jueves, 14 de marzo de 2013

Una Incomodidad Inesperada

Por Ariel Torres




Hay un relato bíblico que cuenta que Francisco rezaba en la ruinosa iglesia de San Damiano, en Asís, cuando Cristo le dijo desde el crucifijo: "Francisco, no ves que mi casa se está derrumbando? Ve, entonces, y restáurala". Es posible que Jorge Bergoglio haya recordado este episodio cuando se asignó a sí mismo el nombre de uno de los máximos santos del catolicismo. El arzobispo de Buenos Aires no eligió ser papa, pero eligió cómo lo llamarían. Y en esa preferencia cifró el programa religioso de su pontificado.

No es menor el hecho de que la designación de Bergoglio entraña una innovación que excede en mucho esa dimensión principal. Los cardenales pusieron al frente de la Iglesia a un hombre del Nuevo Mundo. Ese criterio expresa, como observaba ayer un analista argentino, el reconocimiento de las mutaciones que se verifican en el balance de poder internacional. Entre ellas, la pérdida del peso relativo de Europa. Y la expansión de la periferia, sobre todo de Asia, adonde jesuitas como el nuevo Papa llevaron el mensaje cristiano.

Que el representante de esa geografía provenga de América latina es también muy relevante. Bergoglio, que es conservador en materia doctrinaria y moral -no al aborto, no al matrimonio gay-, es progresista en su visión económico-social. Su liderazgo está determinado por la lucha contra la pobreza, que se materializó en la organización de los curas villeros; en su obsesión contra el tráfico de personas y de drogas; en su preocupación por los jóvenes. De modo que con la designación del nuevo papa la Iglesia pretende interpelar al populismo asistencialista y la razón que lo alimenta: la desigualdad.
El análisis indica que la nacionalidad de Bergoglio también modelará su pontificado: su biografía ha transcurrido en la Argentina, inspirada por compatriotas como el cura Brochero o el cardenal Pironio. En ese contexto local, Bergoglio demostró que no es un improvisado a la hora de gobernar. Detrás del monje que se levanta a las 3 de la madrugada para orar, que prepara su agenda en una pequeña Citanova con letra muy chiquita, que viaja en subte y sale a despedir a las visitas a partir de las cuatro de la tarde, cuando su secretaria Otilia ya se ha retirado, se esconde un hombre de poder.
Fue expeditivo cuando sacó a la Compañía de Jesús del vendaval que la azotó después del Concilio Vaticano II, como consignó ayer el Corriere della Sera al decir que "rechazó la apertura de ciertos sectores jesuitas a la Teología de la Liberación en los años 70, lo que suele ser usado injustificadamente para atribuirle una relación con la dictadura". Esa habilidad para conducir en la tormenta salió también a luz cuando, al heredar a Antonio Quarracino en la Arquidiócesis de Buenos Aires, ordenó el descalabro financiero que dejó su distraído antecesor.
Es una pista elocuente para los interesados en el futuro de las desordenadas finanzas del Vaticano.
Apenas ordenado, Francisco se presentó como obispo de Roma. Casi un primus inter pares. Sólo calzó la estola para la bendición urbi et orbi. Y prefirió su viejo pectoral plateado al de oro de sus antecesores. Fue lo menos parecido a un papa rey. Pero la curia no debería confundirse con esa sencillez: "Jorge es muy tenaz; cuando toma una decisión, no hay quien lo mueva; basta ver cómo nos llevó siempre donde quiso", dejó traslucir un obispo ayer.
Pero para nuestro país la elección de Bergoglio es una noticia inconmensurable. La influencia internacional de este cardenal será la mayor que haya tenido un compatriota en toda la historia. Los ojos del mundo, por lo tanto, se posarán sobre el país. Y encontrarán una nación que ingresó a una deriva conflictiva desde el punto de vista ideológico, institucional y también diplomático. El reciente acuerdo con Irán ha devuelto el interés por la Argentina a los principales centros de poder.
Las consecuencias del impacto que tiene para un país que un conciudadano sea elegido sumo pontífice no requieren demostración alguna. Va por sí misma. Basta recordar lo que significó la coronación de Karol Wojtyla para Polonia y, en general, para el socialismo real. Un tsunami, casi una piedra angular de la historia.
Si la exaltación de Bergoglio tendrá ese efecto sobre la Argentina, es muy temprano para asegurarlo, pero algunos antecedentes ayudan a prever. El nueveo Papa es un hombre muy politizado. Si bien quienes lo acompañan más de cerca desmienten que haya militado en la derecha de Guardia de Hierro, su visión política se moldeó en el peronismo más militante.
El nuevo pontífice tiene una valoración altísima de la organización sindical, donde cultiva la amistad de dirigentes como Oscar Mangone, hincha como él de San Lorenzo. Dos días antes de viajar a Roma, Bergoglio discutió con algunos dirigentes del PJ los pros y los contras -para él fueron todos contras- de ser ungido por el cónclave. Y los zapatos con que llegó a Roma fueron el regalo de la esposa de un sindicalista fallecido, que no consiguió que aceptara un pasaje en primera clase. Viajó en turista.
El otrora cardenal recibió a todos los políticos que se le acercaron. Y hasta participó en algunas conciliaciones, como aquella vez que reunió en la sacristía de la Catedral a Elisa Carrió, Enrique Olivera y Jorge Telerman para facilitar una alianza electoral. Sin embargo, los amigos a los que recurría para intervenir en la arena profana fueron casi siempre dos: Luis Liberman, ex subsecretario de Educación de Telerman, y Omar Abboud, funcionario de Mauricio Macri. Abboud, que es musulmán, colaboró también con la intensa actividad ecuménica de Bergoglio, igual que Sergio Bergman, quien ha expresado a quien lo quiera escuchar, que: "Francisco I ha sido mi rabino de referencia para el paso de la actividad pastoral a la política".
Una postal ayer en el recinto de la Cámara de Diputados, reproducía ayer las dos carátulas: el kirchnerismo era una mueca; la oposición sonreía. Una joven oficialista bromeó, en un corrillo: "Le designaron un papa a Macri". Felipe Solá, siempre ocurrente, reaccionó: "No seas tonta, decí que es nuestro, si es peronista".
En lo que queda para el folklore, para Cristina Kirchner la elección de Bergoglio es una novedad incomodísima. Incapaz de disimular sus emociones, en su primer twit felicitó al cardenal y le deseó éxito. Ni una sola valoración personal. Silencio stampa.
Enorme la distancia con el saludo de Barack Obama, quien llamó a Bergoglio "campeón de los pobres" y subrayó la influencia que tendrá en los Estados Unidos, por su origen hispanoamericano. A propósito: ¿cómo funcionará la relación Francisco-Obama? Un detalle no menor: el vicepresidente Biden y el canciller Kerry son católicos.
Por estos lares, visiblemente irritada, la Presidenta no mejoró aquel comienzo, consignando apenas que era un día histórico para América latina. ¿Y para la Argentina? Silencio. Olvido. Eso sí, mantuvo la promesa de viajar a la inauguración del nuevo pontificado, decisión que el embajador ante la Santa Sede, Juan Pablo Cafiero, conoció por Nelson Castro, que lo entrevistaba.
Esta notoria dificultad que exhibió CFK para dar con el tono exacto frente a la conmoción no debería sorprender, ya que no ahorró a lo largo de estos años agravio alguno para Bergoglio. Trasladó el tedeum a otras diócesis, tratándolo como a un gobernador de la oposición. Cuando Néstor Kirchner estuvo internado, echó de la clínica al sacerdote que lo visitó en nombre del cardenal.
Sin embargo, la divergencia entre el nuevo Papa y el Gobierno pasa por ejes más profundos. Ayer, un prelado lo explicó así: "La comunicación es imposible porque el kirchnerismo reduce su visión de la Iglesia a categorías ideológicas". Y agregó: "Bergoglio valora como máximas virtudes la paz y la conciliación. Observe que ayer habló varias veces de la fraternidad".
Lo verdaderamente increíble es la conmoción que embarga a la Iglesia local el hecho de tener un papa salido de sus filas. Es una revolución. El nuncio apostólico podrá tomarse vacaciones: Bergoglio tomará las principales decisiones. Entre ellas, la identidad de su sucesor. Todos miran al obispo de Gualeguaychú, Jorge Lozano, su antiguo auxiliar.
No es menor el dato, porque si fuera ése el desenlace, el nuevo papa habrá tendido la mano –una vez más- hacia el Gobierno. Como demostró durante la protesta por las pasteras en tiempos no muy lejanos, Lozano es un pacificador.
Que no es poco.

