martes, 7 de febrero de 2012

La Argentina va en contra de la lógica de Steve Jobs

El presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, se acercó a Steve Jobs en una reunión con popes de Silicon Valley y le preguntó por qué no hacía el iPhone en su país, para crear más empleos. El fundador de Apple fue categórico: "Ese trabajo no volverá a hacerse aquí".
La anécdota sirve para entender cómo funciona el desarrollo industrial en el mundo actual. Apple se ha convertido en una de las compañías más conocidas, admiradas e imitadas, en parte, a través de un dominio implacable de las operaciones globales.
A contramano de esa tendencia, en la Argentina se afirma que las trabas a las importaciones son para crear y proteger el empleo de la mano de obra local. El fin es loable, pero la estrategia es cuestionada por muchos economistas, en un mundo donde lo que tiene éxito es la incorporación de un país en una cadena global de valor. Es decir, hacerse fuerte y competitivo en alguna tecnología determinada, y convertirse en proveedor mundial de ese eslabón.
Carlos Magariños, ex director de la Organización de Naciones Unidas para el Desarrollo Industrial, coincide con Jobs. Según comenta, las empresas nacionales que pasan a jugar a nivel internacional lo hacen a través de cadenas globales de valor. "La iPad es un buen ejemplo. Los norteamericanos desarrollan y tienen la regalía, pero los subcomponentes los fabrican en China y América Central", explica. "Eso funciona así en todo el mundo."
En todo el mundo... menos en la Argentina, donde se impulsa la industria nacional aun en aquellos productos donde el país no es especialista o no tiene ventajas respecto de sus competidores, como en celulares, electrodomésticos e indumentaria, entre otros.
Pero Fernando Grasso, director del departamento de estudios económicos de Adimra, la asociación de industriales metalúrgicos, disiente: "Tengo una valoración positiva de la administración del comercio. Creo que marca un rumbo adecuado en términos de realizar un uso más eficiente de las divisas, favoreciendo la integración nacional de las diversas cadenas de valor, la generación de valor y, en consecuencia, el crecimiento y la inversión".
Magariños dice que la política de sustitución de importaciones de los 70 y 80 estaba diseñada para controlar la excesiva salida de divisas, por la caída en los términos de intercambio. "Pero hoy no es así, porque las clases medias emergentes en China y la India empujan el precio de nuestras materias primas. Las commodities agrícolas están altas y los bienes industriales pierden valor, por eso la lógica hoy es meterse en una cadena global de producción", opina. La Argentina, sin embargo, parece estar iniciando el camino inverso.

lunes, 6 de febrero de 2012

Cuándo se jodió la economía K?

