martes, 29 de octubre de 2013

Ciclos que terminan... O no.

Por Ariel Torres

Tras los resultados del domingo último, estamos asistiendo –tras 12 años- al ocaso del ciclo político kirchnerista. Indudablemente, se convirtió en uno de los ciclos más largos de la historia política del país. Es normal y saludable que llegue a su fin.
La pregunta en este caso es si ese fin de ciclo político implica el fin del ciclo económico, lo que me mueve a los siguientes interrogantes:
Primero y fundamental será imaginar como seguirán estos dos próximos años, con los desequilibrios que acumula la macroeconomía, que no son pocos, a saber:

Segundo y no menos importante será saber si el actual es un modelo de desarrollo que el país mantendrá después del gobierno actual.
En términos económicos es insostenible la situación actual. Más inflación, más controles cambiarios, más restricciones a las importaciones, más déficit energético, más déficit fiscal, impiden el crecimiento y la generación de empleo. Por lo tanto, resulta obvio que más temprano que tarde será necesario un plan integral antiinflacionario que tome en cuenta todos estos aspectos y que redefina la relación de la economía con los mercados externos, ya el país necesita recuperar la entrada de dólares para seguir financiando la actividad económica. Y no estoy hablando de dólares para crecer, sino de dólares para no entrar en recesión, que no es lo mismo.
En este contexto, las medidas por venir deberían tener como objetivo conseguir dólares, dado que se trata del bien escaso en la economía de hoy. Pero para esto se deberían tomar decisiones que incluyen mejorar la competitividad, bajar la inflación, reducir el déficit fiscal, promover inversiones en energía, cerrar la brecha cambiaria, y varias más.

Se trata nada menos que de hacer lo que hay que hacer. El cuando y el cómo son cuestiones de un análisis bien profundo, a contramano de las medidas desesperadas de este Gobierno, en los últimos dos años.

Porqué el Cuándo: porque difícilmente antes que reasuma sus funciones la Presidente de la Nación, veamos al ministro Lorenzino con su gabinete atrás anunciando medidas económicas con el respaldo del Vicepresidente. No es una foto que hoy podamos imaginar.

Tampoco es de esperar un giro copernicano. Por lo tanto las medidas que vengan van a ser de más controles y restricciones, algunas también contradictorias, ya que darán más para hablar en los medios que para resolver problemas reales de la gente.
Habrá nuevas restricciones y controles que generarán mal humor y, con menor poder político, lo más probable es que se impongan más normas desde la teoría pero que nunca lleguen a cumplirse. Pongamos por ejemplo que se defina alguna nueva restricción al uso de tarjetas al exterior previo a las vacaciones de verano. No es difícil pensar el mal humor que va a generar, no solo en la población, sino que la reacción de los candidatos ganadores de la última elección deberá ser contraria a este tipo de medidas.

Porqué el Cómo: porque evidentemente las medidas serán parciales y descoordinadas hasta que finalmente se anuncie un plan integral, previo la asunción de un nuevo equipo económico. Pero me temo que para esto hará falta que la economía se complique aún más.

Imposible que haya cambios por convicción, sino más bien por debilidad y necesidad, por lo que va a tardar varios meses en llegar. En el medio, existirán las oportunidades financieras que toda inestabilidad macroeconómica genera, puesto que la clase media seguirá comprando autos y pasajes y la clase más baja tratando que la inflación no le siga comiendo el bolsillo, ya que los aumentos salariales terminaron y los precios siguen subiendo. No descarto que los reclamos de alguna bonificación a fin de año para los trabajadores, vaya tomando alguna forma.

Así las cosas, por ahora todo seguirá más o menos igual. Una economía con bajo crecimiento, sin generar empleo y con cada vez mayores e intensos desequilibrios. Es una situación tan obvia, como obvio es que eso no ocurrirá en el corto plazo. El Ministerio de Economía seguirá sin un liderazgo claro y las internas estarán al orden del día. Por lo tanto, cabe esperar que haya medidas parciales como la que hubo hasta ahora, basadas en mayores controles y restricciones. No sabemos cuáles, sólo sabemos que traerán más problemas que soluciones.
Un tipo de cambio turístico, más impuestos al exterior, límites a las tarjetas de crédito son todo un combo de medidas de corto plazo que tienen un solo objetivo: que la corrección que necesita la macroeconomía no la haga este gobierno, sino el que viene.