Peligrosa oscilación de la realidad económica argentina

Por Ariel Torres


Hasta hace apenas 7 años, con crecimiento a tasas chinas, superávits gemelos e indicadores sociales recuperados, la Argentina parecía condenada al éxito; paradójicamente, a fines de 2012, apagones, cacerolazos y paros traían ominosos recuerdos del 2001. "Lo único que me preocupa es si la crisis llegará antes o después de las elecciones", se pregunta (y me preguntan) algunos de mis lectores, después de leer una columna reciente. "Esto así se va al c…", resumía un colega hace unos días en alusión a la combinación de inflación en ascenso, reservas en descenso, brecha cambiaria bolivariana y crecimiento japonés.
De todas maneras, este tipo de impresiones teñidas de emocionalidad, suelen pintar mejor el árbol que el bosque.
Lo que se está viviendo es una espera de la definición. Hace décadas que el país oscila entre la ilusión de la recuperación y desencanto de la crisis. No tenemos registro de períodos de crecimiento lento pero seguro, ni de largas recesiones; lo más parecido, la odisea aliancista, fue en última instancia un lento descarrilamiento. Tal vez por eso nos cuesta concebir un escenario en el que nada cambia, o en el que todo cambia de manera pausada, imperceptible, como en un estofado lento. Tenemos una aversión natural a la medianía, especialmente si esta medianía intermedia, neurótica, está asociada al malestar y a la postergación. Soñamos con un desenlace, un cierre y así alimentamos las fantasías de crisis o recuperación.
La pregunta si colapsamos o rebotamos radica en si el oficialismo apuesta al despegue de la mano de China, Brasil, la soja o Vaca Muerta (y le prende una vela a una virtuosa alineación de países y commodities mientras aguarda el ocaso del capitalismo destituyente), o la oposición se ilusiona con la inflación y el dólar blue a la espera de que las penurias económicas y el voto negativo hagan el trabajo por ella.
Lamentablemente en la Argentina actual la dinámica de una crisis es casi tan difícil de delinear como las razones de un despegue. Para que algo se rompa hace falta una fragilidad: el déficit crónico heredado del sobreendeudamiento hacia fines de los ochenta o el sobreendeudamiento en dólares heredado de la convertibilidad a fines de los noventa. Sin éstos, lo más probable es que, en el peor de los casos, lo que enfrentemos sea una recesión. Ni emergencia ni hundimiento sino una lenta y prolongada deriva, justo en el medio entre el colapso y el milagro, entre el 5% de crecimiento de los oráculos oficiales y el -1% de algunos analistas menos pacientes con el modelo.
Pareciera que la crisis “se estuviera haciendo rogar”, y aquí las razones son varias y remiten a lo logrado a la salida de la crisis y a la naturaleza autoinfligida de los síntomas actuales.
El endeudamiento en la actualidad está en mínimos históricos (aunque si contamos compromisos ocultos y pagos postergados, probablemente haya dejado de caer hace un par de años). El déficit fiscal es manejable y depende en gran medida de subsidios a la clase media que debieron haber sido reducidos hace tiempo. La inflación inercial podría atacarse de manera incruenta con una combinación de transparencia (un IPC genuino), política (un banco central que se ocupe del tema) y un acuerdo de precios y salarios alrededor de una pauta. Y la escasez de dólares se debe menos a la apreciación del peso que a la obcecación del Gobierno por alienar al capital privado, extranjero y local. Simplificando, podría concluirse que si la Argentina moderara la inflación y recibiera inversiones extranjeras en petróleo, minería e infraestructura -algo que tarde o temprano sucederá- el tipo de cambio estaría más cerca del oficial que del paralelo, los controles serían redundantes, reviviría el crédito de mediano plazo y el crecimiento convergería al 5% regional.