Valga, ojalá, el verbo del título en esta columna seria de un blog serio, porque está tomado de esa pregunta que se formulaba Mario Vargas Llosa en Conversación en la Catedral : "¿Cuándo se jodió el Perú?" ¿Es apropiada una pregunta análoga para una economía que, con luces y sombras, creció de manera respetable en los años kirchneristas? Después de todo, la Argentina logró sumarse al crecimiento de los países emergentes e incluso recuperar el terreno perdido frente a sus vecinos en los años de crisis.
Sin embargo, las sombras se van haciendo más largas ahora que la luz del alto crecimiento se esconde en el poniente: la inflación; la pérdida gradual de competitividad; la tasa de interés inflada por ese default en la prosperidad que fue la manipulación de las cifras del Indec con que se actualizan los bonos indexados; las regulaciones e impuestos al comercio exterior, no empardados en el mundo capitalista; los controles cambiarios comparables a los que rigen en Venezuela e Irán.
Con el segundo mandato de Cristina, la política económica parece estar delineando una nueva fase del modelo: la DesIndustrialización por Sustitución de Importaciones (DISI). Caricatura de su antecesora de mediados del siglo pasado -la recordada ISI, Industrialización por Sustitución de Importaciones-, la DISI comparte con aquélla el instrumento de los permisos previos de importación, pero es recesiva por anacrónica: en una industria que se adaptó durante 20 años a la globalización, son muchos más los sectores perjudicados por el control masivo a las importaciones de sus insumos que los beneficiados por la desaparición de la competencia importada en el mercado de sus productos.
¿Cómo llegamos a un esquema que parece asegurar el final del ciclo económico K tal como lo conocimos? Económicamente, la segunda presidencia de Cristina se inició en los últimos días hábiles previos a la elección de octubre, cuando finalmente llegó ese horizonte tan temido contenido en la frase: "Hasta las elecciones no van a devaluar". La mera posibilidad de una devaluación para corregir el incesante deterioro de la competitividad generó la corrida de octubre y desembocó en los controles cambiarios de noviembre. La escasez de dólares, incluso en el mercado cambiario oficial, dio lugar a la consagración final de Moreno como cancerbero de la economía argentina.
En última instancia, pues, llegamos a la DISI y los controles cambiarios por un problema previo que viene desde hace tiempo: la convivencia imposible entre precios que suben por el ascensor y dólar que va por la escalera. El atraso cambiario resultante es diferente de otros (por ejemplo, el de Brasil) porque es más costoso corregirlo con una devaluación, que en un contexto inflacionario implicaría, menos tarde que temprano, un aumento proporcional de los precios.
La entrada al laberinto en que se encuentra hoy la economía K debe buscarse, entonces, en un momento no tan reciente: en la fecha en que la política económica eligió el camino de inflación alta con atraso cambiario. En el origen del problema está la adopción de la doctrina del Tipo de Cambio Real Alto y Estable (Tcrae). Ese credo postulaba que era conveniente para el país tener niveles de salarios en dólares comparables a los de la India o China, y que eso era posible manteniendo el dólar en niveles muy altos en comparación con los precios vigentes en el país. El dólar de 3 o 4 pesos de 2003 o 2004 que defendían los teóricos del Tcrae generaba un nivel de precios en dólares similar al que hoy se obtendría con un dólar de entre 10 y 14 pesos (según la fecha de que se trate), o la competitividad que hoy se obtendría (dados los movimientos internacionales de precios) con un dólar de entre 7 y 10 pesos. Créalo: en aquella época discutíamos si un dólar cerca de $ 10, a valor hoy, era o no un dólar alto e inflacionario. Claro que lo era.
CONFUSION COLECTIVA?
Padecimos una gran confusión colectiva al adoptar el Tcrae como política oficial? No completamente colectiva. Había entonces una alternativa, y es posible establecer una fecha exacta en la que se decidió no adoptarla. La administración Prat-Gay del Banco Central tenía programada la adopción explícita del sistema de metas de inflación -como el de Brasil, Chile, Australia, entre otros- a partir de 2005, que habría implicado una flexibilidad cambiaria en ambas direcciones, no sólo ascendente. Pero por ese motivo fue reemplazado el 24 de septiembre de 2004 por una conducción más manejable para el dúo Kirchner-Lavagna. De aquel intento de Prat-Gay de adoptar un esquema monetario menos telúrico que el Tcrae sólo quedaron los Informes de Inflación, una publicación trimestral del BCRA que al poco tiempo se transformó en uno de los testimonios más tristes de la manipulación de las estadísticas en la Argentina.
¿De qué sirve esta historia contrafáctica? ¿Para qué imaginar hoy lo que pudimos haber sido y no somos: un país emergente de crecimiento alto, inflación baja y sin cepos asociados al temor a devaluar? Sirve para recordar, la próxima vez, una de las lecciones de Robert McNamara en ese delicioso documental llamado The Fog of War : cuando no estamos seguros como país si estamos haciendo lo correcto, miremos qué hace el resto del mundo. Si estamos haciendo algo muy diferente, sospechemos un poco de nosotros mismos.