Sin poder político, el gobierno va a tomar medidas de mayor intervención, sólo que cada vez con menores resultados. Con una situación macroeconómica como la actual, difícilmente logre hacer la plancha por dos años. Y esa es la pelea política que se le viene.
CFK tratará de trasladarle al próximo las correcciones de los desequilibrios que su gobierno ha generado. Sin embargo, el costo de solucionar los desequilibrios existentes los tendrá que asumir ella, en un contexto adverso. Dos años es demasiado tiempo para patear la pelota.
Será en la negociación política de  donde se dirimen los tiempos de las correcciones macroeconómicas, puesto que la economía seguirá acumulando problemas si no se los corrige a tiempo, y eso es algo que el que pretenda suceder a este gobierno debe tenerlo muy en claro.

Hay dos temas claves: las reservas del BCRA, que siguen y seguirán bajando; y el valor del dólar blue, que seguirá subiendo y ampliando la brecha con el oficial.

Son tiempos de un debate un poco más estructural. Seguirá creciendo la economía argentina en base al consumo interno y el gasto público? Nuestro país continuará cerrado al mundo? La economía argentina ya pesa la mitad de su propio PBI anual, siendo el más alto de América Latina y uno de los más altos del mundo. Los interrogantes tales como si podrá sostenerlo mucho tiempo más, siguiendo con un dólar artificialmente bajo, y poniendo trabas a todo tipo de actividad económica, o si el Estado continuará avanzando en empresas de sectores claves, impidiendo entrar al sector privado nuevamente, son preguntas que hoy ni siquiera están sobre la mesa de los políticos. Desde la oposición se dice querer lo mismo, sólo que más prolijo. Pero no es seguro que eso sea factible.

Lo he dicho varias veces: no es el momento de debatir el problema estructural de la economía de Argentina hoy, pero sería interesante que, más allá de ver cómo se acomodan los principales problemas macroeconómicos, empecemos a debatir qué modelo de crecimiento económico queremos y podemos tener. 

Y qué estamos dispuestos a hacer para lograrlo.


miércoles, 23 de octubre de 2013

Inflación y Crecimiento: dudas y certezas

Por Ariel Torres



Allá por fines de los 80, cuando estaba próximo a graduarme, no me hubiera imaginado jamás que más de 25 años después seguiríamos discutiendo si la estabilidad de precios y el crecimiento económico son en sí mismo alternativas. Sin embargo, dadas la política económica de este gobierno y, más precisamente, las palabras recientes de CFK en el sentido de que no hay metas de inflación, pero sí de crecimiento, me obligan a resucitar un tema que está inexorablemente superado tanto en la teoría como en la práctica de la economía mundial.
Si algo hay que destacar en este tópico, es que la inflación ha dejado de ser un problema para la inmensa mayoría de los países del mundo, desarrollados o no, puesto que son apenas 10 los que tienen más de 10% de inflación, entre los cuales están la Argentina, Venezuela, Belarús y siete países africanos. El resto de los países, tiene niveles de inflación inferiores al 10%, y la mayoría, inferiores al 5 por ciento.