Todos conocemos el resultado de una crisis económica: es la manera más traumática en la que se resuelve un reacomodamiento que no puede instrumentarse de manera gradual: una quita de deuda, una devaluación, un ajuste de ingresos reales. Pero si el escenario de llegada no difiere mucho del de partida, si no existe esta necesidad de un reacomodamiento brusco, no hay razones para que la acumulación de errores precipite una corrección masiva. Con un tipo de cambio bajo presión pero que al final del día no debería ser muy distinto del actual y un déficit que se deteriora pero sin llegar al desmadre de los 80, habrá que acostumbrarse a una brecha cambiaria volátil y creciente, una presión e intervención fiscal en aumento y una inflación reptando por arriba del 30%.
Como hasta ahora.
Más optimista parecería ser quien anticipa la crisis como un baño de realidad, como preámbulo de un cambio para mejor; las crisis no son el comienzo de nada bueno. Más pesimista sería, inadvertidamente, quien vaticina con alegría una eternidad de controles y ajustes atolondrados y derrape lento a contrapelo de la región; insistir en el error sólo nos aleja de la solución.
Me resulta trabajoso imaginar esta deriva sin desenlace, pero es lo que hay. Probablemente nos esperen treinta meses más de discusiones inverosímiles sobre los orígenes de la inflación y de recetas exóticas de economistas amateur. Treinta meses de vehemente improvisación y celebraciones histéricas en cadena. Treinta meses de enervante calma chicha, y ninguna crisis.
Me gustaría más pensar en treinta meses para pensar el futuro, para construir una alternativa que no huela a reciclaje. Porque nada sucederá por sí sólo, la crisis no nos salvará de la falta de ideas. Hay que remar.

martes, 12 de marzo de 2013

El Blue estacional que llegó para instalarse

Por Ariel Torres


La suba "es un fenómeno estacional", decía Marcó del Pont en enero. Hoy ese argumento quedó atrás. El hecho de que el paralelo se haya distanciado 55% del oficial deja al descubierto falencias estructurales. El Gobierno apuesta a la llegada del "ángel de la guarda" del modelo para bajarlo.

"Es un fenómeno estacional"

Esta frase, tan simple como contundente, fue expresada a principios de enero por la titular del Banco Central, Mercedes Marcó del Pont, para justificar la disparada del dólar blue. Sin embargo, terminaron las vacaciones y el billete verde informal sigue arriba, sin señales de que vaya a bajar demasiado.

Así, comienzan a confirmarse los pronósticos de varios analistas que anticipaban que su alejamiento del valor oficial respondía principalmente a cuestiones estructurales, como la inflación, la emisión y el atraso cambiario.


Uno de ellos era Aldo Pignanelli, ex presidente del Banco Central, que afirmaba: "El 90% de la suba del blue se debe a cuestiones más estructurales que al factor vacaciones".E ironizaba diciendo que "si la base monetaria sube y las reservas bajan, no hay que hacer un curso de economía para darse cuenta de que el problema es más de fondo".Habiendo transcurrido enero y febrero, sus dichos quedaron corroborados en la práctica. En el arranque de marzo el blue se mantiene en valores cercanos a los $7,80, pese al esfuerzo del Gobierno -vía "manos amigas"- de haberlo querido bajar a un escalón inferior.Por lo pronto, es casi un hecho que su cotización no descenderá a los $6,50, cifra registrada en la previa del período veraniego.