De no creer: El increíble equipo que trabaja para la señora

Cuando me llamó Cristina por teléfono, el martes, me asusté. Todavía no había completado un informe que me encargó y temía que me lo pidiera. Pero, por suerte, era para otra cosa. Ya tenía listo su discurso del miércoles y quería saber qué opinaba yo. "Magistral", le dije después de haber oído los principales conceptos: el aumento para los jubilados y el apriete para que nadie se vaya de mambo con la suba de salarios, que podría complicarnos más un año que ya viene difícil.
La verdad es que dije magistral como un acto reflejo: sé que es lo que ella estaba esperando. Odia que la contradigan o que no la aplaudan. En el fondo, lo de los jubilados no era una gran novedad porque es uno de los dos aumentos que estamos obligados a dar todos los años por disposición de la Corte Suprema. Me permití sugerirle que no dijera lo de la Corte, especulando con que muchos no deben acordarse o ni siquiera lo saben. "Arielito -me dijo, con el tono del que le habla a un Carlitos-, no soy nueva en esto."
El tema de los salarios no lo toqué porque no lo entiendo: todos estos años necesitábamos que la gente tuviera mucha guita en los bolsillos y la gastara, y resulta que ahora eso es malo. Tampoco entiendo a un gobierno peronista y progre que no quiere que ganemos más y que se enoja con los sindicatos que defienden la plata de sus trabajadores. Por supuesto, el problema soy yo, que nunca entiendo nada.
Aproveché para preguntarle a la señora cómo se sentía en esta etapa posoperatoria y me contestó que "muy bien, pero cansada". Contó que llevaba días y días estudiando el discurso. Que en Santa Cruz se había dedicado sólo a eso. "Este va a ser un mensaje económico y ya sabés que la economía no se me da fácil", dijo, en una frase que quizá le robó a Boudou. Para peor, le habían pasado un aquelarre de datos y cifras y la pobre se había mareado. Eso se notó después un poco durante la cadena nacional, cuando la vimos enredarse con los papeles y los números. Pero tiene tanto estilo y tanta gracia que hasta los dislates le quedan bien. Por ejemplo, cuando dijo que en estos años nunca había habido pautas salariales, y que los aumentos conseguidos en las paritarias habían sido superiores? a las pautas. Yo la escucho y me maravillo. Una persona con esa presencia de acero inoxidable merece nuestro respeto y admiración.
Por suerte, del informe que me había pedido no me preguntó nada. El trabajo no era sencillo: cuando retomó sus funciones quiso saber qué había pasado dentro del Gobierno durante su licencia. "Quiero una radiografía completa de las internas", me ordenó. Ya se sabe que en nuestras filas la política de alianzas y enemigos es una expresión de las altas políticas de Estado.
Como dije, no fue fácil. Después de recorrer pasillos y despachos, de hablar con medio mundo, me senté con un lápiz y un papel y bosquejé un mapa de ese infiernillo. Me dio más o menos así. El tipo con más consenso es Moreno: lo odian todos. Especialmente De Vido, al que se le ha metido en el rancho y además no lo deja entrar.
De Vido no puede creer lo que le está pasando. Para no quedar fuera de juego, públicamente se muestra enojado con empresarios y sindicalistas, y por supuesto con los medios, y en privado los manda a todos ellos a enfrentar a Moreno. Y les da merca pesada para que lo hagan: si algo no le falta a don Julio es buena información. Moreno, imbatible, se pasea orondo como el verdadero jefe de Gabinete, el que lleva adelante toda la política económica, financiera y energética del Gobierno. Es el estratego y el policía, y sus malos modales empiezan por casa.
Boudou también lo detesta, pero no se le anima y prefiere pelearse con Randazzo, al que por estas horas le hace pito catalán por habérsele adelantado en la jugada de anudar el "automovilismo para todos" (para todos, menos para el Grupo Clarín).
Zannini lo tiene cortito a Boudou, que a su vez le encantaría tenerla cortita a Mercedes Marcó del Pont y no puede. En cambio, Boudou se lleva muy bien con Mariotto, que se lleva horrible con Scioli, que está a las patadas con la Garré. Más o menos como los 125 patólogos de la Presidenta.
Giorgi no lo puede digerir a Moreno, que si le preguntan por ella responde: "Giorgi, Giorgi, me suena...". Tampoco Echegaray puede convivir con Moreno y están en una guerra cada vez menos encubierta. La otra guerra de Echegaray es con Sbattella, el de la UIF. ¿Y Lorenzino? [N. de la R.: Hernán, ministro de Economía, 39 años, oriundo de La Plata, buen muchacho.] Me costó ubicarlo en el mapa. Creo que él tampoco se encuentra.
¿Habla todo este panorama de un gabinete enfrentado, de fuertes divisiones internas, de fractura en el más alto nivel del Gobierno, de luchas intestinas? ¡Nada de eso, señores! Hay dos coincidencias fundamentales: todos están contra Moyano y todos aman a Cristina. Pensándolo bien, me parece que la voy a llamar a la señora y le voy a decir que el informe está completo: me he encontrado con un equipo cohesionado y listo para seguir en combate.
Qué lástima, me dicen que no podré hablar con ella. Que durante unos días estará totalmente encerrada preparando algo clave, fundamental: su próximo discurso.