Está tan generalizada entre nuestros gobernantes la idea de que para bajar la inflación hay que enfriar la economía, que resulta urgente anoticiarlos de que esa idea atrasa por lo menos 30 años. En los años 70 la visión monetarista, en ocasiones llamada ortodoxa, planteaba que para lograr la estabilidad era necesario aplicar una restricción monetaria, subir las tasas de interés y congelar el tipo de cambio, generalmente después de una fuerte devaluación. Estas propuestas, impulsadas por el FMI, fracasaron en casi todos los países donde se implementaron, incluida la Argentina, porque después de un período de relativa estabilidad sobrevenían los problemas en la actividad productiva, agobiada por las altas tasas de interés y el atraso cambiario. Generalmente, el fin del experimento llegaba cuando las deudas privadas arrastraban a la quiebra a los bancos y había que emitir dinero para cubrir a los depositantes y, en medio de una corrida cambiaria, volver a devaluar. Una película conocida y sufrida por todos.
 A contramano de esta visión monetarista, también por esos años, estaban los que pensaban que la inflación era el resultado del desequilibrio entre las pujas sectoriales, incrementado por las expectativas fuera de control. Las pretensiones de asalariados, de empresarios y del gobierno resultaban incompatibles, y generaban aumentos de salarios, de precios, de tarifas y de tipo de cambio, acelerando el proceso inflacionario. Cada sector que obtenía el aumento deseado estaba satisfecho sólo unos meses, hasta que el siguiente sector lograra el suyo. Con el tiempo, cada sector aprendió que debía pedir más de lo que realmente necesitaba, para anticiparse al reclamo del otro; así se llegaba a la aceleración de la inflación y, eventualmente, antes del descalabro fiscal y externo, y ante la caída de la demanda de dinero, a la hiperinflación.
A raíz de esta especie de River-Boca de teorías económicas -si se me permite la licencia futbolera- surgió la denominada "política de ingresos", entre cuyos impulsores locales se destacó Carlos Moyano Llerena, un muy prestigioso profesor de política económica de la Universidad Católica Argentina, cuya cátedra fue la piedra fundacional para los rudimentos de lo que hoy denominamos "metas de inflación" en Argentina. O al menos, los que no nos sonrojamos al mencionarlas como política.
La implicancia primaria es que para bajar la inflación no hace falta frenar la demanda por la vía monetaria -con su obvio impacto recesivo- sino coordinar los reclamos de cada sector para hacerlos compatibles con la oferta total. Si los empresarios, los sindicalistas y los responsables de la política cambiaria, monetaria y fiscal llegaran gradualmente a un acuerdo sobre la forma de distribuirse el ingreso nacional, no tiene por qué seguir habiendo tanta inflación. Pareciera sonar idílico, pero es perfectamente viable.
Las metas de inflación como política económica, introducen tres elementos que constituyen un decisivo perfeccionamiento sobre las propuestas de la política de ingresos: el gradualismo, la publicidad de las metas y el posterior monitoreo obsesivo y transparente de las tendencias inflacionarias.
Un poco de historia para comprender mejor los hechos: las metas de inflación propiamente dichas nacen en Nueva Zelanda en los años 90 y son aplicadas con éxito en muchos países para reducir inflaciones entre los 15 y 25%, entre ellos, Inglaterra, Canadá, Israel, Turquía y, en nuestro continente, Chile, Perú, Uruguay y Colombia. La lógica central es el acuerdo entre los sectores económicos acerca de una muy gradual reducción de la inflación, consistente con la expansión monetaria deseada por el gobierno, y con su política fiscal, cambiaria y tarifaria. Fijadas esas metas se establece un monitoreo de todos los precios, y reuniones semanales de una comisión de seguimiento de la inflación, que se crea especialmente.
De esta manera, simple pero seria, no hay grandes cambios de precios relativos, provocados por sucesivas devaluaciones, aumentos de precios, de salarios, de tarifas, ni nada por el estilo. Tampoco es necesario subir las tasas de interés, ni congelar el tipo de cambio o las tarifas. La idea central es generar un “suave aterrizaje” de reclamos para ir bajando la inflación, y lograr que las expectativas vayan descendiendo gradualmente en las metas establecidas por todas las áreas del gobierno, pero consensuadas con todos los intereses privados.
Naturalmente, no todos los países pudieron implementarlo de la misma eficaz manera, ya que el sistema funciona muy bien si hay credibilidad y consenso, pero en política esas condiciones no abundan. Hay ejemplos que nos permiten –para ser justos en esta columna- desacreditar esta política. Allí lo pongo a Brasil, que en los últimos años, tuvo que echar mano a recursos ortodoxos (subir las tasas de interés) porque no se lograba la meta de inflación preestablecida. Si mi opinión es válida para ustedes que me leen, permítanme expresar que esa meta del 4,5% anual es demasiado ambiciosa e inconsistente con la situación fiscal, especialmente de las economías estaduales.
El resultado fueron tasas de interés muy altas, que provocaron un ingreso extraordinario de fondos especulativos, lo que a su vez provocó tensiones inflacionarias que reforzaron las distorsiones entre la macroeconomía y las metas establecidas. Esta más que claro ya, que no sirven las soluciones monetarias para los desequilibrios fiscales, en las economías emergentes. Y Brasil es la quintaesencia de las economías emergentes, a pesar de ser la 6ta. del mundo.
Dejando de lado la realidad carioca, el resto de las economías del continente muestran resultados muy positivos y compatibles con altos niveles de crecimiento en los últimos 5 años. También la evolución de la economía argentina durante los primeros años de esta década confirma que crecer y contener la inflación son objetivos no sólo compatibles, sino complementarios. En esos años, hasta 2006, se logró crecer a tasas del doble de las actuales, con una inflación tres veces menor. Impactante para propios y extraños, pero desafortunadamente, en 2007, con la intervención del Indec, comenzaron los desvíos fiscales y la anarquía de expectativas inflacionarias, que reinició la carrera de precios y salarios, perjudicando tanto a empresarios como a trabajadores.
Pero que obviamente beneficia al Gobierno, que es quien recauda el impuesto inflacionario. Y también a las entidades financieras, como queda muy claro en la evolución de sus balances y en las cotizaciones bursátiles, contradiciendo de manera rotunda el discurso productivista del Gobierno.