Y ya no asusta que se mantenga alejado un 55% del precio fijado por el Banco Central, algo que tiempo atrás era visto como "una enormidad".
De algún modo, los argentinos ya se han acostumbrado a convivir con un desdoblamiento cambiario, no escrito, pero vigente en la práctica. "Todo es cuestión de costumbre", comentaba irónicamente un operador de la city.
La "espalda al peso" empuja al blue
Los analistas temen que el alto precio que registra hoy día el blue responda, en buena medida, a una "huida" por parte de los particulares de la moneda local para ir en busca de activos de refugio.
El querer "sacarse rápidamente los pesos de encima" ante el poder "corrosivo" de la inflación trae asociado otro riesgo que para los analistas constituye una de las peores pesadillas: la caída en la demanda de dinero.
Es que, en otros períodos, esta mayor velocidad de circulación de los billetes desembocó en estallidos inflacionarios, ya que aun sin que el Banco Central emita, puede igualmente darse una mayor inflación, producto de esa creciente rotación del circulante.
Si bien ningún economista afirma que se haya llegado a un "punto de no retorno" en ese aspecto, sí prenden algunas señales de advertencia.


"Creo que ahora hay algunas evidencias intuitivas que demuestran un aumento de la velocidad de circulación o, lo que es lo mismo, una caída en la demanda de dinero", advirtió Javier González Fraga, el influyente ex titular del Banco Central.
Jorge Todesca es uno de los economistas que sostiene que la distancia que ha tomado el paralelo respecto del oficial marca un punto de inflexión respecto de la aceptación de pesos por parte del público.
También Mario Brodersohn, de la consultora Econométrica, ha sido enfático al respecto: "Desde principios de 2013 notamos persistentes señales de que la demanda de dinero no se está sosteniendo en los mismos términos en los que se había comportado el año anterior".
Y marca la diferencia entre la situación de 2012 respecto a la de hoy día, en la que se observa que "aparecen conductas que apuntan a buscar alternativas para los pesos excedentes". Una de ellas es el circuito blue.


"Hay olor a que la demanda de dinero empieza a trastabillar", advirtió Diego Giacomini, de Economía&Regiones.
Por lo pronto, la mayoría de los economistas cree que el Gobierno le echó nafta a la "hoguera blue" por haber abusado de la maquinita.
La oferta de dinero local superó con creces la demanda. Producto del cepo cambiario ese excedente "impactó directamente sobre el precio del dólar marginal", explicó Miguel Bein, un analista de fuerte prédica en el mercado.
En igual sentido, Pignanelli atribuyó la escalada del dólar paralelo a la gran disponibilidad de moneda nacional "producto de la fuerte emisión", lo que llevó a los particulares a "buscar alternativas".
"Hoy nadie quiere quedarse en pesos, salvo las grandes empresas que tienen que mantenerlos y los colocan a plazo fijo", sostuvo Pignanelli, quien está convencido de que "más que por turismo, lo que aumentó fue la demanda del billete marginal para atesoramiento".
Todo es cuestión de expectativas
Por lo pronto, el efecto estacional va quedando atrás a la hora de explicar por qué el dólar paralelo sigue bien arriba.


La razón de su alto precio hay que buscarla en "la enorme emisión monetaria que hace el Gobierno, la disminución de las reservas y el creciente gasto público", recalcó Guillermo Valdez, integrante del Mercado de Valores de la Bolsa de Comercio de Rosario
Gastón Rossi, socio de Martín Lousteau en la consultora de LCG, agregó otro condimento: "Más allá de cuestiones estacionales, el mercado ve que hay un atraso cambiario que cada vez se hace más evidente".
El economista Tomás Bulat compartió esta visión y remarcó que "del actual valor del blue puede haber apenas 30 centavos que respondan a cuestiones estacionales, el resto se debe a la caída en las expectativas".


"Se genera una suerte de circulo vicioso: si el dólar marginal sube, los particulares lo que hacen es ajustar sus expectativas día a día", sostuvo el ex economista jefe del Banco Central, Eduardo Levy Yeyati.
"Por eso -recalcó- es fundamental que el Gobierno diga qué quiere hacer o a dónde quiere ir. De lo contrario, esas expectativas se van acomodando a las noticias de ayer".
Cepo y tasas hicieron más tentador al blue
Más allá de los desajustes en la política económica, existe otro punto determinante a la hora de evaluar por qué la divisa paralela "no baja": hay una marcada ausencia de alternativas de inversión.
Los plazos fijos, lejos de premiar, "castigan al ahorrista" y el mercado inmobiliario se encuentra inmerso en la peor crisis de la década.
Como si esto fuese poco, es el propio "blue", con su abrupta escalada, que no hace más que seducir cada vez más a los particulares.


Es que hay un punto que no escapa a los ojos de muchos de ellos: en los últimos 12 meses subió casi un 70%, desde los $4,68 de marzo 2012 a los $7,82 de hoy.
"Hay un grado de emisión tan alto, mayor desconfianza y de falta de alternativas de inversión que hacen que la gente busque refugio en el dólar paralelo", sostuvo Claudio Zuchovicki, gerente de Desarrollo de Mercado de Capitales de la Bolsa de Comercio de Buenos Aires.
Levy Yeyati, es de los que creen que la baja tasa de interés de las colocaciones bancarias terminó siendo un incentivo para generar la corrida hacia el blue, "porque la gente se cansó de los rendimientos negativos".
¿Y si los bancos ahora se deciden a pagar más por las colocaciones? El ex economista jefe del Banco Central se muestra escéptico a que esto sólo, de por sí, invite a los particulares a quedarse con moneda local.