Paradojas

De los viejos circos itinerantes que levantaban sus carpas durante las vacaciones escolares, recuerdo con nitidez un número que me resultaba tonto y aburrido. Un chino protagonizaba la escena frente a una larga mesa con unos diez platos alineados que hacía girar en orden sucesivo. El desafío consistía en mantenerlos todos en movimiento al mismo tiempo. Cuando daba envión al último, volvía rápidamente al primero evitando así que alguno se cayese. ¿Cuál era la gracia de aquel espectáculo?, me preguntaba aún siendo chico. ¿A quién divertía? Muchos años más tarde, entendí que aquello de los platos en movimiento simultáneo tenía sentido. Era nada menos que la escenificación del desafío (chino?) de la vida cotidiana. Nadie es ajeno a este arte de tener que cuidar en simultaneidad los diversos aspectos que nos constituyen. ¿Ser a la vez hijos, padres, parejas, profesionales, abuelos, amigos, amas de casa, hermanos, no es acaso tanto o más complejo que aquella ostentación del acto circense? 
La ingeniería de la vida no nos da tregua. Ninguna de estas provincias de uno mismo esperan serenas su turno. Las demandas de todos nuestros otros son múltiples. Y las propias también. Vivimos teniendo que compatibilizar tiempos de trabajo, de cuidados de salud, de actividad física, de vida social, de pareja y de familia. Las negociaciones entre las expectativas, las presiones y las genuinas posibilidades nunca nos dejan del todo satisfechos. Pero sí cansados, necesitando, sobre todo en los extremos del año, renovar fuerzas para cartografiar la travesía del siguiente. Y allí, en el diseño de la nueva agenda, se hace evidente una trampa. Elegir es un ejercicio de libertad cuando supone dar lugar a prioridades, a deseos, pero también a regular cantidades, a resignar aquello que no calza con comodidad. Sin renuncia no hay elección, hay un acopio voraz que resulta indigesto, excesivo. 
La negación de nuestras limitaciones a la hora de planear se paga con deserciones, con agotamiento, con frustración, con un balance que inevitablemente termina en rojo, con saldo deudor. Allí entra a tallar la culpa, práctica bastante ejercitada en nuestra cultura, como si cuando algo falla hubiera que localizar indefectiblemente un verdugo y una víctima. Culpar a otros o a uno mismo se ha convertido en una categoría infaltable a la hora de pensar.
El aumento de tensión que generaba el performer del circo en el espectador era el efecto buscado: inquietar, alterar los niveles de adrenalina y hacer sentir vértigo. La amenaza del desmoronamiento inminente duraba tanto como el número mismo.
Pero en la vida real, es aconsejable no olvidar que la naturaleza enigmática y compleja del ser humano introduce algunas variaciones al juego. Perder el equilibrio y hacerle lugar a lo imprevisto, a lo incierto, a lo nuevo, es un desafío con potencialidad transformadora. No siempre aquello que sorprende llega asociado a lo deseable y auspicioso. Ciertos impactos adversos, como puede serlo una enfermedad, también son capaces de producir cambios significativos en el modo de encarar la vida. Lo insospechado también puede ser inaugural y fundante, como por ejemplo la voz colectiva y fraterna de la indignación ante lo injusto.
Desconocer la riqueza de la complejidad empobrecería la lucidez y la sensibilidad necesarias para trazar un camino. En él, tanto el movimiento como su falta pueden ser nutrientes valiosos. Tanto el placer de sostener un ritmo con continuidad, como la sorpresa de aquello que irrumpe inesperadamente nos constituyen subjetivamente. Quizá se escondan allí, en las paradojas, los encantos menos explorados de nuestra ecología vital.