En un escenario de inflación descontrolada, la distorsión de los precios relativos es muy grande y consecuentemente surgen temores a salariazos, tarifazos o megadevaluaciones, lo que ahuyenta la inversión productiva. Sin inversiones no hay aumentos de producción ni de productividad. Tanto el empleo como los salarios dejan de crecer, más allá de la ilusión que se genera con los aumentos nominales de salarios. También la inversión extranjera huye de los países con alta inflación, porque generalmente ésta viene acompañada de políticas intervencionistas, restricciones cambiarias  y fuertes devaluaciones. En consecuencia, no hay ninguna razón para esperar que un país crezca más con inflación, ni mucho menos que aumente el bienestar de sus habitantes, especialmente de los que dependen de ingresos fijos, como asalariados y jubilados.
Nunca es tarde para adoptar lo mejor de esta política de metas, adaptada a nuestra realidad, y así lograr bajar muy gradualmente la inflación sin generar recesión ni el atraso cambiario que hoy está asfixiando a las economías regionales. Por supuesto que el primer paso sería recrear estadísticas creíbles y honestas, como las que teníamos hasta fines de 2006. Mal podríamos acordar bajar la inflación del actual 29% a un 18% en 2014 si el organismo oficial dice que la inflación es del 12 por ciento.
Es ya un sostenido fracaso el camino elegido por el Gobierno para bajar la inflación, basado en los controles y los telefonazos, acercándose cada vez más -aunque no quiera reconocerlo- a las perimidas recetas monetaristas de aquellos 70: restricción monetaria, aumento de las tasas de interés y atraso tarifario y cambiario.
Los argentinos, especialmente los mayores de 40, ya sabemos cómo termina esta historia.