"Ya se pasó el cuarto de hora para que la tasa pueda defender al peso, con este nivel de suba del dólar y aceleración", fue su contundente pronóstico.
Su argumento es que ahora juegan otros factores, como la caída en las expectativas, que si no se los resuelve primero cualquier medida será ineficaz.
En el mismo sentido opinó el economista Federico Muñoz, para quien un intento de "domar" al blue con una suba de tasas sería una solución "meramente temporaria, si no se ataca a la verdadera raíz del problema: la elevada inflación".
El blue, más sensible que nunca
El concepto que sobrevuela sobre la actual brecha entre el dólar oficial y el blue es el de la confianza del público y sus perspectivas sobre qué puede llegar a ocurrir, no sólo con el billete verde, sino también con la economía en general.


"La brecha y la tendencia del dólar no oficial se convierten en una caja de resonancia de cómo vamos y de las expectativas. Cuanto más empeoren, más subirá", resumió el analista Carlos Melconian.
En sí, completó el experto, "no hay un precio preciso del dólar paralelo, sino que vale lo que la gente cree que es razonable pagar. Y eso va cambiando de acuerdo con las expectativas y en base a cuántas personas quieren comprar y cuántas vender", remarcó a iProfesional.com Francisco Gismondi, economista del Banco Ciudad Buenos Aires.
De cara al futuro, lo analistas creen que el blue será más sensible a cada noticia negativa que se vaya sucediendo, ya sean nuevas medidas que impacten en la plaza cambiaria, en el precio de la soja, en el round final de la pelea de la Argentina con los fondos buitre y, claro está, ante cualquier ruido de tipo político.
Sojadólares, la bala de plata
Los economistas consideran que una de las últimas oportunidades que tiene el Gobierno para achicar la brecha cambiaria ocurrirá en pocas semanas, cuando empiecen a entrar al país los dólares provenientes de la exportación de soja.
Es que, si bien no hay tanta euforia como hace seis meses -cuando el "yuyito" había alcanzado cifras récord por encima de u$s650 la tonelada- se estima que de todas formas será una cosecha relativamente buena, con unos 48 millones de toneladas, lo que implica una suba no menor a 20% respecto de hace un año, y con mejor precio.


Es la gran incógnita para los próximos meses. Algunos economistas creen que, una vez ingresados los "sojadólares", ello se reflejará en una distensión en el mercado cambiario, con una posibilidad de que el blue se acerque un poco más al tipo de cambio oficial.
Pero otros hacen una salvedad importante: todo dependerá de qué tan celosamente el Gobierno quiera guardar esas divisas.
Si decide que todos los dólares del agro deben ir a parar al Banco Central, entonces la brecha no sólo no se achicará, sino que hasta podría crecer.
La explicación es simple: para comprárselos a los exportadores, el Gobierno emitirá pesos, y luego los productores sojeros querrán convertir parte de ese dinero en billetes verdes.
Al no poder hacerlo por la "ventanilla oficial", irán a buscarlos al mercado paralelo, poniendo así más presión al blue.


Es por ello que algunos ex funcionarios con experiencia en un contexto de mercado regulado han sugerido que el Gobierno intervenga discretamente, vendiendo -vía manos amigas- en el circuito informal.