viernes, 3 de febrero de 2012

Idiosincrasias de la economía política del cristinismo

El cortoplacismo , la ausencia de una mirada estratégica y la obsesión por la acumulación del poder personal han sido características fundamentales de la cultura política argentina. Por ello, el país ha fracasado en construir un sistema político-institucional estable, previsible y transparente, con capacidad para procesar las demandas de la ciudadanía, aprovechar el potencial de nuestros recursos humanos y naturales, y amortiguar los potenciales efectos negativos de un entorno global siempre desafiante y complejo.
Aun con un aparato estatal que representa casi el 40 por ciento del PBI la Argentina es incapaz de proveer los bienes públicos indispensables (seguridad, justicia, educación, salud, infraestructura básica, cuidado del medio ambiente) para generar mecanismos efectivos de integración y movilidad social ascendente. Gastar mucho no implica gastar bien, en particular cuando se ignoran los estándares internacionales de administración pública. Los desafíos que el país tiene e ignora hoy son los mismos que tuvo e ignoró en el pasado. Contradiciendo la retórica estatista del Gobierno, el sector público sigue siendo parte del problema y no de la solución. Los pacientes usuarios delSUBE son los últimos testigos de este flagelo.
En este sentido, el kirchnerismo primero y el cristinismo en la actualidad reconocen genuinos y evidentes lazos de continuidad con múltiples experiencias políticas previas: peronistas y no peronistas, democráticas y autoritarias. Los frecuentes esfuerzos por autodefinirse como expresiones de ruptura con el pasado no alcanzan para borrar los rasgos en común. Ya demostró Eric Hobsbawn que las tradiciones y las identidades se inventan en general desde el poder, fundamentalmente cuando se exacerban valores patrióticos y nacionalistas (http://www.nationalismproject.org/what/hobsbawm.htm ).
Tampoco se trata de un fenómeno estrictamente argentino. En un importante libro reciente, los profesores Bruce Bueno de Mesquita y Alastair Smith, de la New York University, identifican un conjunto de reglas básicas que han caracterizado históricamente el comportamiento de múltiples líderes políticos: limitar al extremo los círculos de confianza, asegurarse de que ningún aliado sea irreemplazable, controlar el flujo de recursos públicos acumulando mucha fortuna personal, dividir la riqueza para favorecer a los aliados y evitar tener que depender de sus aportes. Es cierto, la hipótesis de los autores es sumamente cínica: sostienen que el principal, si no el único objetivo de los líderes, es permanecer en el poder. El título del libro es provocador: El manual de los dictadores: por qué es casi siempre políticamente beneficioso hacer las cosas mal The Dictator's Handbook: Why Bad Behavior is Almost Always Good Politics , New York, Public Affairs, 2011).
Los autores también afirman que las sociedades que pretenden ser democráticas deben construir anticuerpos contundentes para minimizar los efectos depredadores de los liderazgos hegemónicos puesto que, de lo contrario, la libertad y los derechos individuales estarían amenazados. En particular, se debe evitar la perpetuación de los líderes y la instalación de partidos únicos con reglas de competencia que aseguren la alternancia en el poder. Es lo contrario de lo que insinúa el Gobierno con la reforma constitucional.
Como consecuencia de sus graves disfunciones político-institucionales, la Argentina tiene hoy una pésima reputación en el mundo de los negocios por los cambios permanentes en las reglas del juego, la discrecionalidad de los funcionarios, la falta de transparencia y de políticas anticorrupción, la mala calidad de la regulación y la escasísima credibilidad de la Justicia. Es esta la causa central de los problemas de competitividad, junto con el atraso cambiario. Incluso antes de las últimas medidas proteccionistas y de la modificación en los requisitos de capitalización de los bancos, una de las principales instituciones financieras del mundo recomendaba a sus clientes deshacerse de todas las acciones de empresas argentinas, dada la incertidumbre que caracterizaba el entorno de negocios.
En este contexto, es una pena que el Gobierno no se anime a defender públicamente laimportancia estratégica de la minería. Esta actividad está intrínsecamente ligada a la historia de América latina y del capitalismo. Se puede aprender de los errores y de los éxitos de esa dilatada experiencia y asegurar los mejores estándares medioambientales existentes en países desarrollados con auditorías independientes y controles efectivos. Asimismo, las comunidades locales deben asegurarse de que existan programas público-privados que permitan que los habitantes se beneficien en forma directa y sustentable de la riqueza generada. Sería lamentable que la desinformación, el oportunismo, la demagogia y un falso fervor participacionista, patriotero y xenófobo opaquen los efectos positivos de la actividad e impidan que el corredor cordillerano se convierta en un motor de desarrollo similar a la pampa húmeda. Nótese que Chile tiene 17 millones de habitantes, una población casi similar a la de las áreas pobres de los principales manchones urbanos del país. En otras palabras, la minería puede contribuir a mejorar la distribución poblacional y a resolver el problema de la pobreza en la Argentina.
La renuencia al debate expone con mayor contundencia el anacronismo que caracteriza la visión y los instrumentos que promueve el Gobierno. Un importante diplomático advertía esta semana, no sin sorpresa, que "todos sabemos que la inflación, el proteccionismo y el intervencionismo exacerbado tienen efectos negativos. ¿Cómo puede ser que una persona informada e inteligente como Cristina crea lo contrario?"
En efecto, en el "mundo del derecho" en el que cree vivir la Presidenta no existe la inflación, y el proteccionismo es la mejor forma de cuidar el empleo y el superávit comercial. Si el aumento generalizado de precios fuera sólo el 9 por ciento que reporta el Indec, deberíamos estar debatiendo un programa de estabilización. Es lo que sucede en Brasil o Uruguay, donde están preocupados con un índice de 6%. O en China, donde se implementó recientemente un serio ajuste cuando la inflación alcanzó ese umbral.
Sin embargo, el aislamiento cultural y la notable falta de interés frente a lo que opina la comunidad internacional de las decisiones del Gobierno se expresan más claramente en la profundización de las medidas proteccionistas. Aun cuando no haya que ser ingenuo en materia comercial y suponer que los países cumplirán a rajatabla con las normas definidas en los tratados internacionales, ¿pueden violarse acaso la letra y el espíritu del Mercosur y las reglas de la Organización Mundial de Comercio (OMC) sin contemplar consecuencias negativas para el país? Aun si este fuera el caso, ¿supone la Presidenta que se pueden sustituir y financiar rápida y localmente con precios y estándares de calidad comparables los productos que hasta ahora se venían importando, sin crear cuellos de botella y problemas de logística? Tal vez se trate de una táctica transitoria: "En abril veremos qué pasa", reflexionaba esta semana un funcionario del Gobierno. Pero las consecuencias en términos de imagen y los costos que deberán asumir los agentes económicos afectados tendrán repercusiones mucho más duraderas.
En este sentido, tal vez el papel de Alicia Castro no deba circunscribirse a la normalización de las relaciones con Gran Bretaña en medio del fuego cruzado, por suerte sólo retórico, del conflicto de Malvinas. Tal vez, luego de la extravagante sugerencia de Guillermo Moreno a las aerolíneas internacionales para que incrementaran sus compras de productos argentinos, incluyendo la lencería que utiliza el personal de a bordo, la ex embajadora en Venezuela esté particularmente capacitada para explicarle al mundo el Frente para la Victoria's Secret, o la peculiar economía política del cristinismo.