lunes, 21 de octubre de 2013

La inevitable realidad de Olivos

Por Ariel Torres



Tengo una imagen recurrente por estos días. Imagino a CFK, en la soledad de la quinta presidencial, librando un combate sin testigos, mientras el país transita un inquietante y raro paréntesis a las puertas de las elecciones legislativas. Una especie de batalla de trámite secreto y resultado -como mínimo- incierto, del que depende, sin embargo, lo que ocurra en la Argentina después del domingo 27. Una lucha con su propio relato, que se dirime en su interior e involucra tanto su mente como su cuerpo.
La contradicción que se ha hecho presente en el propio seno de la Presidenta es bastante anterior a la aparición de los problemas de salud que la llevaron a la Fundación Favaloro. Quedó en evidencia tras el resultado de las PASO, lo que fue para ella un primer baño de realidad. En la noche de ese domingo de agosto, comenta su círculo íntimo, lloró de rabia por aquella derrota electoral que no esperaba y que contrarió su ambición de poder perpetuo. Cuando volvió al ruedo, su discurso osciló entre la reafirmación de su proyecto épico y un despecho que trasuntaba una sorda resignación.
Los hechos y dichos posteriores indican que prevaleció en CFK ese músculo que se tensa ante la dificultad y el error. Estaba en medio de esa pulsión que le exige apretar los dientes y redoblar la apuesta, cuando llegó el mensaje perentorio de su cuerpo. Fue un segundo baño de realidad. Una alerta aún mayor, que de pronto y sin apelación posible le reclamó aquello de lo que adolece y que nadie en su entorno político se atrevió a pedirle jamás: calma y sosiego.
Intuyo que en estos días de retiro forzado la Presidenta se verá enfrentada, sin máscaras ni maquillaje, al espejo. Imagino que tal vez baje la guardia y confronten en ella las partes en pugna. Por un lado, aquella que sigue aferrada a su fiebre de poder. Por el otro, aquella que sospecha que su cuerpo le vino a decir lo que su mente se niega a aceptar: que todo tiene un límite, incluso sus fuerzas, y que su ciclo se apaga en una inexorable curva descendente.
No quiero ni puedo imaginar lo que debe ser para CFK atravesar esta especie de período de abstinencia que le han ordenado los médicos. Sus funcionarios, planetas que han perdido su órbita ante la ausencia súbita del sol, ha perdido ya el centro que los sostiene. Pero si Zannini y Parrilli se lo permiten -algo dudoso, ya que todas las decisiones de gobierno han pasado siempre por su jefa- quizá Cristina advierta que, ante la probable derrota del kirchnerismo en las elecciones, sólo tiene dos caminos: se allana y acepta la realidad o se rebela contra ella, presa de su obstinación.
Sin ánimo de exagerar, pedirle peras al olmo creo que es más pensable que esa aceptación de la realidad. Los que hemos buceado en su intelecto sabemos muy bien que ella no concibe la idea de transición, pero la realidad no se anda con contemplaciones y la transición, a su pesar, ya empezó, aunque la disimulen muchos de los políticos que han convertido el peronismo en un hervidero de lealtades vacantes.
Paro atención: así como el boxeador se resiste a caer sin intercambiar golpes, aunque éstos no lleguen a destino, siempre está la posibilidad del Relato, para rebelarse contra la realidad. Es posible que ni la abstinencia le permita a Cristina comprender lo evidente: el discurso que alguna vez dio vida y fuerza al kirchnerismo hoy lo está matando, además de las graves consecuencias para el país. Es difícil apelar al relato después del Indec, de Milani, de las asignaciones clientelares que refrendan la pobreza, de la tragedia recurrente de los trenes, de Once.
Se habrá enterado CFK que el relato ha quedado otra vez desnudo de manera patética por la serena intransigencia de una agente de tránsito de sólo 22 años que, en cumplimiento de su trabajo, simplemente dijo que no? Lo suyo fue un no a la soberbia, a la prepotencia, al abuso de poder, a la manipulación vana de la memoria, a un Cabandié que -como muchos aún- persisten en el error. Y que, copiando los vicios de sus jefes, mintió. Lo pararon los de su propio equipo antes de que arruinara la campaña y terminó masticando una disculpa que por supuesto, nadie creyó.
Así como el único tema de la tragedia griega es el sacrilegio, es decir, la lucha de la voluntad humana contra la justicia cósmica, cuando el hombre transgrede sus límites, rompe el orden cósmico y desencadena la tragedia, que acarrea desdicha y dolor. Sólo al final, ese dolor se vuelve conciencia y se restablece el orden perdido. Sabemos que la tragedia no predica la resignación inconsciente, sino más bien la voluntaria aceptación de es que llamamos destino.
Lo que a CFK le está faltando es la suerte de Cabandié, puesto que nadie la para, nadie le dice que no. El temor -nunca fue respeto- que aún inspira es demasiado grande. Pero en medio de su poblada soledad, irrumpe el mensaje de su cuerpo, trayéndole quizás un mensaje que nadie se ha atrevido a decirle. El temor de quien esto escribe no es si Ella escuchará esa voz, sino más bien si caerá nuevamente en la tentación de usar la enfermedad como antes usó otras desgracias, en su favor político.
Pienso en Evita, a quien ella condecora endiosadamente, en un papel que le costó la vida. Y que nunca -a pesar del peso de la historia- pudo convertirla en heroína. Sólo una mujer que se envolvió en un aura heredado, y que consiguió clamor por la inestimable novedad en la que se convirtió.
Lo de CFK no es ni aura ni novedad. Y sólo ve más allá de las cabezas de los demás, gracias a sus tacos.

miércoles, 9 de octubre de 2013

El poder de los principios

Por Ariel Torres



Puedo tratar de ser un hombre íntegro, buen compañero, profesional ético, intentar todos los días ser un buen padre, leal pareja, incluso permitirme momentos de gloria personal siendo caritativo, benéfico, altruista. Pero la realidad es que al final de la historia, la cantidad de personas que irán a mi funeral dependerá de aspectos meteorólogicos... y no sé cuán mal está eso. O siquiera si está mal.