miércoles, 6 de marzo de 2013

Sin herederos aparentes para el sueño bolivariano


Por Ariel Torres

Se propuso ser el heredero natural de Bolívar y reproducir, en pleno siglo XXI, su sueño de libertad e independencia latinoamericana. Pero sus armas fueron menos idealistas, sus enemigos menos tangibles y sus métodos mucho más controvertidos, por decirlo de una manera simple. Hoy, casi sin herederos, el resultado de los deseos de Hugo Chavez -el ALBA y un gran eje de izquierda antiimperialista continental- parece bastante más endeble de lo que fue la gesta del prócer del siglo XIX.
Es posible que el Gran Hugo cuente con herederos en Venezuela o en el resto de América Latina. Nicolás Maduro es -pareciera- su sucesor en Caracas y -en Quito- Rafael Correa probablemente sueñe con convertirse en su delfín regional. Aunque a ambos les falta mucho carisma. Sin embargo, el problema no es que el sucesor de Chávez tenga el cargo o la voluntad de expandir el sueño chavista. El misterio es si tendrá la capacidad, las ideas y -obvio- los dólares necesarios para transformar algo tan indefinido como el socialismo del siglo XXI en una forma de vida continental.
No hubo nada de intrascendente en el impulso y la efervescencia del duelo que ayer se apoderó de algunos países, y podría creerse que hay esperanzas válidas para ese sueño. Pero, aunque se sustente en ellas, el sueño bolivariano necesita más que emoción y mística para sobrevivir. Sus potenciales herederos lo saben.
De hecho, lo más probable es que Maduro no tenga ni el tiempo ni la habilidad para llevar hasta el fin la gesta regional. El vicepresidente hace todo lo posible para parecerse a su mentor, pero su falta de carisma queda siempre en evidencia. Además, tendrá otros desafíos por delante: cimentar su poder ante una eventual campaña presidencial contra, seguramente, Henrique Capriles, y reanimar la economía. Menuda tarea.
Y esa insencilla tarea amenaza, este año, al combustible básico y ultra necesario de la revolución: los petrodólares. Lejos de ser el único pilar del sueño de Chávez, los ingresos petroleros de Venezuela permitieron al presidente acudir en rápido rescate de gobiernos o candidatos que prometían alimentar la quimera regional.
La gran isla de los Castro es el gran beneficiario: recibe 102.000 barriles diarios de petróleo a precio subsidiado, lo que cubre el 60% de sus necesidades energéticas anuales. Nicaragua le sigue entre los afortunados: el 80% de su consumo de energía está subvencionado por Caracas. Y, siempre de acuerdo con la oposición venezolana, la Argentina es la tercera entre las naciones más beneficiadas por los dólares chavistas.
Es bastante improbable que en esos países esté el heredero de Bolívar y Chávez. Raúl Castro no tiene ni la edad ni la legitimidad electoral. Su gestión económica, por otro lado, tampoco es digna de ejemplo; mucho menos lo será sin su amigo Chávez.
En el otro destino caribeño, Daniel Ortega tiene, como Castro, los blasones de la izquierda, pero gobierna uno de los países más pobres de la región. Y, aunque Cristina Kirchner nunca mostró mucha ambición de influencia regional, ahora tal vez podría querer llenar el vacío. Oportunista como es, no vacilará en intentarlo.
Podríamos intentar ubicar al sucesor en Bolivia o en Ecuador. Los gobiernos de ambas naciones fueron buenos alumnos y reprodujeron otros de los vectores de la revolución chavista: la concentración del poder público bajo el pretexto de la lucha contra los poderes establecidos y la ofensiva contra la prensa independiente.
Evo Morales da el pinet necesario, pero comanda una nación golpeada por la pobreza y la desigualdad. Queda entonces Correa, a quien ya le preguntaron si le interesaría el puesto de revolucionario en jefe. Él, con la dosis necesaria de demagogia, respondió que, en la región, sobran los líderes dignos de suceder a Chávez, pero que el gran motor de cambio de la revolución no son los presidentes, sino "el pueblo latinoamericano". Grandilocuentes palabras vacías de contenido.
Sin embargo, Correa tiene la capacidad de crear y ganar batallas, y el carisma de Chávez. Pero lejos está de provocar la mística regional que el presidente venezolano suscitó. De más está decir que tampoco dispone de los excedentes que el hombre de Barinas tuvo a lo largo de sus casi 14 años de poder.
El deceso de Chávez no representa el final del éxito más contundente de su revolución: la lucha contra la pobreza. Sin embargo, ése es también el gran logro de otra izquierda, una menos rupturista y muchísimo más pacífica, que ahora tal vez se afiance como el modelo regional: la de Brasil. Ni Lula ni Dilma confrontaban con Chávez. Pero su sola presencia y el poder, junto con la estabilidad, el desarrollo y la renovación de Brasil, dejan al descubierto la gran contradicción del socialismo del siglo XXI.
Por estos días, y ya sin su padre fundador, los que alguna vez fueron los motores de la revolución son precisamente los nubarrones que amenazan con acabarla: el personalismo, la concentración del poder, la dependencia del petróleo y la construcción permanente de enemigos.
Malas mezclas, ingredientes del pasado.