jueves, 2 de febrero de 2012

UNO DE MIS ODIOS MAS FORJADOS: LA ESCASEZ

Odio pocas cosas.

            La escasez es una de ellas.

            Sé de qué estoy hablando. Nací literalmente en el campo, donde había poca agua caliente, y mi mamá lavaba la ropa a la intemperie. Mi viejo, comerciante por esa época, trabajaba de lunes a la manaña a domingos al mediodía. Nunca faltó la comida, pero había poca plata para lo demás: los paquetes de figuritas se compraban de a 1, los circunstanciales helados eran de los más chicos, en la peluquería me cortaban bien corto, y como mi vieja sabía cocinar como la mejor, en casa se comía de órdago. Mi sueño infantil y adolescente, la bicicleta, recién se concretó cuando cumplí 12 años... y la bicicleta era usada. Nadie me tuvo que explicar que había que trabajar, cosa que hago desde hace más de 30 años. Me "salvó" la educación pública.

            Odio la escasez porque me desgarran sus manifestaciones: que haya que trabajar tanto para mantenerse uno y su familia; el rostro que se contrae al escuchar el precio de un producto que no se puede comprar; el ruego de un familiar para que uno le envíe la ropa que le sobra; la angustia de quien no sabe cómo va a pagar una deuda; el pibe que mira de reojo el juguete de su compañero; la mudanza involuntaria a un barrio más pobre o más alejado; el chico que va a la escuela porque allí se almuerza; la venta de un objeto querido para seguir comiendo; la prostitución en cualquiera de sus múltiples manifestaciones.

            Odio la escasez como el médico odia la muerte y el psicólogo el inconciente. Pero como ellos, desplazo mi bronca humana desde la búsqueda de culpables (agarrándomela con Adán y Eva ningún pobre va a dejar de serlo) hacia la búsqueda de soluciones. Sé que, en la Tierra, es imposible que la escasez y la muerte desaparezcan (no pensarlo así sería una herejía); por eso me concentro en la búsqueda de aquellas condiciones bajo las cuales la escasez al menos se minimiza.