En algún momento de la vida, idealizamos la idea de ser distintos, de ser superiores, de dejar huella, que se hable de nosotros, adquirir fama, reconocimiento. Algunos logran que una calle lleve su nombre, o una escuela, o un estadio, o un edificio gubernamental. Pero eso generalmente es algo que deciden otros, aquellos que se sienten obligados por el peso de la historia, a devolver algo de lo que directa o indirectamente han recibido.

Casi no han existido a lo largo de la era humana, ese tipo de reconocimiento en vida. Excepto los Nobel, o los Pulitzer, más cercanos a la vanidad y el ego que al verdadero altruísmo. 

En qué momento dejamos de pensar en grande, para convertirnos en pusilánimes? Digo pusilánime por usar una palabra humorística casi, y situarlos en lo que pienso acerca de una persona que comienza a olvidarse de los demás para centrarse en ella misma. Decía Neruda que un hombre nunca es una isla en sí mismo, y no puede siquiera pensar en algo así puesto que somos seres sociales por naturaleza, pero yo -en mi infinita insignificancia- disiento. 

Desde el momento mismo en que comenzamos a recibir una retribución por lo que sea que hacemos -así sea un caramelo- comenzamos a convertirnos en islas, y la distancia marítima entre esa isla y otra sólo va aumentando con el tiempo. Esencialmente de la mano del poder. Cuando dejamos de preguntar para obtener una respuesta, y comenzamos a imponer, allí empezamos a ejercer alguna clase de poder. 

Entonces, qué es lo que somos capaces de exigirle a nuestros líderes, acerca del Poder, si nosotros mismos somos capaces de darle la entidad de Amo Total de nuestras vidas? Hay que ser extremadamente equilibrado para eso, tanto que a lo largo de mis 48 años sólo conocí a una persona que cediendo el poder se convirtió en mi guía absoluto, del que aprendí poco y nada, por cierto.

Aquellos que ostentan el Poder se han acostumbrado -sólo por nuestra culpa- a no rendir cuentas, a no explicar ni justificar las decisiones que toman. Simplemente porque alguien los puso en el Poder, pensando que acceder a él es como subir una especie de escalón o escalones, y ver a los demás desde arriba. Horrible error que les ha costado a a las sociedades antiguas y modernas desperdicio de talento, tiempo, oportunidades y beneficios.

Un hombre es un principio, por lo tanto la defensa de ese principio sólo augura un mejoramiento de esa humanidad. Formar al hombre olvidando su principio en un primario error en una larga cadena de equivocaciones sociales que no tenemos en cuenta en su momento, porque estamos demasiado ocupados en... formarnos, vaya la paradoja.

Neruda seguramente pensaba en otro cosa cuando definió tan sensatamente al hombre, pero para hacer eso usó sus principios. Esos son los hombres que casi nunca se equivocan, los que invocan sus principios, no su poder.

Busquemos, convoquemos, adoremos, exijamos, hombres y mujeres de principios para que no queden solos cuando tengan Poder.

Digo.  