jueves, 28 de febrero de 2013

Cuando la inflación no tiene dueño

Por Ariel Torres




Recuerdo allá por el año 2005 la relación entre Néstor Kichner y su ministro de Economía, Roberto Lavagna se había tensado a punto tal, que semanas después sería reemplazado por Felisa Miceli. La inflación ya mostraba niveles de dos dígitos, y duplicaba a la del año anterior.
Por esos días, en Mar del Plata, se aprestaba a iniciarse el Coloquio de IDEA, y en ese contexto fue que una expresión del supermercadista Alfredo Coto se encontró con una dura respuesta de Néstor Kirchner: "Alfredo: yo lo conozco muy bien a usted y sé cómo trabaja sobre los bolsillos de los argentinos... se ve que ya está pensando como recuperar ese 12% de inflación y tener más rentabilidad".
Semejante "reprimenda" fue acompañada por una "instrucción política" de no asistir al coloquio. A partir de eso, una enorme cantidad de funcionarios que ya se encontraban en la ciudad decidieron emprender el regreso. Recuerdo aún una infidencia de uno de ellos que, quizás para autoconvencerse o autojustificarse, sostuvo: "Néstor tiene razón, porque ¿qué es la inflación? Empresarios subiendo los precios".
Nada más falaz e incompleto que esa explicación, que no sólo es demostrativa del influjo que Néstor ejercía sobre el resto del arco político sino también del poder que los relatos sencillos y conspirativos tienen a la hora de persuadir. Si aceptamos que los empresarios suben los precios porque se les antoja sin efecto alguno de políticas públicas, entonces habría que admitir también la irrelevancia del Gobierno en otras cuestiones. Es decir, si los precios suben porque lo determinan los empresarios entonces también la economía produce más porque, junto con los trabajadores, los empresarios así lo deciden, con prescindencia de las acciones llevadas a cabo desde la administración pública. Es como mínimo contradictorio que un gobierno que se arroga el mérito de crecer a tasas altas, deslinde su culpa por la inflación.
De todas maneras, quienes no quieren cargar contra las autoridades sostienen que el problema es la falta de competencia y el poder de mercado de las grandes empresas, que tienen la capacidad de establecer el precio que se les ocurre para sus productos. Lamentablemente eso sólo sirve para explicar por qué los precios de ciertos bienes o servicios pueden ser más altos que los preponderantes en otros países, pero no para explicar por qué suben a un ritmo más acelerado.
Pongámoslo de manera más simple y llana. Si en un determinado sector de la economía hay 1001 productores que elaboran 1000 unidades de un mismo bien cada uno, y al último de ellos se le ocurre poner un precio más elevado que el resto, es fácil reemplazar lo que produce y desplazarlo. Sólo hace falta que cada uno de los restantes fabricantes produzca una unidad adicional, que equivale a apenas el uno por mil de su capacidad productiva. La situación cambia radicalmente si un sólo productor elabora el 80% del total. Reemplazarlo cuando sube los precios es imposible en lo inmediato porque cada uno de los restantes debería cuadruplicar lo que fabrica, y la capacidad instalada no alcanzaría.
El ejemplo sirve para detectar que el productor grande puede usar esa ventaja para establecer un precio más alto (entre otras cosas). Pero ello no tiene nada que ver con la inflación porque aún no basta para explicar por qué los precios suben todos los meses. Para peor, si el único causante de la inflación es el poder de mercado y hoy la inflación es mucho más alta que hace diez años, habría que reconocer que la administración K ayudó a aumentar mucho la concentración en la economía. 
Cortina de humo aparte, las causas de la inflación que padece nuestro país están más que claras, desde algún tiempo: el continuo y agravado desatino en las políticas fiscal y monetaria que el Gobierno se resiste a corregir. Ello no quiere decir que en nuestra cultura empresarial no exista mayor propensión que en otras a subir los precios. Sin embargo, los motivos son muy distintos a los esbozados y tienen que ver con la gran volatilidad de nuestra economía. Así, cuando las cosas van bien, en lugar de focalizarse en ampliar mercado o en el futuro, los empresarios argentinos quieren asegurar sus ganancias antes de que tenga lugar la próxima crisis, y suben los precios. 
No podemos culparlos. Los ciclos de nuestra economía los han golpeado lo suficiente como para tener esa gimnasia corrupta. Para corregir ese comportamiento las recetas no son congelamientos sino políticas responsables que hagan que la economía transite por un sendero de progreso sostenible. Y eso requiere abandonar el populismo de subordinar siempre el largo plazo al corto plazo.
O lo que es lo mismo, siempre la vista puesta en un único árbol, ignorando el bosque.


miércoles, 20 de febrero de 2013

La política como en una mesa de pool


Por Ariel Torres

Ustedes -los pocos que me leen- saben que lo mío es la Economía, ya veces paseo o sobrevuelo la política, porque es inevitable no hacerlo. Esta es una de esas ocasiones en que no puede dejar de opinar sobre dos temas que demuestran una vez más, la clase de dirigentes que nos gobiernan. 
Mucho se ha dicho sobre que en el acuerdo con Irán hay gato encerrado, y ésto -qué paradoja- hace las veces de soplo de aire debajo de las alas del Gobierno. Mientras sobreviva la duda, mientras creamos que lo pactado esconde secretos repujados con la proverbial astucia kirchnerista, sentiremos que toda evaluación que hagamos del memorándum suscripto en Etiopía será incompleta. No se entiende en la mente del común mortal, el hecho de que nuestro Poder Ejecutivo haya decidido brindarle en forma gratuita un servicio de blanqueo internacional al régimen teocrático al que nuestra justicia le imputa la autoría de una masacre.
Está clarísimo ya hace bastante, que el gobierno kirchnerista no es fanático de los acuerdos -en todo caso entiende de confrontaciones como nadie-, pero este mes se dispuso a recuperar el tiempo perdido e hizo dos acuerdos de un manotazo; uno con el régimen iraní, llamémoslo el acusado, para que nos revele la verdad de lo que sucedió con la AMIA, y el otro con los hipermercados, para controlar la inflación en un país que no la tiene (si la tuviera, explicó la Presidenta en Georgetown, todo estallaría por los aires). Cuac!
Los hipermercados que cobran caro el tomate redondo larga vida o la nalga cortada para milanesa no son de la misma calaña que los antisemitas que gobiernan Irán, a quienes -entre otras cosas- les gustaría hacer desaparecer a Israel; pero la contraparte es la misma, una presidenta de fuerte personalidad, proclive a estrategias complejas. Es posible pensar que su forma de negociar repite patrones en asuntos diversos. Se instala la sorpresa, pero sobre todo con la ambigüedad. El detalle de lo que se pacta no es para cualquiera, rasgo que tal vez derive del concepto paternalista del poder. La ambigüedad es funcional al entendimiento de que en la parte de abajo de la mesa se arreglan algunos aspectos relevantes, y es igualmente legítima. 
Aquellos que creen que el tema del acuerdo de precios son los precios y nada más, estarán pendientes del día 61 para saber si la medida fue eficaz o fracasó, pero para un gobierno que considera que el enemigo número uno no es la inflación sino los medios, lo "acordado" debajo de la mesa ya es ganancia. El objetivo colateral de perjudicar a los diarios críticos mediante la fulminación de la publicidad de supermercados, cláusula no escrita, pero cuyo cumplimiento verifica cualquiera, cumplió con lo que realmente se pretendía. Sea con los modales barrabravescos de Guillermo Moreno o con la hipócrita amabilidad de Héctor Timerman, el kirchnerismo acostumbra a golpear varias bolas con un solo golpe: cuando negocia no emula a un ajedrecista, sino a un jugador de billar. 
El "perdido por perdido" ya forma parte de la única estrategia vigente de un Gobierno que sostiene que como la causa judicial está estancada desde hace 19 años, mejor le pedimos al acusado que nos diga la verdad: total no tenemos nada para perder. Es más, hace también 19 años que nuestros políticos no consiguen cumplir con la cláusula transitoria sexta de la Constitución, que les exigía dictar una ley de coparticipación federal, por ejemplo. 
Con el perdido por perdido, también podría dictarse un decreto que diga que a los impuestos los reparte el presidente como mejor le place. Algo similar se podría pensar para "destrabar" otras morosidades traumáticas, como el Riachuelo, los juicios por jurados, la inseguridad y, por qué no, la pobreza. 
Ideas puede haber muchas, pero la peligrosidad de las mismas es directamente proporcional a la liviandad del cerebro que las pergueña.