            Por eso estoy de acuerdo con Alfred Marshall cuando dijo que el buen economista pone la cabeza fría al servicio del corazón caliente. Sin corazón caliente la brújula profesional se desorienta, y nos da lo mismo si por un caño pasa agua potable para abastecer a una población, o gas para matar gente; sin cabeza fría caemos en lo que tan bien, lamentablemente, documenta la historia de nuestro país desde la Segunda Guerra Mundial en adelante: que por ignorar la escasez, en el nombre de que nos repugna, no no conformarnos con lo mejor de lo posible, y terminamos mucho peor de lo podría haber sido.

            Debido a la escasez no vivimos en el Paraíso; pero esto no quiere decir que vivamos en el Infierno. Mejor dicho: en cada momento Paraíso e Infierno coexisten. En este momento, en algún lugar del mundo están ocurriendo cosas hermosas (un bebé que nace, 2 que se enamoran, un equipo que hace un gol, un libro que se encuentra, un cielo sin nubes, 2 amigos que se vuelven a ver, un enfermo que sana) y cosas terribles (un asesinato, una separación, un tifón, un desprecio, la pérdida del trabajo, una intervención quirúrgica).

            Por esto, tanto en lo personal como en lo profesional mi odio a la escasez no me inmoviliza. Por el contrario, le saco el mayor jugo posible a cada instante de mi vida, animo a los demás a que lo hagan, y me solidarizo con quienes hoy sufren más peleando y trabajando por ellos, no amargándome (¿qué le mejora al enfermo de un hospital, si un domingo como él no puede salir a pasear yo tampoco lo hago?).

            Según mi propia experiencia, y la de algunos que me lo enseñaron, no es necesario que desaparezca la escasez para que la vida sea una fiesta. Lo que sí es necesario es luchar: en el corto plazo uno es esclavo de las circunstancias, en el largo plazo no. Y cuál de los futuribles se convierte en realidad, en buena medida depende de uno.

            Cuando muera (dentro de mucho tiempo, espero) la escasez va a seguir existiendo, la voy a seguir odiando y también la voy a seguir combatiendo. Y espero que usted también.

            ¡Animo!