miércoles, 2 de octubre de 2013

Rezar o Cumplir: la disyuntiva K

Por Ariel Torres

Hace ya más de un mes, más precisamente el 26 de agosto de 2012, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner le pidió a Dios que ilumine a la Corte Suprema de Estados Unidos en el litigio que la Argentina mantiene en Nueva York por la deuda que el país mantiene con quienes no se acogieron al canje con quita, porque si llegara a fallar como lo hicieron los tribunales inferiores -a juicio de ella- se caería no sólo la reestructuración de la deuda sino que también constituiría un pésimo antecedente para otras que podrían ocurrir en el mundo. 
No es para nada así, ni siquiera es una mínima alusión a la verdad, pero es lo que CFK dijo frente a las cámaras.
Siguiendo con esta lógica litúrgica, yo también desde mis escritos le pido al Señor que la ilumine a Ella, puesto que los números de su gestión preocupan a propios y extraños, aún faltando dos años de su gestión.
La operación matemática que explica el viento de cola que recibe la economía es fruto de los términos del intercambio comercial mundial (precio internacional de los productos que se exportan dividido el precio internacional de los que se importan), es bastante mayor que durante la presidencia de Néstor Kirchner, que ya era récord histórico. Pero a pesar de eso, la economía crece a no más de 2% anual, haciendo caso omiso a las mentiras del INDEK. Como una tragedia generalmente no viene sola, con el cepo cambiario que el Gobierno aplica desde hace dos años, las reservas del Banco Central (BCRA) tuvieron una caída récord en 10 años: la friolera de 17.000 millones de dólares, que equivalen al 33% de lo que no hace mucho tiempo, hubo. Para agregar negrura a este presente, la inflación verdadera es del 27%, entre las más altas del mundo. Y en continua aceleración.
De todas maneras, no se observa caída de los stocks de depósitos en pesos que contraiga el gasto privado, básicamente por la cantidad de dinero que crece entre 25 y 30% anual para financiar el déficit fiscal. Que la economía crezca poco tiene su correlato en dos razones fundamentales: la primera es la fuga de capitales que literalmente se devora el efecto expansivo sobre la economía de términos del intercambio extraordinariamente altos; y la última es pura pérdida de eficiencia económica.
En principio -y esto es más bien técnico- la caída de los stocks de depósitos en dólares no provoca mucha pérdida de reservas al BCRA porque se financia en gran medida con cancelación bancaria de los préstamos en dólares que dan al sector privado, bajando su gasto. En otro orden de cosas, el sector privado ahorra más e invierte menos para financiar una fuga de capitales que bien medida es como mínimo de 4,5% del PBI o de US$ 27.000 millones, un espectacular récord en la denominada década ganada. Por último, el flujo de ahorro improductivo que la gente hace para pagar un impuesto inflacionario le da recursos al Gobierno por el equivalente de 2,5% del PBI, ya que mantener el poder de compra de los billetes en el bolsillo con alta inflación requiere de un enorme esfuerzo.
Un pregunta bisagra es por qué hay fuga de capitales récord. Esto es simple y tiene que ver con la confianza, porque el Gobierno violentó durante la "década ganada" -en particular desde la primera presidencia de CFK- el derecho de propiedad, cosa que ha generado un clima de mucha incertidumbre y desconfianza que se traduce en, precisamente, que la gente saque sus capitales del flujo nacional.
Que sí o no a las AFJP, se puede convertir en una discusión bizantina, pero llo real es que a gente sabía que tenía una cuenta individual en la cual se ponía el dinero para su futura jubilación. "La recuperación de los fondos de los trabajadores" como dice el relato K, las borró en 2008 de la noche a la mañana y la gente perdió 15 años de esfuerzo. Lo que recibirá en el mediano plazo estará supeditado nada más ni nada menos que a la discrecionalidad estatal. 
La abducción del BCRA que comenzó en 2009 y finalizó en 2012 con la reforma de su Carta Orgánica, generó la sensación de que volvían los tiempos de festival de billetes y pérdida de reservas. La confiscación de YPF, con el mensaje de que el Gobierno se quedó con la mayoría de las acciones de la empresa más grande del país sin poner un peso, derrumbó la expectativa inversora. Finalmente, el cepo cambiario rompió con la libre convertibilidad entre el peso y el dólar.
Como solucionar el déficit fiscal
Las medidas antes mencionadas se tomaron específicamente para paliar, bajar, financiar el déficit fiscal. La Argentina hoy, a pesar de una presión impositiva récord, que está entre las más altas del mundo, tiene el tercer déficit fiscal más grande del último cuarto de siglo. Su financiamiento y la afectación del derecho de propiedad provocan una fuga de capitales tan grande que prácticamente congela el efecto expansivo sobre la economía de nuestros altísimos términos del intercambio, haciéndole perder reservas al Banco Central y manteniendo alta la tasa de inflación.
La necesidad general de que nuestro Señor ilumine a CFK es para que modere su populismo fiscal, que causa que la cantidad de dólares del BCRA -como proporción de los depósitos a plazo fijo- sea la mínima en la última década. Asimismo, la relación de convertibilidad -la cantidad de dinero emitida dividida por los dólares que tiene- indica que, en perspectiva, es cada vez más creciente.
Lo peligroso de todo esto es que CFK se vea tentada a defaultear la deuda de nuevo si es que la justicia de Nueva York termina ordenando que se pague antes de que termine su mandato, en 2015. Nadie nos obligó a emitir deuda bajo legislación extranjera en los 90 y de nuevo con los canjes de 2005 y de 2010. Si lo hicimos se supone que hay que cumplir sus fallos. No pidamos justicia acá si el Gobierno desacata fallos en el centro financiero más importante del mundo. 
No sé si Dios nos dará bola o nos castigará por no ser sensatos a la hora de votar, pero tengo la esperanza de que al tipo no se le esté acabando la paciencia...