viernes, 1 de febrero de 2013

EL COSTO DE TENER UNA MONEDA SIN VALOR


Por Ariel Torres

Si los que nos dirigen se tomaran el trabajo de leer algo de historia de la moneda, advertirían que no ha sido un invento caprichoso de los gobiernos ni de nadie en particular. Fue una necesidad de la gente. Descubrieron que en vez de hacer trueque, es decir, cambiar trigo por carne, era más conveniente utilizar alguna mercadería que fuera universalmente aceptada. Es decir, la gente descubrió los beneficios del intercambio indirecto utilizando alguna mercadería como medio de intercambio.

Lo he explicado en alguna oportunidad: la moneda es como una autopista que permite agilizar las transacciones. Un profesor de historia le da clases a quienes desean saber sobre la disciplina, recibe como pago moneda y con ella compra la cantidad de pan que desea sin necesidad de buscar algún panadero que quiera tomar clases y le entregue 20 kilos de pan por las clases.

El primer dato a tener en cuenta es que la moneda no es un invento de los gobiernos sino que es un descubrimiento del mercado para agilizar las transacciones. En segundo lugar, la moneda tiene que cumplir dos requisitos básicos: a) ser aceptada ampliamente como medio de intercambio y b) ser reserva de valor. Una barra de hielo o un helado de dulce de leche no servirían como reserva de valor. Se derriten rápidamente.

Como buen ejemplo, podemos tomar el caso de la barra de hielo: el que la recibe al final tendría mucho menos hielo que el que la recibió primero. Pues bien, esto es lo que pasa con el peso. Se derrite como una barra de hielo por la emisión monetaria que genera el Banco Central. Por lo tanto, cuando el BCRA emite para financiar al tesoro, los primeros en recibir esos pesos todavía no sufrieron el impacto de la inflación, pero a medida que esos pesos van circulando los últimos en recibirlos pierden poder de compra. Si la barra de hielo pesaba 5 kilos, el que la recibe al final tiene una barra de hielo de 1 kilo y puede comprar menos que el que la recibió primero con los 5 kilos. Por eso el Gobierno se beneficia con la inflación durante un tiempo, aunque no lo diga. Porque es el que emite moneda en forma monopólica.

Lo anterior sirve para darse cuenta que la gente huiría de la barra de hielo antes que pierda peso. En economía eso se llama huir del dinero. La gente se saca de encima los pesos rápidamente porque sabe que si los conserva se derriten como una barra de hielo y podrá comprar menos bienes con el transcurso del tiempo. Si en una economía se intentara usar las barras de hielo como moneda, al poco tiempo volverían al trueque porque no cumpliría con la función de reserva de valor. Y, al volver al trueque, la economía perdería productividad. Eso es lo que está pasando con el peso. Es una barra de hielo que se derrite rápidamente, trabando las transacciones de largo plazo e impidiendo hacer cálculo económico (estimar la rentabilidad de una inversión). Pero como tampoco sirve como reserva de valor para ahorrar, no hay crédito, siendo que el crédito es el ingreso no consumido. Cuando hay inflación, la gente ahorra en bienes que le permitan refugiarse de la misma, o en dólares, no ahorra en barras de hielo.

Sin crédito, no hay inversiones de largo plazo que permitan aumentar la productividad y la cantidad de puestos de trabajo, y la economía retrocede.
Mientras el Gobierno siga creyendo que pude emitir a tasas del 40% anual sin que nada pase, la situación tenderá a agravarse. Es más, mientras en el Gobierno crean que el ahorro se puede emitir, en vez de generar, el problema será cada vez mayor.

Es claro entonces que no debe sorprender que la economía argentina entre en un proceso de recesión con inflación. Podrán emitir todo lo que quieran, pero ya no van a reactivar la economía al estilo keynesiano porque la gente huye del peso. Solo generarán más inflación, mayor distorsión de precios relativos y más trabas al proceso económico, a pesar de la pesificación forzada que quisieron imponer. Claro que para tener de nuevo una moneda que agilice las transacciones al igual que una autopista agiliza el tránsito, primero la gente del Gobierno tiene que olvidarse del relato del mundo maravilloso que nos quieren vender y poner los pies sobre la tierra.

Si –por el contrario y como vemos diariamente- optan por seguir con el relato del modelo y negar la realidad, el efecto que causarán será el de poner la barra de hielo en la terraza del edificio con 38 grados de temperatura, es decir, acelerar la inflación, trabar la economía y hacer que el Blue no vea su techo en el corto plazo.