres que nunca han podido superar el complejo paterno ("Yo soy hijo de Chávez", ni más ni menos) y que, por lo mismo, nunca serán definitivamente adultos.

Capriles se muestra, a mi entender, como un político adulto. Y sólo la verdad, es decir, la disencia frente a la no-verdad, nos convierte en seres adultos. La verdad nos hace libres; entre otras cosas, libres de la mentira. La verdad puede ser, por eso mismo, violenta, pues debajo de cada mentira hay una verdad, y cuando la verdad irrumpe en la superficie, destroza a una mentira. La pulveriza.

Y eso a veces, duele. Pero, a la vez, no hay nada más bello que vivir bajo el imperio de la verdad. Quien la ha conocido no la abandonará jamás. Quien la dice, llenará su vida con un placer incitante; me atrevería a decir: erótico.


También tengo la impresión de que Capriles abandonó todo cálculo, toda estrategia y toda táctica inútil. Está diciendo, cada vez que habla, la más básica e inocente verdad. Esa que se en todos lados.

Más allá de toda encuesta, pronóstico, resultado, consejo o decisión, este político –quizás también por una profunda convicción- ha optado por decir la verdad.

Y así, aunque pierda, ganará.