miércoles, 1 de febrero de 2012

Cuando la economía se encoge crecen los enemigos

Hugo Moyano y la familia Eskenazi se han visto, seguramente, pocas veces en la vida. El dirigente gremial y esos empresarios son ahora, sin embargo, víctimas de la misma mutación: están siendo odiados por quienes antes los amaban. ¿Cambiaron ellos? ¿Hicieron algo nuevo y sorpresivo? No, al menos a simple vista. Cambiaron, en contraste, los objetivos del Gobierno y los protagonistas centrales y decisivos de la administración. Lo que antes era necesario ya no lo es ahora. Las prioridades son otras, además, cuando la economía parece entumecerse, extenuada por la larga juerga de los últimos años.
Moyano fue imprescindible para el kirchnerismo. El jefe de uno de los sindicatos más poderosos le dio el apoyo popular (y de poder) que las urnas le retacearon al mandato inicial de Néstor Kirchner. Luego, se convirtió en un aliado indispensable para el primer mandato de Cristina Kirchner, que incluyó la corrosiva contienda con el campo. Moyano formó parte de las soluciones a esos conflictos políticos, pero ahora parece formar parte del problema.
Escasean las buenas noticias económicas. Los atriles presidenciales de otrora, llenos de regalos como árboles navideños, se transformaron en escuetos comunicados de ajustes sobre ajustes. Tarifas, precios, impuestos. Todo sube o subirá. La inflación, alta de antemano, acecha entre tantos aumentos actuales. Merma la demanda de empleo, sobre todo en la industria. Según un estudio del economista José Luis Espert, la desocupación actual ronda el 11 por ciento, muy lejos del 6,7 por ciento anunciado por la Presidenta.
La única solución que encontraron los gobernantes para frenar una escalada inflacionaria es la de moderar los aumentos salariales de este año. Proyectan un porcentaje promedio de subas de salarios por debajo de la inflación por primera vez en los años kirchneristas. Moyano es parte de ese problema, porque el jefe cegetista ya comunicó que no aceptará esa política. Inflación de supermercado. Ese es el medidor de Moyano. Es, también, la diagonal que encontró para decir que no le cree al Indec ni a las propuestas salariales del Gobierno.
La pérdida de influencia de Julio De Vido significó también para Moyano la desaparición del último interlocutor confiable que tenía en la administración desde la muerte de Néstor Kirchner. Ya no tiene a nadie a quien quejarse o con quien acordar. Para peor, el influyente Máximo Kirchner lo combate al líder de los camioneros desde los tiempos en que su padre era presidente. Cristina Kirchner cree, a su vez, que la victoria electoral es suficiente para llevar adelante un gobierno personal. El día a día de una administración, cohabitando con los sectores sociales, le es absolutamente ajeno a su cosmovisión política. Encima, Moyano nunca fue un aliado fácil, ni siquiera cuando entraba al despacho presidencial sin golpear la puerta. La colisión estaba anunciada entre tantas contradicciones. Faltaba que sucediera. Sucedió.
CAMBIOS
La familia Eskenazi pasó a integrar, en el nuevo campo de batalla, el bando de los adversarios junto con los españoles de Repsol. La incorporación de los Eskenazi a la propiedad de YPF fue una solución acordada con Néstor Kirchner, cuando el gobierno kirchnerista se preocupaba por la oferta de energía. La energía ya no es una prioridad, aunque su escasez es creciente. Los dólares tienen ahora la primacía. No podría ser casual que el disparo de largada del conflicto haya sido, precisamente, la decisión de los Eskenazi de votar junto con los españoles para que se repartieran las ganancias de YPF entre sus dueños. El representante del Estado votó en contra, sorpresivamente. Los Eskenazi no tenían alternativa: su compromiso, avalado en su momento por el gobierno del ex presidente muerto, consiste en pagarle a Repsol con sus dividendos la compra de acciones de YPF.
El conflicto existía desde antes. Ya en los últimos meses del año pasado Cristina Kirchner había hecho en Olivos una evidente diferencia en el trato con Sebastián Eskenazi, el CEO de YPF, en favor entonces del banquero Jorge Brito. Fría con Eskenazi, cálida con Brito. Después, cuando comprar dólares se convirtió en otro delito de traición a la patria, Brito cayó también en desgracia por hacer lo que hacen todos los banqueros. Repartir ganancias en dólares (gran parte de las cuales, las de Repsol, fueron giradas al exterior) también es ahora una deserción a la patria.
INVERSIONES
Es cierto que hay un problema de inversión en el sector energético, pero no es menos cierto que es una consecuencia de las políticas populistas del oficialismo. Las petroleras con pozos gasíferos en la Argentina perciben sólo una quinta parte del precio que el Estado paga por el gas importado. Varias empresas productoras de gas se han ido del país en los últimos años. Repsol y los Eskenazi deben cumplir ahora el papel de culpables, que el Gobierno no asumirá nunca, por la decadencia energética argentina.
Cristina Kirchner oye una sola campana, las de sus funcionarios, y con ese repiqueteo ordena sus discursos. Ha llegado muy lejos en los últimos tiempos, cuando se refirió a los españoles recordándoles las épocas del virreinato. En tales párrafos se pareció más a Evo Morales que a su marido. Esos perdigones verbales llegaron a Madrid. "Estamos dispuestos a discutir los problemas de ahora y del futuro, pero no la historia de hace 500 años", dijeron en la capital española. Las escaramuzas con los empresarios españoles (y, por lo tanto, con el gobierno español y con su monarquía) explican también por qué Carlos Bettini, el embajador argentino en Madrid y amigo personal de la Presidenta, no está en el nuevo gobierno de Cristina Kirchner, contra todos los pronósticos. Bettini no suscribiría nunca ni las políticas ni las palabras de su vieja amiga.
Patrullas kirchneristas dormidas de las estatizaciones se han despertado de pronto. El Gobierno calló cuando se conoció la noticia de que estaría estudiando la nacionalización y estatización de YPF. Tal vez se trate del conocido método de presión del kirchnerismo; tal vez, no. Sea como sea, la producción energética no mejorará si la controla el Estado argentino, como no mejoró ninguna empresa estatizada durante el kirchnerismo. Una sola cosa sería distinta para el gobierno. YPF es la principal empresa del país y, por lo tanto, la que más factura, ya sea en pesos o en dólares. El círculo se vuelve a cerrar: lo que importa ahora son los dólares que faltan en una economía que se encoge.